sábado, 26 de marzo de 2016

Muertos invaden a Jerusalén

              Jesús explica nuestra muerte para que no nos dé miedo

MATEO 9:18-26
“…y levantándose Jesús lo siguió…y una mujer vino por atrás y se decía que si tocaba el borde de su manto sería sana”. 

El texto en conjunto enseña dos cosas bonitas, que nunca interrumpimos a Jesús, la fe no lo interrumpe. Mientras él caminaba para casa del oficial de la sinagoga esta mujer lo detuvo, pero esa detención no perjudicó para nada el bien que se proponía hacer a otra persona. Se podía haber demorado unos días como con Lázaro, que al fin la resucitaría. No debemos pensar que Dios está ocupado con otras personas, que hay mucha necesidad en sus iglesias, que otros son más nobles e importantes que nosotros, que existe mucho lío en este mundo y él tiene que atenderlo, millones de voces que se alzan a él y todas con una necesidad distinta en un lugar diferente; es decir, que pensamos que Dios no tiene un sábado para sí mismo, que no tiene una hora libre para reposar y por lo tanto tiene que dejar de lado lo menos importante o tal vez prolongar su tratamiento. No importa que Dios nos dé la espalda, de espalda sabe quién se acerca y lo que necesita tomar, ni tampoco importa que esté contestando la oración de otra persona para ocuparse de un centenar de otras. Por otra parte aunque pudo sanar a la niña sin ir a su casa, fue porque quería enseñarnos a explicar nuestra muerte de un modo que no nos produzca miedo, es decir, como un sueño. Y como nadie tiene miedo dormirse  porque sabe que se ha de despertar, nadie que crea que él es “la resurrección y la vida” debe temerle a la muerte porque él por medio de la muerte sacó para nosotros la “inmortalidad” por el evangelio que conocemos (Jn.11:25; 2Ti.1:10). Si el sueño es profundo pasarán rápido ocho horas, ocho siglos u ocho mil años, hasta que salga el Sol de Justicia y los granos de nuestro cuerpo oigan su voz y se reúnan  para darnos un cuerpo “semejante al de la gloria suya” (Flp.3:21). Amén.

                               Muertos invaden a Jerusalén
MATEO 27:52,53
“Y los sepulcros se abrieron, y los cuerpos de muchos santos que habían dormido resucitaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de Jesús, entraron en la santa ciudad y se aparecieron a muchos”.

No hay “domingo de resurrección” si no hay “viernes santo”. Ojalá hubiera dicho que se les aparecieron a toda la ciudad, pero ese no fue el caso, no fue a todos sino a muchos, posiblemente aquellos que los resucitados recordaban con cariño, especialmente sus familiares y amigos, a unos para consolarlos y a otros para exhortarlos a la salvación. Muertos que invaden a Jerusalén, la ciudad cruel, incrédula y sanguinaria, a la cual se le llama “santa ciudad”. No dudo que los muertos en el cielo intercedan por los que recuerdan en la tierra, lo que sí niego es que puedan oír a los que pretenden dirigirse a ellos. No hay comunicación entre esos dos mundos.
Fíjese que el proceso de la resurrección de ellos comienza con la cruz. No resucitaron sino hasta después de la resurrección de Jesús, por cuestión de orden y “preeminencia”, pero las piedras de sus lápidas se partieron antes de que Cristo resucitara, lo cual indica que la esperanza cristiana de la resurrección del cuerpo tiene como precedente la muerte legal de Jesús por los pecados de muchos; y que nadie puede imaginar salir de su sepulcro en victoria si no han sido perdonados sus pecados por la muerte de Jesús.
Estas palabras son un regalo de Dios para nuestra esperanza cristiana; aquel terremoto partió las lápidas de los sepulcros y dejaron sus profundas cavidades abiertas para que su temporal residente saliese. El sismo, como por orden divina, con violencia abrió las puertas de la eternidad,  para demostrar que la muerte de la Vida acababa de quitarle el poder al pecado. No que aquellos cuerpos fueran momias que hubieran preservado sus formas; cualquiera que haya sido el estado de corrupción que estuvieran sufriendo, estaban muertos, y la muerte de Jesús los devolvía a la vida.
Dios que sabe dónde se halla sepultado cada santo, eligió aquellos para que retornaran a la vida, testificaran del acontecimiento teológico que los había resucitado, y sus amigos y familiares creyeran en la expiación del pecado hecha por Jesús en la cruz, la completa satisfacción que sirvió su muerte ante la justicia divina y el origen de una nueva esperanza por medio de aquel suceso.
Recibían esperanza todos aquellos que habían sido enterrados en santidad, o sea, los que habían vivido en santidad antes de su sacrificio; o sea, que aquellos santos pertenecían a los símbolos y sombras de Cristo en el Antiguo Testamento. Con ese portento se les demostraba la conexión con la historia de la salvación que tenía el sacrificio y la sangre de Jesús.
El portento menciona que fueron “muchos” los que resucitaron, que es equivalente a innumerables en términos finales, para dar a entender que Jesús daba su vida por muchos, y que en realidad no serían pocos los que se salven, sino que como hay muchas moradas preparadas por él, así serían muchos los destinados a ocuparlas.
Y en esos muchos, pienso, la fe de ellos sería un desafío a las mentiras de los sacerdotes y de los romanos, que el cadáver había sido robado por los discípulos; desafiarían la versión autorizada del gobierno; y desafiarían la teología de los fariseos que afirmaba que aquel no era Hijo de Dios sino de Beelzebub; y ellos serían muchos para servir como evidencias de la resurrección de Jesús y de la extensión de esa esperanza; podrían decir como los apóstoles, “lo que hemos visto y oído, lo que hemos palpado, lo que hemos contemplado”. La verdad de la resurrección se esparcía por todos lados, no dejando ni género de dudas que había ocurrido y que no era posible la resurrección de entre los muertos.
De aquí en adelante muchos morirían pensando saldré de ese sepulcro, no me quedaré ahí eternamente, no podrá retenerme indefinidamente; hoy entro en él y algún día saldré, lleno de vida y con un cuerpo espiritual y glorioso”. Servían para quitar la sonrisa incrédula del rostro de los escépticos y burladores que la negaban y servían para resolver el complicado dilema de la desintegración del cuerpo y su única solución: La muerte de Jesús en la cruz. No puede haber para nadie “domingo de resurrección” si no tiene su “viernes santo”.
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Jesús dejó detrás de él un montón de gente viva. Estos ex-muertos se quedaron el sábado y salieron el domingo, y le avisaron a sus familiares y amigos porqué estaban vivos y el misterio de la ley y su cumplimiento. Fueron testigos del otro mundo. Fíjate que dice "la santa ciudad, ¿santa? Perversa ciudad. Pero los discípulos y el Señor mismo lloraban por ella. Habría que estar dentro de la iglesia para saber todas estas cosas y misterios, no leyendas, cosas en correspondencia con el ministerio de Jesús y los apóstoles. Un muerto tocó los huesos del esqueleto de Eliseo y volvió a vivir; estos santos (no impíos) sintieron en sus tumbas que Jesús había muerto y abrieron los ojos. O Jesús llegó al cielo y los envió a ellos para que testificaran no del paraíso donde estaban ni de su entrada triunfal al trono del Padre sino del impacto que tenía sobre la muerte su expiración; se convirtieron en testimonios de “vivos entre los muertos” (Ro.6:13).



