martes, 22 de diciembre de 2015

Usted no tiene el derecho a criticar a Dios porque escoge algunos y a otros no

ROMANOS 9:6-24
“No es que haya fallado la palabra de Dios; porque no todos los nacidos de Israel son de Israel,  ni por ser descendientes de Abraham son todos hijos suyos, sino que en Isaac será llamada tu descendencia.  Esto quiere decir que no son los hijos de la carne los que son hijos de Dios; más bien, los hijos de la promesa son contados como descendencia.  Porque la palabra de la promesa es ésta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo. Y no sólo esto, sino que también cuando Rebeca concibió de un hombre, de Isaac nuestro padre,  y aunque todavía no habían nacido sus hijos ni habían hecho bien o mal--para que el propósito de Dios dependiese de su elección,  no de las obras sino del que llama--, a ella se le dijo: "El mayor servirá al menor",  como está escrito: A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí.  ¿Qué, pues, diremos? ¿Acaso hay injusticia en Dios? ¡De ninguna manera!  Porque dice a Moisés: Tendré misericordia de quien tenga misericordia, y me compadeceré de quien me compadezca. Por lo tanto, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios quien tiene misericordia.  Porque la Escritura dice al Faraón: Para esto mismo te levanté, para mostrar en ti mi poder y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra.  De manera que de quien quiere, tiene misericordia; pero a quien quiere, endurece.  Luego me dirás: " ¿Por qué todavía inculpa? Porque, ¿quién ha resistido a su voluntad?" Antes que nada, oh hombre, ¿quién eres tú para que contradigas a Dios? ¿Dirá el vaso formado al que lo formó: ¿por qué me hiciste así?" ¿O no tiene autoridad el alfarero sobre el barro para hacer de la misma masa un vaso para uso honroso y otro para uso común?  ¿Y qué hay si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los vasos de ira que han sido preparados para destrucción? ¿Y qué hay si él hizo esto, para dar a conocer las riquezas de su gloria sobre los vasos de misericordia que había preparado de antemano para gloria,  a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles?”.

Estos son dos grandes temas: la salvación y reprobación divina. ¿Por qué algunos hombres se salvan y otros no? Para poder entender la elección y reprobación divina hay que entender a Pablo; este hombre habla un lenguaje muy alto y tiene una espléndida formación bíblica de la cual deriva su concepto de un Dios que es absoluto soberano. El que quiera entender, y mayormente estar de acuerdo con lo que expone, tiene  como él, asegurar su fe en ese punto, Dios es un Rey Soberano y Absoluto; y nada queda fuera de su dominio, ni el bien ni el mal, incluyendo al hombre. Para poder entenderlo y estar de acuerdo con él hay que tener fe en ese Dios Absoluto y Soberano, o sea, ser un siervo suyo y vivir dentro de los dominios de su gracia. Por otra parte, para poder exponer correctamente la elección y la reprobación, como Pablo, es preciso circunscribirse al lenguaje de la revelación bíblica, no con el de Aristóteles; y exponerla con sus argumentos hasta sus últimas consecuencias, que es el lenguaje de la fe y el servicio cristiano.
Notarás que el apóstol para responder esto no recurre al llamado “libre albedrío” porque eso cae dentro de la filosofía de los hombres y él no la usa para nada. Para responder lo hace con una Biblia abierta en su mano, no con las opiniones de los grandes pensadores de todos los tiempos.  Va, e iremos con él, al meollo mismo del asunto. Entremos al mundo de la revelación. El contexto de la doctrina es el aparente fracaso en la salvación de los judíos.
El asunto de la salvación de los judíos es un tema muy sensible para el apóstol y por eso para explicar la incredulidad de ellos toma tanto espacio en su epístola. En la porción que sigue el apóstol expone su criterio de porqué algunos judíos han creído y otros no. Formado y educado dentro del pueblo elegido por Dios y del mundo de las Escrituras judías, tiene una sola razón para explicar la reprobación de muchos judíos y la salvación de sólo un remanente, la elección. Los argumentos que siguen forman la superestructura sobre esta doctrina básica.

