martes, 11 de agosto de 2015

Mojando con lágrimas y besos el camino estrecho

Oseas 2:6-7
Por tanto, he aquí yo rodearé de espinos su camino, y la cercaré con seto, y no hallará sus caminos. Seguirá a sus amantes, y no los alcanzará; los buscará, y no los hallará. Entonces dirá: Iré y me volveré a mi primer marido; porque mejor me iba entonces que ahora”.

La otra y triste verdad que se muestra aquí es nuestra persistencia en pecar. Nacemos para pecar. Nuestro instinto es pecar. No podemos dejar de hacerlo. El pecado por naturaleza nos domina y somos “vendidos al pecado” (Ro.7:14), e insistentes y persistentes en hacerlo. Todo lo que hacemos por naturaleza, de modo natural, es desobedecer a Dios, ignorarlo por completo y abandonarlo.
El que es nacido de Dios no practica el pecado “porque la simiente de Dios está en él” (1Jn.3:9), o sea la gracia del Señor. No porque no lo intente sino porque no puede. Debe recordar que el primer significado que tiene la palabra santificación es separación y no pureza. La pureza es algo obligatorio. Ningún hombre natural es santo porque voluntariamente lo desee, todo lo contrario. Desprecia la santificación. Claramente ahí lo dice el Señor que si no le pone barreras a su pueblo él se prostituiría. No confía que él le sea fiel porque le ama y desea obedecerle. Le interpone impedimentos que no pueda cruzar, cercas con espinas que le desgarren si lo intenta y paredes que les sean imposibles saltar.
Si no fuera por esos obstáculos que Dios nos pone, ninguno llegaría fiel al final. Un sermón lo para, una protesta de la familia, la protección de un buen amigo, el pecado se aleja sin decir adiós, o no se llega a tiempo para cometerlo, todo se trastorna, un espíritu de miedo venido de Jehová o un ángel se interpuso con la espada en la mano y la mula lo vio y el apretón del zapato contra la cerca hizo que gritara y desistiera.

Sin embargo con todo lo que les cueste saltar esas cercas de púas de vez en cuando algún “prisionero de esperanza” la salta (Za.9:12), pero entonces paga las consecuencias de su extravío y le va mal con sus amantes que le dan de bofetadas y se le ríen en la cara. Entonces haciendo cuentas concluye que le iba mejor con Dios, con el evangelio, con el Espíritu Santo y con la iglesia que sin todo eso. Y comienza el doloroso vuelta atrás, humillado, pobre y avergonzado, pidiendo perdón a todos los que ofendió y a su conciencia, y mojando con lágrimas y besos el camino estrecho desde donde planeó su huida.