jueves, 27 de agosto de 2015

La iglesia es bonita yendo al paso de las paridas y los niños

Génesis 33.12-15
Y yo avanzaré sin prisa, al paso del ganado que va delante de mí, y al paso de los niños”. 

Parece que lo que quiere es que se vaya, le tiene miedo. Ya se han reconciliado, se han pedido perdones, no hay mucho más que hablar y seguir juntos como si nada hubiera pasado y juntar dos historias completamente distintas, borrar por voluntad propia tantos años de separación, es imposible. Esa hermandad no se puede disfrutar jamás. Han ocurrido muchas cosas que sería imposible sacar de la memoria. Estaban predestinados a vivir lejos el uno del otro. Se podrían conformar a tener noticias el uno del otro sin procurar un acercamiento. Los pasados no se usan pero siguen viviendo. No sé si generalizar pero hay personas que no pueden apagar sus rencores y nunca miran igual a un ofensor. Si se tiene una mala memoria.

Realmente no le hacía falta, Dios lo cuidaba. No siguieron juntos muchos días. Sin embargo mucho de lo que dice es cierto y muestra cuán conocedor es de su ganado, y habla a favor de las recién paridas y de los niños que también son tiernos. Le dice: “Compréndeme, tengo que ir lento, al paso de las madres paridas y de los niños, a ninguno de ellos puedo apurar o los mataré a mi paso. Las iglesias deben ir al paso de las madres que crían y de los niños. No debe dejarlos a ellos detrás y abandonados a su suerte. Deben tener sus maestros. Los adultos, los maduros deben ajustar el paso, ir más despacio, que los que todavía están en la infancia. Soportarlos y proveer. Los niños no deben quedarse rezagados ni obligarlos al trote de los adultos. Y no se les puede dar la vianda de adultos maduros a esos niños. Ellos son importantes para nuestras congregaciones. Si no se acomodan a ellos, los perderán, y una iglesia sin niños no tiene futuro, y es fea. Es un jardín sin flores.