sábado, 4 de abril de 2015

La tierra guardará como sagrado nuestro polvo

  Isaías 26:19-21
 “Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán”. 

Es difícil pensar que aquí sólo se trata de la renovación de una esperanza fracturada, del regreso del pueblo a su tierra, del cambio de condiciones; es cierto que este texto tiene que ver con todo eso y, que ya lo profetizó Ezequiel sobre los huesos secos, pero aun así, la esperanza cristiana en la resurrección está latente ahí.
Si eres cristiano y conoces la forma de hablar del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento por medio de los profetas, y entras al mundo de ellos con Cristo que es la llave maestra de la Escritura, te regocijarás al descubrir la esperanza de la resurrección de entre los muertos; y como al Espíritu se le salía de la boca, como quien dice se le saltaba, esa maravillosa promesa (Hch. 13: 30-32). Nuestros cadáveres cobrarán vida y al despertar, lo primero que haremos es cantar (v. 19); la tierra no podrá negarse a entregar el polvo de los santos.

Y no sólo yo y tú, porque dice “tus muertos” vivirán. Los venerables cadáveres de los santos ancianos, mis abuelos salvados, aquellas luces mortecinas que cuando conocí parpadeaban para extinguirse. Mi hermano, que me dejó roto el corazón con su partida. Mi linda hermanita, que como una pequeña flor fue arrancada de súbito del pecho de nuestra madre, que aún la llora. Y mi compañero querido que servía al Señor con lo mejor de su juventud. Un día enfermó cuando todos nos reuníamos en el ministerio. Y él no estaba allí. Fue a la reunión pero no llegó. Lo llevaron con dolor al hospital y cuando su joven mujer llegó junto a su cama, él le entregó su última sonrisa, le devolvió el anillo de matrimonio y le dijo: “La muerte nos separa”. Mi vieja madre, que a última hora oyó el llamado de Cristo y se dispuso a leer la Biblia que le di, y arreglar su marcha, resucitará con un cuerpo glorioso, como el de Jesús, un inmerecido regalo de él para ella.
Señor que al acercarme a mi muerte no tenga miedo, que recuerde en ese momento que allí no estaré por la eternidad, que la tierra guardará como sagrado mi polvo y cuando el Creador lo ordene devolverá mi cuerpo; y como resucitan las hortalizas con el rocío así resucitaré yo al mandato del Señor, y ¡Dios mío!, el Señor me recodará porque nos conocemos y al volver preguntará por mí, por este, por el otro, a la tierra del olvido y ella le responderá “aquí lo tienes”.