                                 De rodillas lo abrazaron
MATEO 28:9
“Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies y le adoraron”.  Parece que esta era una forma común de adoración de ellas. Después de resucitado quisieron retenerlo como antes para adorarlo como costumbre pero no se dejó (Jn.20:17), con la excepción y con propósito distinto se lo permitió a Tomás (Jn.20:27).

No pudieron contener la dicha que las embargaba y lo abrazaron y le adoraron expresándole de rodillas el mucho afecto que le tenían. Le abrazaron como un hermano, un amigo querido, un maestro afectuoso, consecuente con el trato que ellas habían tenido, una relación humana, intensa. Y además lo adoraron como superior, por su triunfo sobre la muerte, como al Señor.
¡Qué tristes habían salido y qué contentas ahora están! Dice que le abrazaron y le adoraron. Miren qué combinación. ¿Hay una más importante que la otra? No. Es que en esencia forman parte de lo mismo. El abrazo representa los afectos que sienten y la adoración es el acto de postrarse; el primero representa el calor humano, las emociones, la dicha, el afecto natural. Tanto el uno como la otra expresan los mismos sentimientos de amor, humanos, filiares y religiosos.
Son inseparables. ¿Por qué habrá que separarlos si son tan bellos unidos en una sola cosa? Quítale, hermano, la humanidad a tu adoración y ¿qué te queda? ¿Puedes adorar bien si no se expresan tus sentimientos humanos? Imagina por ejemplo, un himno muy bien cantado sin una gota de emoción, de afecto, sin que vibre el corazón, sin una sonrisa en el rostro o sin una lágrima en la pupila; ¿tiene algo eso que ver con la adoración? Seguro que no. La adoración debe expresar los más profundos sentimientos humanos: amor fraternal, gratitud, expectación, nostalgia, alegría, tristeza. Al expresar todo eso y más es que verdaderamente adoramos. Nuestro arrepentimiento, lamentos, remordimientos, pecados, triunfos, fracasos, decepciones, frustraciones, consuelos, dudas, debilidades, tentaciones; y vuelvo a decirlo, eso y mucho más suele estar magníficamente presente en nuestra adoración.
Y eso es lo que espera el Señor, la entrega de un corazón así completo, sin arreglar, como es, con todo lo que tiene dentro, para que sea suyo y haga su obra como le guste. Sí, amado, aquellas hermanas le adoraron con un abrazo. Donde esté presente el amor y se exprese hay culto, hay adoración. ¿Por qué separar lo humano y lo sagrado si son inseparables? ¿No se nos dice que comamos y bebamos y cualquiera otra cosa para la gloria de Dios? (1Co.10: 31); la vida humana toda, hablar, pensar, actuar, caminar, conducir, estudiar, cocer alimentos, curar enfermos, arar la tierra, sembrar la semilla, dibujar planos, cualquiera otra cosa, intrascendente o no, vivir, es para la gloria de Dios y es en sí, si estamos en Cristo, un culto precioso y divino.
Jesús aceptó el abrazo junto con la reverencia en la adoración; es muy seguro que cuando ponemos todos nuestros afectos en la adoración, él la acepta (Jn.20:17,27); por eso nos llamó "hermanos" "amigos" y afirmó que éramos su familia. ¿Qué más necesitamos saber para relacionarnos como familia a él, para llenar nuestra adoración de esos sentimientos fraternales, filiares, humanos, que está esperando que mezclemos con la oración, con el himno, con el estudio y la meditación y con la más apasionada predicación del evangelio? Amén.