martes, 25 de marzo de 2014

Cómo la providencia ayudó al hijo de una ramera



Jueces 11:1-4
Jefté galaadita era esforzado y valeroso; era hijo de una mujer ramera, y el padre de Jefté era Galaad” (Num.26:29). 

La traducción “ramera” ha sido un poco discutida. Dícese que la palabra hebrea זונה  zonah, debe traducirse “anfitriona” porque tiene la misma raíz que la traducción ramera en Josué 2:1; y que significa una mujer encargada en un “hotel”  “hostal” para atender a los viajeros (Clarke). Pero esa traducción iría en contra de la mayoría.

Otros proponen que se traduzca concubina y el argumento es que los hermanos lo echaron conforme hizo Abram con Cetura y sus hijos. El Targum dice que era una mujer cananea y que lo echaron por esa razón para no compartir la herencia, y por eso se fue a tierra de Tob. Quieren hacerle un favor a la madre de Jefté pero es difícil contra la traducción histórica, que era una ramera.

Sería difícil para él no sentirse avergonzado de su madre si cuando pequeño los otros niños enojados con él se lo gritaran a la cara. Tal vez les escondía a los hijos que la abuela había sido una prostituta. No hay informe que ella haya dejado su mala vida como lo hizo Rahab la de Jericó. Por lo tanto Jefté se crió viendo entrando y saliendo hombres en su casa hasta que ella murió o él se fue.

La “suerte” de todo el mundo no es igual.  Jefté es una obra de la gracia de Dios, del puro afecto de su voluntad que lo eligió para la fe y el liderazgo de su pueblo y lo formó como un hombre virtuoso que sobrellevaba malos recuerdos. No digo que “arrastraba” esos recuerdos porque la gracia exalta e independiza la mente del pasado. Los recuerdos son históricos y no dolores sicológicos. Jefté podría decir, “soy una nueva criatura, soy un elegido por Dios, las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas”. Ahora viviría en un nuevo plano, superior, con una perspectiva maravillosa, con recuerdos nuevos y bonitos que habrían formado su juventud y adultez y empequeñeciendo  saludablemente los traumas, si los tenía, de la niñez.

Jefté podría leer su historia y sentir lástima por su madre y compasión por ella pero no por él porque lo que es ya superaba a lo que fue, lo que tiene a lo que tuvo. La gracia de Dios y las doctrinas del cristianismo, y las bendiciones del Señor, son suficientes para tener una adultez, formar una familia y ser útil en la sociedad sin tener que pasar por la consulta de un psiquiatra. La gracia de Dios penetra la personalidad y se allega a lo más hondo de ella y corrige lo que encuentre lastimado; y esto sin la ayuda de un experto secular que haya estudiado la mente sin Cristo.

Si sigues leyendo en el texto te enteras que andando el tiempo los hermanos le pidieron un favor y él les recordó lo que le habían hecho, pero triunfó  sobre esos rencores pues aceptó ayudarlos, pero además les pidió que después del providencial triunfo lo recibieran como líder. Ellos aceptaron y ocupando Jefté esa elevada posición completó su sanación mental. No por una reflexión sobre su complejo pasado,  un entendimiento de sus vivencias, un enfrentamiento de lo que huía sino por el aprovechamiento de una nueva oportunidad que lo pondría en una posición superior a la que le produjeron los daños, porque la historia de su vida, desde el hijo de una ramera hasta un hombre exitoso, fue arreglada por la providencia de Dios.