sábado, 5 de diciembre de 2015

Los amigos de Jesús se enferman, sufren dolores y mueren

JUAN 11:1-15
“Estaba entonces enfermo uno llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta su hermana. (María, cuyo hermano Lázaro estaba enfermo, fue la que ungió al Señor con perfume, y le enjugó los pies con sus cabellos. Enviaron, pues, las hermanas para decir a Jesús: Señor, he aquí el que amas está enfermo. Oyéndolo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando oyó, pues, que estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Luego, después de esto, dijo a los discípulos: Vamos a Judea otra vez. Le dijeron los discípulos: Rabí, ahora procuraban los judíos apedrearte, ¿y otra vez vas allá? Respondió Jesús: ¿No tiene el día doce horas? El que anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; 10 pero el que anda de noche, tropieza, porque no hay luz en él. 11 Dicho esto, les dijo después: Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle. 12 Dijeron entonces sus discípulos: Señor, si duerme, sanará. 13 Pero Jesús decía esto de la muerte de Lázaro; y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño. 14 Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto; 15 y me alegro por vosotros, de no haber estado allí, para que creáis; mas vamos a él”.

Lo primero que está en orden es aclarar la confusión que para los estudiantes del Nuevo Testamento pudiera tener el hecho de ungir a Jesús con perfume de gran precio, sin embargo fueron dos mujeres distintas, una honorable llamada María (v. 2; 12: 3), y otra cuyo nombre no se menciona (Luc. 7: 37). Esta María hermana de Marta vivía en Betania y tenía un hermano llamado Lázaro. Este fue el que se enfermó. La casa de estos tres hermanos solía ser visitada con frecuencia por Jesús y por el gasto que hacían con él se supone que disfrutaban de una situación económica desahogada. Esto ocurre en Judea donde Jesús tenía muchos enemigos, y es la razón por la cual se supone que esta historia no fue recogida por los evangelistas sinópticos, que fueron escritos antes de este último cuando ya ninguno de los tres vivía.
Esa teoría tiene algún crédito por el hecho de que los judíos odiaban tanto a Jesús y querían ocultar a toda costa sus milagros, que Lázaro después de resucitado era buscado con encono para darle segunda muerte (12:2, 10). Jesús tenía una amistad sincera y de cariño con estos tres hermanos, y la experiencia de esta corta familia muestra que los mejores amigos y los más amados de Jesús suelen enfermarse y morir. Si se observa, las hermanas están seguras que Jesús lo ama y Jesús mismo le llama amigo (v. 11); y las desgracias que les acontecen no son la respuesta ingrata de Jesús al servicio valioso de ellos, digo esto por el perfume que había derramado sobre él. Por otra parte, el amor era un atributo perenne de Jesús. El joven rico, aquel que se fue triste porque tenía que renunciar a mucho dinero para ser discípulo, también ocupó un lugar en su corazón y se leyó su nombre en los ojos del Señor. Y este mismo evangelista Juan, se refiere a sí mismo como un discípulo muy amado por Jesús (19:26; 20:2; 21:7; 21:20).
Pues bien, a pesar de la amistad que tenían con Jesús y el amor que ellas le tenían a él, el único varón y administrador, posiblemente, de la herencia familiar, de pronto se halló en peligro de morir, y las dos hermanas asustadas por la gravedad del enfermo enviaron algunos sirvientes para que avisaran a Jesús y corriera a ellas porque el querido hermano estaba grave. El mensaje que les enviaron fue que su amado amigo y discípulo estaba enfermo, y eso se lo dijeron, no tanto como quien dice para comprometerle a sanarlo sino porque sabían que de ocurrirle alguna desgracia eso desgarraría el corazón de Jesús. Ellas aprendieron que aquellos a quien Jesús ama se enferman, y la enfermedad por ningún lado muestra que Jesús no le ame, y que incluso aquellos que son muy amados por Jesús suelen sufrir cirugías costosas y dolorosas, y hasta morir sin previo aviso y sin pasar de la juventud.
Cuando Jesús recibió la noticia de la gravedad de la salud de Lázaro no les dijo a los mensajeros que él iría inmediatamente, tampoco regresó con ellos, sino que más bien dejó pasar un lapso de dos días hasta que en su espíritu comprendió que Lázaro ya no se encontraba en este mundo (v. 6).
Esto se hace para que la situación se complique y la divina solución sea más gloriosa que si hubiera sido fácil resolverla. Jesús dejó que se empeoraran las cosas y que se acabaran las esperanzas. Y si siguiéramos leyendo el relato veríamos que todavía después de muerto dejó pasar más días hasta que el cadáver hubiera empezado a podrirse. Jesús les estaba enseñando a sus amigos que esa amistad no los exceptuaba de tragedias y sufrimientos sino que de alguna manera o de otra esas circunstancias les llegarían para que glorificaran el nombre de Dios.
Jesús no mira las tragedias nuestras como nosotros las miramos. Él las llama de diferente manera. Le cambia el nombre a la muerte y le dice sueño. Así lo hace porque para él las cosas son fáciles de cambiar. No les pidió a ellas que se alegraran mirando el cadáver del querido hermano. Es inhumano pedirle a dos hermanas que sonrían de alegría ante el cadáver de un ser querido, pensando en una lejana resurrección, cuando una espada de dolor les ha traspasado el alma. Esa seguridad moderna es fanfarronería de fe y ficticia. Tienen que llorar y deben llorar.
En este caso Jesús se alegró que se hubiera muerto porque inmediatamente lo habría de resucitar, y la fe de ellas crecería (v. 15); y si alguna experiencia nos roba algo muy querido, y nos quita un pedazo del corazón, y a su vez enriquece nuestra experiencia cristiana y fortalece nuestra confianza en las promesas de Dios, y trae gloria a su nombre, aunque no nos haga felices debiéramos conformarnos con que Dios nos haya escogido para santificarlo, y que de alguna manera para su reino nuestra amargura será nuestra colaboración.