sábado, 5 de marzo de 2016

Pablo no tenía la manía de ser joven y bonito, ni durar sino vivir

2CORINTIOS 4:16-18; 10:10

“Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día”. 

Quiere decir que su cuerpo se va desgastando, y la palabra también significa que se va arruinando y destruyendo, que el Pablo de ahora no es el mismo de antes ni será el mismo físicamente en el futuro. Si se tradujera que se va pudriendo, arruinando, se captaría mejor la idea. Hay que asumir  que lo critican por haberse dado mala vida como misionero, habiendo envejecido, arrugado y puesto canoso.  Todo eso puede ser  hallado en las manos del Señor. La respuesta que les da sin negar lo que refleja el espejo y todos ven, es contraponer a eso su rejuvenecimiento espiritual, el de su “hombre interior” con el cual se regocija y llena de gloria. Maduro por fuera y más y maduro por dentro, más dulce y jugoso, más lleno de Dios Y con más gloria de su imagen. Su envejecimiento parece un acelerado desgaste en su trabajo, no hecho para sí mismo sino por la salvación del mundo.  En libertad y en cárceles. En mejores palabras respondería, “no me pidan que viva para mí mismo y que me cuide para extender mi vida, que no es eso lo que quiero hacer con ella, alargarla sino usarla; por otra parte en mi espíritu por comunión con Jesús me siento más joven; estoy lleno de gloria y no de pecados, porque mi objetivo es hacer realidad a otros las cosas que no se ven, las eternas, y por ellas sacrifico el vigor de mi cuerpo. No me digan que me he envejecido, porque cada día me siento más joven, más feliz, más lleno de gozo; no estoy perdiendo nada, no me miren con lástima ni me reprochen, porque estoy ganando con creces. Ustedes como Apolos, son los que sufren con el aumento de los años porque miran que la belleza se les ha ido y quieren de cualquier manera aparentar lo contrario. Mi objetivo es vivir, no durar”. Ese no sería el caso de Pablo, avergonzarse de sus años y procurar quitárselos, porque daría  la bienvenida a su envejecimiento, y mirarse joven y bonito no sería su manía.