Primero explica el problema trayendo un ejemplo escritural, la elección de Jacob y la reprobación de Esaú (vv. 6-13). Es su convicción que no todos los judíos son judíos, o sea, que los verdaderamente judíos a los cuales hay que aplicarles las promesas de Dios son los descendientes de Isaac, no los de Esaú; con ello lo que pretende es afirmar que una conexión carnal con Israel de nada sirve.
Si penetro bien dentro de su pensamiento, me parece que insinúa que los judíos que no han creído es porque espiritualmente están más en relación con Esaú que con Isaac. Su argumento, por su puesto, tenía que resultar ofensivo para los judíos incrédulos; pero ellos no leyeron su carta. Para Pablo, como hemos visto, es importante que permanezca intacta la infalibilidad de la Palabra de Dios. Así que, si muchos, muchísimos judíos no han creído, no es porque la palabra de Dios haya fallado sino porque en realidad ellos tienen sólo una relación sanguínea, no espiritual, con las promesas divinas.
Redondeando lo que he dicho. Es curioso su argumento, lo que quiere decir es que los judíos que se pierden, los que son enemigos de Cristo y de su gracia, no son realmente judíos (como ya afirmó en 2:28,29), que ellos aunque están dentro del pueblo judío nada tienen que ver con el provecho que trae ser hijo de patriarcas, y miembro de un pueblo adoptado como hijo de Dios y receptor de las promesas, que ha hecho un pacto con Dios. O que Dios le ha asegurado la constancia de su misericordia por medio de un pacto.
Digo que el argumento es curioso porque lo desarrolla como si tales judíos fueran descendientes de Esaú, lo cual según la carne no lo eran, y no de Isaac. La fuerza principal de su argumento la extrae de la doctrina de la elección, mencionada en el v.11. Dios eligió a Israel en lugar de Esaú.  Los elegidos sí alcanzan la salvación, los otros no, los que son espiritualmente más hijos del profano Esaú que de Isaac (11:7); alcanzan la salvación sólo unos pocos a los cuales llama “remanente (v.27). Este es el misterio de la perdición y salvación de Israel. Pablo no reposa su argumento sobre el mal comportamiento de ellos sino sobre la elección divina, para un lado o para el otro.
Una vez que les ha mostrado el ejemplo de Isaac y Esaú, explica la elección divina.  La doctrina de la elección la explica así: Dios  los que elige, los llama (v.11; lo cual es una reminiscencia de 8:30), y  a los que llama los justifica por la fe (v.11); a lo cual retorna en los versículos 30-32. Es importante notar que la enunciación de la elección no es solitaria, es parte de un complejo de doctrinas salvadoras que explican la ejecución del plan de Dios para la salvación de los pecadores. Nota que la elección no procede de una filosofía o ciencia humana; es un acontecimiento histórico-cultural dentro de Israel; y aparece sin hacer esfuerzo alguno para satisfacer la problemática intelectual que ella ocasione. No, para Pablo, las doctrinas son la forma de Dios obrar y la elección es eminentemente opuesta a las obras como se ve en el v. 11; y la reprobación no es una consecuencia de su selección sino un procedimiento activo dentro de ella y de su desechamiento, mostrado en Esaú (v.12).
El apóstol es un firme defensor de la elección y no halla en ella ni trazas siquiera de injusticia, como se supone por sus palabras que algunos pensaban (v.14). He ahí el asunto. El amor de Dios es libre, y libre de modo absoluto; y esa es la palabra que nos cuesta comprender si es que podemos aproximarnos intelectualmente a su comprensión. No queremos admitir que su única razón sea su voluntad sin nuestros deseos y limitada lógica, y sin embargo, la elección está en el centro mismo deslumbrante de su soberanía. Los dejo con esa palabra para que a su sombra meditéis en ella toda vuestra vida.

