viernes, 3 de abril de 2015

Muertos invaden a Jerusalén

Mateo 27.52,53
“Y los sepulcros se abrieron, y los cuerpos de muchos santos que habían dormido resucitaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de Jesús, entraron en la santa ciudad y se aparecieron a muchos”.

No hay “domingo de resurrección” si no hay “viernes santo”. Ojalá hubiera dicho que se les aparecieron a toda la ciudad, pero ese no fue el caso, no fue a todos sino a muchos, posiblemente aquellos que los resucitados recordaban con cariño, especialmente sus familiares y amigos, a unos para consolarlos y a otros para exhortarlos a la salvación. Muertos que invaden a Jerusalén, la ciudad cruel, incrédula y sanguinaria, a la cual se le llama “santa ciudad”. No dudo que los muertos en el cielo intercedan por los que recuerdan en la tierra, lo que sí niego es que puedan oír a los que pretenden dirigirse a ellos. No hay comunicación entre esos dos mundos.

Fíjese que el proceso de la resurrección de ellos comienza con la cruz. No resucitaron sino hasta después de la resurrección de Jesús, por cuestión de orden y “preeminencia”, pero las piedras de sus lápidas se partieron antes de que Cristo resucitara, lo cual indica que la esperanza cristiana de la resurrección del cuerpo tiene como precedente la muerte legal de Jesús por los pecados de muchos; y que nadie puede imaginar salir de su sepulcro en victoria si no han sido perdonados sus pecados por la muerte de Jesús. Estas palabras son un regalo de Dios para nuestra esperanza cristiana; aquel terremoto partió las lápidas de los sepulcros y dejaron sus profundas cavidades abiertas para que su temporal residente saliese. El sismo, como por orden divina, con violencia abrió las puertas de la eternidad,  para demostrar que la muerte de la Vida acababa de quitarle el poder al pecado. No que aquellos cuerpos fueran momias que hubieran preservado sus formas; cualquiera que haya sido el estado de corrupción que estuvieran sufriendo, estaban muertos, y la muerte de Jesús los devolvía a la vida.

Dios que sabe dónde se halla sepultado cada santo, eligió aquellos para que retornaran a la vida, testificaran del acontecimiento teológico que los había resucitado, y sus amigos y familiares creyeran en la expiación del pecado hecha por Jesús en la cruz, la completa satisfacción que sirvió su muerte ante la justicia divina y el origen de una nueva esperanza por medio de aquel suceso. Recibían esperanza todos aquellos que habían sido enterrados en santidad, o sea, los que habían vivido en santidad antes de su sacrificio; o sea, que aquellos santos pertenecían a los símbolos y sombras de Cristo en el Antiguo Testamento. Con ese portento se les demostraba la conexión con la historia de la salvación que tenía el sacrificio y la sangre de Jesús. El portento menciona que fueron “muchos” los que resucitaron, que es equivalente a innumerables en términos finales, para dar a entender que Jesús daba su vida por muchos, y que en realidad no serían pocos los que se salven, sino que como hay muchas moradas preparadas por él, así serían muchos los destinados a ocuparlas.

Y en esos muchos, pienso, la fe de ellos sería un desafío a las mentiras de los sacerdotes y de los romanos, que el cadáver había sido robado por los discípulos; desafiarían la versión autorizada del gobierno; y desafiarían la teología de los fariseos que afirmaba que aquel no era Hijo de Dios sino de Beelzebub; y ellos serían muchos para servir como evidencias de la resurrección de Jesús y de la extensión de esa esperanza; podrían decir como los apóstoles, “lo que hemos visto y oído, lo que hemos palpado, lo que hemos contemplado”. La verdad de la resurrección se esparcía por todos lados, no dejando ni género de dudas que había ocurrido y que no era posible la resurrección de entre los muertos. De aquí en adelante muchos morirían pensando saldré de ese sepulcro, no me quedaré ahí eternamente, no podrá retenerme indefinidamente; hoy entro en él y algún día saldré, lleno de vida y con un cuerpo espiritual y glorioso”. Servían para quitar la sonrisa incrédula del rostro de los escépticos y burladores que la negaban y servían para resolver el complicado dilema de la desintegración del cuerpo y su única solución: La muerte de Jesús en la cruz. No puede haber para nadie “domingo de resurrección” si no tiene su “viernes santo”.