miércoles, 9 de diciembre de 2015

La envidia como parte del plan de Dios

HECHOS 7:8-19  
8 Y le dio el pacto de la circuncisión; y así Abraham engendró a Isaac, y le circuncidó al octavo día; e Isaac a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas.  9 Los patriarcas, movidos por envidia, vendieron a José para Egipto; pero Dios estaba con él, 10 y le libró de todas sus tribulaciones, y le dio gracia y sabiduría delante de Faraón rey de Egipto, el cual lo puso por gobernador sobre Egipto y sobre toda su casa. 11 Vino entonces hambre en toda la tierra de Egipto y de Canaán, y grande tribulación; y nuestros padres no hallaban alimentos. 12 Cuando oyó Jacob que había trigo en Egipto, envió a nuestros padres la primera vez.13 Y en la segunda, José se dio a conocer a sus hermanos, y fue manifestado a Faraón el linaje de José.14 Y enviando José, hizo venir a su padre Jacob, y a toda su parentela, en número de setenta y cinco personas.15 Así descendió Jacob a Egipto, donde murió él, y también nuestros padres; 16 los cuales fueron trasladados a Siquem, y puestos en el sepulcro que a precio de dinero compró Abraham de los hijos de Hamor en Siquem.17 Pero cuando se acercaba el tiempo de la promesa, que Dios había jurado a Abraham, el pueblo creció y se multiplicó en Egipto, 18 hasta que se levantó en Egipto otro rey que no conocía a José.19 Este rey, usando de astucia con nuestro pueblo, maltrató a nuestros padres, a fin de que expusiesen a la muerte a sus niños, para que no se propagasen”.

Decidí que era mejor para esta exposición que fuera práctica; las intenciones de Esteban lo permiten. Sirven para estar alerta contra la envidia fraternal que por obra de Satanás trata de oponerse a los propósitos de Dios y los sueños espirituales de sus hijos. Cuando uno no halla una explicación razonable de porqué una persona inocente es atacada y dañada, la única posible es el celo y la envidia. Así sucedió con los hermanos de José. No es raro que a un creyente que Dios distinga le pase lo mismo, que aquellos que debieron haberlo apoyado sienten envidia por las bendiciones que va recibiendo y se confabulan para atacarlo. Como ocurrió con Jesús. Un salvador que es entregado por la envidia de sus hermanos.  Observa que la mentira, la intriga, el homicidio y la envidia no detienen la historia que va en línea recta con Jesús (vv.9, 10). Y no logran con sus iniquidades sino que se constituya el Salvador de ellos y sea elevado al trono. Los patriarcas “movidos por envidia” como los que entregaron a Jesús a la muerte, tratan de hacer lo mismo con José (Mt.27:18), si no matarlo, deshacerse de él enviándolo como esclavo al extranjero. José es levantado y preservado maravillosamente por la gracia para mostrarnos que a Dios aun el pecado le sirve y las tormentas de Satanás soplan para bien sobre la embarcación de nuestra fe; ese período de la vida es significativo para ponernos realmente donde quiere que verdaderamente estemos.
El ejemplo sirve para aprender cómo aceptar el presente y no dejar de soñar con el futuro. No es el momento para comprender qué relación tiene el mal presente con un brillante futuro soñado porque no es posible entenderlo, sino que es tiempo para ocuparnos de nuestra vida espiritual y no de la carrera que teníamos proyectada; hay que dejarse llevar por Dios, sin amarguras y resentimientos, acatar su voluntad y dejar que el tiempo pase y la providencia divina, siempre sabia, nos coloque donde lo había pensado de antemano.
Lo que José no supo ni pudo porque era muy joven, fue dejarse llevar por Dios porque sólo miraba la obra del diablo y las manos de iniquidad puestas sobre su vida que lo empujaban por donde no quería. Cuando José vivió como víctima del mal sufrió mucho, y no sin renuencia accedió a dejarse  llevar por Dios, porque lo había dejado como atado y sin otra opción que seguir aquel rumbo que no se había propuesto ni lo consideraba conveniente para sí. Luchó, lloró, suplicó que no le hicieran daño porque no aceptaba su presente y le horrorizaba su futuro como esclavo, recibiendo el mayor daño de su vida por medio de aquellos que debían haberlo querido más; pero Dios estaba con él, y según la propia interpretación de su vida, llegó a ser tan clara la guía de Dios en aquellos tiempos oscuros, que afirmó que fue Dios quien lo vendió a Egipto, en su bondad, y no la envidia de sus fraternos (Ge.45:5-7); del bien sacaba el mal y la dura injusticia y la envidia eran sólo la negra corteza que envolvía el bien de su amor. Si hubiera podido conocer su futuro con la certeza que estaba seguro en las manos del Señor, se hubiera ahorrado lágrimas, lamentos y súplicas a los hermanos, sino que jubiloso les hubiera dado las gracias por la envidia que sentían hacia él, porque lo estaban poniendo en el camino por donde Dios lo quería llevar para cumplir su propósito.

Y hay una verdad terminal en todo esto, que satanás trata inútilmente de hacer nula la promesa de Dios  (vv.17-19). José cumplió el plan de Dios en la historia de su pueblo, y desapareció, porque éste por causa de la muerte no pudo continuar. Nos hacía falta un Salvador que viniera con “una vida indestructible”.  No se sabe nada sobre bendiciones sobre su pueblo sino que unos pocos como remanentes de la fe mantuvieron el conocimiento del Dios de Abraham, Jacob y José. Cuando en el anonimato el pueblo había llegado a ser pueblo y la promesa se había cumplido, se acercaba también el tiempo de su redención. Cuando más cerca se hallaba la bendición y el cumplimiento de la promesa peor se volvieron las circunstancias, para enseñarnos a tener fe en los peores momentos, y cuando más rabioso Satanás, más próximos nos hallamos a la gloria (v.17).