sábado, 15 de agosto de 2015

Los misioneros y las perlas de Dios

Mateo 7:6
"No echéis vuestras perlas a los cerdos". 

Aquí se nota de Jesús un poco de cólera. Aunque el lenguaje tenga una excusa ceremonial. Hay personas que se enojan muchísimo si uno les habla de Cristo, y si quiere que dejen sus pecados están dispuestos a agredirnos si insistimos. Pero yo no sé realmente quiénes son. Los misioneros arriesgan sus vidas entre salvajes en lugares inhóspitos, les traducen la Biblia a sus dialectos y se exponen a enfermedades, a ser lanceados, devorados por caníbales, o destrozados por las fieras.

¿Son ellos perros? ¿Puercos? Nunca este versículo ha prohibido el envío de hombres y mujeres a la obra misionera. No se refiere a los "bárbaros y escitas" sino a la gente de nuestro propio país, a los perros que vuelven a sus vómitos y no quieren oírnos, y a las almas puercas, los sensuales que se alimentan de basuras y desperdicios, individuos inmundos incapaces de valorar la belleza de una verdad bíblica y se enfurecen cuando se las decimos como si estuviéramos tratando de envenenarlos (2 Pe.2:20-22; Jud.1:17-19), los ceremoniosos que han caído de la gracia y  que con afilados dientes se comportan con una actitud canina (Ga.5:15). El evangelio es comparado con las perlas.