sábado, 5 de diciembre de 2015

Lo importante es lo que dicen sus palabras no lo que escribe en el suelo

JUAN 8:1-11
Y Jesús se fue al monte de los Olivos. Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. 10 Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? 11 Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”.

Quizás han leído algunas Biblias que no tienen este relato, por eso voy a transcribir dos citas. “La historia de esta mujer sorprendida en adulterio no se halla en la copia alejandrina y en otras copias antiguas, ni en Nonnus, Crisóstomo y en Teofilato, en ninguna versión siria hasta que fue restaurada por De Dieu, de una copia del arzobispo Usher; pero se halla en versiones árabes y etíopes y en la armonía de Tatian y Ammonio, el primero vivió en el año 160 unos 60 años desde la muerte de Juan y el otro alrededor del año 230, Eusebio dice que se halla en el evangelio según los hebreos y su autoridad no debe ser dudada” (Gill).
“Se sabe bien que este pasaje era desconocido por las iglesias griegas y algunos conjeturan que fue puesto por alguien en este lugar; pero siempre ha sido recibido por las iglesias latinas y también se encuentra en mucho manuscritos griegos y no contiene nada que sea indigno del espíritu apostólico y no hay razón para rechazar su uso en nuestro favor” (Calvino). Voy a seguir ese camino y usar la historia en provecho de nuestras vidas.
Mira como Jesús se fortalece espiritualmente para predicar, fue “al Monte de los olivos” (v.1). A orar supongo; ese sitio cerca pero no dentro de la ciudad era el preferido para ello. No distaba mucho de los pecadores para predicarles pero no dentro de ellos para pedir la bendición para sus estudios, comentarios, conversaciones y sermones. Jesús amaba ese lugar y fue en él donde lo detuvieron. Allí empezó su cruz. No juzgaríamos extraño que tuviera mucho público oyéndole a tan temprana hora. Se levantaban de mañana para ir a oírle. Cuando dice “todo el pueblo” (v.2) no quiere decir que miles sino mucha gente, numeroso público; y se iban habiendo aprendido algo puesto que él “les enseñaba”. Se preparaba para ambas cosas.
Mira la trágica escena de una mujer cuyo pecado se hace público. Durante una de esas clases matutinas fue que le trajeron a esa mujer, no para que ella aprendiera algo de él y reformara su vida sino para que la condenara (v.3). No le buscaron un puesto cercano entre la gente donde pudiera oírle sino que la pusieron “en medio”, exponiéndola a la vergüenza pública y como un trofeo del celo religioso de ellos. No se dice cómo iba vestida, si llevaba velo, posiblemente ninguno, y sus cabellos en desorden puesto que según el informe de ellos había sido “sorprendida en el acto mismo del adulterio” (v.4). Sería libidinoso tratar de describir ese momento. Lo dejo. Sólo señalo que era una trágica escena. Conociendo la malicia de ellos y el odio que sentían hacia Jesús sería posible que todo fuera parte de un plan que  hicieron donde el hombre cooperó por algún precio y por eso no estaba allí. Era cierto que la ley condenaba a muerte a los adúlteros (Lev. 20:10), no precisamente con piedras. No era celo por la palabra de Dios sino una emboscada con el propósito de acusarlo ante los romanos. De una forma o de otra siempre querían meterlo en complicaciones políticas para destruirle (Mt.12:14),  y según ellos no podían hacerlo por sí mismos (vv.4,5; 18:31). Aquellos hombres aplicaban la palabra de Dios a otros pero no a ellos mismos.
Lo más importante es el dedo de Jesús no apuntándolos sino escribiendo en tierra sus pecados. Eso no lo dice el texto pero he leído esto: “Katagrapho indica no solamente la acción de Jesús escribir en la tierra, sino que de acuerdo al contexto que es la respuesta de Jesús a la acusación hecha a la mujer, se puede interpretar que lo que Jesús escribió fue una contra-acusación contra aquellos acusadores aunque no exista ninguna indicación del contenido de su escritura. Algunos escribas añadieron “los pecados de cada uno de ellos”, aquí o al final (v.8)” (NET). Calvino aunque de buena gana acepta el relato dice que la actitud de Jesús es de indiferencia hacia ellos y no precisamente porque quisiera escribir algo. Pero estaba escribiendo no jugando con tierra. Si se dice que escribía es porque escribía algo lo que escribía no se sabe pero haciendo una conjetura pienso que tuvo que ver con la indirecta acusación que les hace y con la culpa en sus conciencias que al momento se creó, y con la vergüenza de la cual salen huyendo.
Hay algunos manuscritos que añaden que Jesús escribía el pecado de cada uno pero la mayoría no dice nada. No se sabe. Es el aspecto más extraño del relato y pudiera ser que no fuera un acto de indiferencia sino algo que tenía que ver con ellos; no es descabellado que aunque fuera una interpretación, o una adición de algún copista, tuviera algún significado en relación con la conciencia de ellos puesto que cuando les dijo que el que estuviera libre de pecados, de la lista que escribía en la tierra, arrojara el primero la piedra. En vez de a cada uno descubrirle ante todos lo que hacían en silencio se lo pone ante los ojos para que lo lean y aquella palabra escrita en el polvo los espantó y salieron huyendo comenzando por los que debiendo tener más control sobre sus vidas no lo tenían, los más viejos, y los jóvenes sintiéndose también acusados por la acción del Espíritu en ellos, se retiraron no teniendo fuerza moral para apedrear a otra persona por el pecado que ellos y sus mayores cometían, o por otros similares. Menos mal que escribió en el suelo sus pecados y no sobre las montañas, en las nubes o en el cielo donde todos lo vieran y quedaran para siempre sino en el polvo donde el viento o su propia mano podrían borrarlo.

Moisés también había ordenado apedrearlos a ellos. Jesús no había justificado su adulterio pero tampoco pidió para ella la sentencia de la ley porque precisamente vino para cumplir la ley y morir en lugar de los adúlteros y los que cometen pecados similares (Mt. 5:17; Ro. 3:19; Ga. 4:4,5). Con aquellas palabras de Jesús se formó una estampida dejando claro que la función de la ley fue únicamente que se conociera el pecado no realmente vivir por ella (Ro. 7:7). Jesús le dijo “vete y no peques más” y una traducción mejor es “desde ahora”. La sacó de debajo de la ley y la puso en la gracia y eso no quiere decir que estaba “sin ley” y que podía justificarse de sus pecados ante los demás alegando que nadie tenía el derecho a condenarla porque todos eran pecadores como ella. Todos somos pecadores y todos necesitamos a Cristo que nos defienda para no ser condenados y no nos consuma la culpa y la vergüenza. No veo que sintieran culpabilidad y huyeran de la escena porque leyeran cien o doscientos de ellos, en unos momentos, algo personal en la tierra, sino por lo que Jesús dijo y la unción de sus palabras que flotaron poderosas en el aire, dichas muy pausadas  dándoles tiempo para que ocasionaran dentro de la conciencia lo que él quería. Si no se menciona el contenido de la escritura es porque no es necesaria su consideración. Dios no escribe ya en piedra, menos en tierra, sino en la conciencia (Ro. 2:15). Y escribe cosas muy bonitas, cartas de Cristo, cartas por medio de su Espíritu para que sean leídas por el mundo entero (2 Co. 3:2). Lo más importante no es lo que escribe en el suelo sino su lacónica frase, “el que esté libre de pecado tírele una piedra”.