Observa de nuevo, que la autoridad que el apóstol usa para hablar así es la Escritura (v.15), y la interpretación que saca de ella excede a cualquier límite yéndose más allá de cualquier extremo concebible, para dejar mudo a los más acalorados disputadores de este siglo, “no depende del que quiere ni del que corre sino de Dios que tiene misericordia” (v.16). La misericordia no es un premio que se alcanza, no se logra por habilidad y fortaleza; y esto lo dice, según pienso entender, para deshacer “el ejercicio corporal que para poco es provechoso”, es decir, la elaboración de la salvación por medio de las obras. El gran problema del desechamiento de Israel es ése, la búsqueda de su fin en las obras y no en la fe (vv.30-32).
Pero si eso fue lo que pensó, lo pensó sólo por un momento porque inmediatamente no muestra ningún temor en enfrentar el espinoso razonamiento con respecto a la soberana decisión divina y aquellos que perecen (vv.18-24). Prosigue en la misma línea de la soberana elección para la salvación pero en sentido opuesto, al mismo nivel, y aún con un énfasis mucho más absoluto, sin parpadear, sin retroceder una pulgada, sin una gota de concesión, en el mismo espíritu del Dios Absoluto. Ni una palabra se halla en el texto para defender a Dios ante los filósofos; ellos no tienen el derecho de imputarle injusticia, no pueden pedirle explicaciones a su soberana elección. La afirmación  que “si Dios quiere puede salvar a todo el mundo porque nadie puede resistir su voluntad, nadie puede oponerse a sus propósitos” (vv.19,20), no la considera válida y en sumo grado no es bíblicamente explicable. Pablo razona como un súbdito del Dios soberano, y esa pregunta en todos los ámbitos de su reino, nunca tuvo lugar en sus labios.
Para Pablo, Dios es absolutamente soberano, y como la salvación depende enteramente de él, porque sin él nadie podrá salvarse, tiene que explicar la decisión divina de su elección y lo hace a través de la misericordia soberana. De nuevo enraíza su argumento no en la lógica griega sino en la revelación histórica de Israel y el levantamiento del faraón egipcio. Según Pablo, Dios no puede ser criticado por sus procedimientos y el que no esté de acuerdo tiene que “cerrar su boca” (3:19; y 9:20). Nadie tiene derecho a protestar cuando se trata de una misericordia soberana.
Jamás otro hombre ha ignorado tanto la sabiduría del mundo para establecer sus argumentos (v.14). No, no es injusto si aparece dentro de la revelación divina, si pertenece como parte de los hechos de misericordia de Dios para su pueblo. Su argumento parece extenderse y llevarse innecesariamente hasta una ilógica extrema, que “a quien quiere endurece” (v.18); no era necesario, no hacía falta, pero lo hace para aplastar cualquier protesta contra su soberanía y aparente arbitrariedad. Los que han sido educados dentro de los griegos y están fuera del pueblo judío no podrán estar de acuerdo con él, como usted y cualquier gentil; pero Pablo es completamente ciego para esa clase de sabiduría. La elección divina y la reprobación no pueden sacarse afuera de la revelación, tienen que pasar del AT al NT dentro de la Escritura, sin atender para nada las corrientes de pensamientos en Atenas. Filosóficamente inaceptable. Es increíble lo lejos que lleva su argumentación (vv.19-29), tratando a los hombres como vasos de barro, no como criaturas razonables hechas a la imagen divina; para decir lo mismo: ante la soberanía de Dios el hombre es nada, barro.
En su combate se vuelve  a quienes hablan y dirige sus palabras al hombre, para desplomar, desde su posición, el orgullo, la jactancia, la arrogancia y la vanagloria humana (vv.20-23). El hombre es tierra, es polvo, mísero barro por quien Dios se humilla al tenerlo en su mano. Nada de considerarlo igual que Dios, nada de tener en cuenta o pretender hacer valer sus preguntas y sus razones; simplemente no le concede derecho a criticar la elección para salvación y la reprobación. Primero, es imposible que un simple hombre tenga capacidad para juzgar a su Creador y segundo es demasiado indigno y espantosamente ingrato para hacerlo. ¿Quién te crees que eres, oh hombre, un dios? No eres más que barro, todos tus muy brillantes pensamientos salen de tu barro.

A Pablo no le importa lo que habla y en su vehemencia prosigue; y con su defensa parece más acentuar la arbitrariedad divina y la injusticia que su soberanía. Pero no ceja, continúa, Dios es siempre soberano y parece repetir, “de modo absoluto”, con el mismo lenguaje de la Escritura ¡Oh Pablo, con la lengua de la Sagrada Escritura!, que Dios crea el bien y la adversidad. Vierte las cosas en el lenguaje de la revelación y deja para la teología y para los intérpretes la apreciación que el hombre es el responsable de su pecado y actúa por su propia voluntad y no empujado por alguna influencia divina. En Pablo, Dios es Rey, y su teología es de fe y sumisión. Al hombre sólo le consta obedecer, humillarse y darle gloria. Jamás ningún filósofo cuerdo hubiera hablado así, sin embargo Pablo lo hace de modo que sus palabras puedan aplicarlas todos los santos a sus vidas cotidianas, aquellos que estiman la Palabra de Dios y en quienes Jesucristo es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos (9:5).
Ha sido un error y seguirá siéndolo, tratar de explicar la salvación y la reprobación fuera de los parámetros bíblicos y usando otro lenguaje que no sea el revelado e inspirado por el Espíritu Santo.  El apóstol habla para hombres que piensan, porque de lo contrario no hubiera escrito así, pero para hombres que deben subordinar la razón a la Escritura, y pensar y teologizar como siervos del Rey,  que se hallan por debajo, pero muy por debajo de su Soberano.
Parece sentir así: “pensad como queráis, hombres, que Dios es injusto y cruel, porque crea vasos para luego destruirlos, para exaltar su poder en aniquilarlos, que aunque él los haya formado para eso, como a Esaú y a faraón, sabemos que fueron ellos mismos los que buscaron su propia destrucción, porque el lenguaje de la soberana misericordia no lo convierte a él en un déspota injusto”.

Es necesario hablar tal lenguaje en nuestra predicación, en nuestra teología y aplicarlo en nuestra vida práctica, como siervos suyos, porque es el lenguaje de la fe, de la absoluta sumisión, (incluyendo la rebelde razón humana) y del Espíritu Santo. Amén.