viernes, 22 de agosto de 2014

No más pan de ángeles ni sermones exegéticos



Éxodo 12:38
“Subió también con ellos una multitud mixta, juntamente con ovejas y vacadas, una gran cantidad de ganado”.

Mire como la iglesia le da la bienvenida a esa multitud mixta. Gente que por motivos políticos se quería marchar, o amigos de ellos que deseaban acompañarlos, o personas maravilladas por la obra de Dios y la bendición que Israel había tenido. Ocasionarían problemas (Num.11:4,5).
Israel les dio la bienvenida porque aunque eran egipcios y de otras naciones, sentían afectos por ellos y sería un placer si los acompañaban y estarían dispuestos a compartir con ellos todo lo que recibieran. Que ellos cruzaran el rojo mar de la salvación, que ayudaran en la construcción del tabernáculo de Dios. Compartirían con ellos todo lo que Jehová les diera incluyendo la sombra de la nube en el día y la luz de la columna de fuego en la noche. Y el maná.  Que bebieran del agua de la roca porque el manantial era suficiente y comieran del maná de ellos porque eran tanto que mucho de ese pan de ángeles sobre el suelo se quedaba.

Aquellas multitudes que han computado como más de doscientos mil, mezcladas con los hijos de Dios, de lo primero que se mostraron inconformes no fue con las tiendas donde vivían ni con la falta de aire acondicionado sino con el maná, con la comida de Dios que es un símbolo de su Palabra y deseaban de todas maneras suplantarlo con algo más atrayente, sensual, del gusto de la época que estaban viviendo, alguna mercancía moderna, menos del otro mundo y más de éste, que complaciera a todos y los dejara conformes. Si eso se hacía no dejarían a Israel, porque encontrarían allí lo mismo que en Egipto o en el territorio de los filisteos.

Fue de ese pan nutritivo que dijeron que se hallaban aburridos, que los tiempos habían cambiado y había que cambiar con los tiempos o perecer. Y murmuraban entre las tiendas de Jacob que una cebolla o una cabeza de ajo de Egipto era mejor que un plato de aquella celestial cosa que sabía a gracia.
E Israel, engañado, les empezó a hacer caso y complaciente les molía el maná en molino, se los majaba en morteros, le quitaba la sazón y la sal de la gracia, le echaba bastante agua para que se pudiera tragar fácil como una sopa sin masticarlo con las mandíbulas de la razón, es decir por los conductos de las emociones. Y sobre todo les servían poquito, unos quince minutos y se rellenaba con testimonios, aplausos, aleluyas, amenes y musiquillas, el tiempo de la cena. En cada cuadra se hacía una fiesta y se repartían, en vez del buen maná, perros calientes. Y si observé bien,  unas tortillas finísimas de heno y hojarasca que llamaban tratados.

Y definitivamente los sermones bíblicos, expositivos y dulcemente exegéticos pasaron a la historia. Entonces todos, la multitud no convertida y el Israel de Dios seducidos por ellos estaban complacidos con la emigración de codornices traídas por los aires de aquellos tiempos, que soplaron al revés de los que habían dividido el Mar Rojo, y nuevos olores salían de las tiendas de Gersón, Coat y Merari, los sacerdotes de Israel, que no era el olor del conocimiento de vida de Cristo. Ellos indagaban sobre lo que al pueblo les gustaba, las necesidades que tenían y buscaban en el Libro de Recetas para cocinarles lo que pedían. Y pasó lo que era obvio, como ya no había pan de ángeles en los púlpitos de Jacob (Sal.78:25)  y ninguno anhelaba mirarlo (1Pe.1:12), se fueron todos, sólo se quedó distante Jehová airado observándolos con las modernas carnes entre los dientes. Los vecinos judíos quisieron actualizar a su criterio, y compartir la salvación como si hubieran podido distribuirla por su cuenta, como si las promesas, la fe, el arrepentimiento, la justificación y los perdones fueran de ellos y no de SOY EL QUE SOY. Tenían buenas intenciones pero estaban equivocados.