sábado, 15 de marzo de 2014

No son remiendos de personalidades rotas


1Co. 6:9-11
"No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios". 

Todos los verbos, gracias a Dios, están en pasado, eso éramos pero ya no somos; hasta nuestras equivocadas maneras han sido cambiadas y ahora nos portamos natural y espiritualmente correctos. Esos verbos en pasado son toda una dicha y encierran una enorme cantidad de gracia y de misericordia, de arrepentimiento, de fe y de perdón. Esos verbos en pretérito son las cosas viejas que tenían que pasar y pasaron cuando un día escuchamos la predicación del evangelio (2Co.5.17). Ahora somos criaturas nuevas. No cambiadas mediante ceremonias, circuncisión o incircuncisión, sino que hemos sido hechos nuevas criaturas. Es lo verdaderamente importante. Es una obra magnífica que da toda reputación a Dios y gloria al cielo. Aquella iglesia no fue formada por un programa psicológico de remiendos de esas personalidades rotas y desviadas; toda alma tortuosa fue enderezada, todo camino y promontorio allanado y preparado para la venida del Señor. No hizo falta predicarles primero ética, o un programa de restauración psicológica, no hizo falta la consejería sino la predicación de la Palabra asistida por el poder de Espíritu Santo. 

La iglesia no se forma con esa clase de programas, sino con el poder de Dios, con el temor a Dios, que nace por medio de la fe. Con la presencia del Espíritu Santo dentro los corazones de esa gente pecadora. Oh sí Señor, qué bueno que me has lavado de esos pecados que cometí en mi ignorancia. Señor, yo no lo reconocía, nadie me había dicho como eras, como pensabas, lo que amabas y aborrecías, pero venida la palabra y la fe me has lavado por tu Espíritu. Me gusta esa palabra "lavado". Ya estoy limpio y sólo me quedan recuerdos pero no manchas. Ya he sido emblanquecido (Apc.7:9,13,14). Y lo he sido en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios. Bendito sea el Señor por su muerte, y el Espíritu por su ministerio de santificación.