jueves, 27 de junio de 2013

No estaremos mejor Presidente Barack Obama, estaremos peor


1 Timoteo 1:9-11
“Conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina, según el glorioso evangelio del Dios bendito, que a mí me ha sido encomendado”.

I. Uso de la ley
1. Estudio y uso de la ley. Anteriormente dijimos que el mejor uso de la ley es para conocer el pecado; aquí el apóstol lo afirma. ¿Por qué dice eso? Porque el mejor uso de la ley es cuando se aplica a los pecadores, "la ley no fue dada para el justo”, por muy útil que sea la ley para formar el carácter cristiano, ése no es su destino, el carácter del creyente se moldea más por el amor en el  Espíritu de Cristo en el evangelio que por la ley. Un error muy antiguo ha sido invertir su uso y tomar la ley como el fin de la vida religiosa, y no lo es, el fin de la ley es Cristo (Ro.10:4), es nuestro ayo para llevarnos a Cristo (Ga.3:24), incluso el cumplimiento de toda la ley es el amor (Ro.13:10) y el que ama al prójimo ha cumplido la ley (Ro.13:8). Si el carácter cristiano es moldeado solamente por la ley, el producto es fariseísmo o hipocresía y la conducta  no será mayor que la de los escribas. Pero si la ley es sujetada a Cristo en nuestros corazones y comenzamos por el Espíritu, el amor que él produce da cumplimiento a la ley y embellece sobremanera la conducta cristiana y la limpia de obras meritorias e hipocresías.

Pero yendo al texto, el apóstol aclara bien, que del contenido de la ley no se sacan  temas para debates y que su estudio no es para uso en sí misma, sino que ha sido promulgada por Dios por causa del pecado del hombre, para mostrarlo sobremanera pecaminoso,  para reprimirlo y  enseñarle que aun los mandamientos son débiles por la carne (Ro.8:3) y  por causa de su debilidad e ineficacia, comprobado por experiencia que  nadie se puede perfeccionar por su medio (He.7:18,19), se introdujera algo mejor, la gracia en Cristo, la salvación sin las obras de la ley (Ro.3:28). 

Aquellos hombres tomaban el decálogo de Moisés y las variadas genealogías y las escudriñaban para convertirse ellos mismos en justos; ante el criterio de los hombres se volvían irreprensibles, convirtiéndose ante ellos mismos en buenos, pero ante los ojos de Dios peores, porque por el cumplimiento de la ley sin la gracia se vestían de  justicia propia (Flp.3:6,9), no la de Cristo que es por la fe. Así pues, en vez de instruir a los santos en el cumplimiento de la ley, usémosla para evangelizar a los pecadores.
  
II. La ley en la evangelización
El mundo está lleno de grandes pecadores que necesitan oír la ley para ser refrenados y convictos por ella. Aquí hallamos una amplia gama de pecados, es como un trozo de cualquier ciudad o sociedad, lo mismo de Babel, que Sodoma, Corazín, Jerusalén, La Habana, Madrid o New York. En cualquier parte y latitud se halla esa clase de gente.

1.  Los anomois, (sin ley) o transgresores, los que no tienen ley y son malditos por desconocerla; mas esta gente que no sabe la ley maldita es (Jn.7:49). A esos primeramente, vivan una vida socialmente aceptable o no, si no conocen la ley, deben conocerla; a ellos Dios quiere que se la enseñen.

2. Los, como indica el griego,  anupotáktois o los insumisos, que no obedecen órdenes, desobedientes, los que se niegan a obedecerla. Estos quieren vivir sin ley, la han oído pero no la acatan, son renuentes a obedecerla y arrojan de sí su yugo y coyundas; o son insumisos y arrogantes en relación con la ley civil  negándose a sujetarse al gobierno establecido por Dios; entre ellos: ladrones, perjuros, etc. Nota como el apóstol va gradualmente ascendiendo, o descendiendo a las partes más bajas de la tierra, primero los que no conocen la ley, luego los anárquicos.

3. La asebés, en griego, quiere decir sin piedad, sin Dios,  o impíos; también la ley es para los que no guardan ninguna piedad, sea porque no creen que para todo aprovecha ni para esta vida presente y la venidera (4:8), que sea gran ganancia acompañada de contentamiento (6:6). No creen en Dios, son ateos. Sí, también para los ateos es la ley; y un consejo sabio es que al predicarles en vez de intentar demostrarles la existencia de un Ser supremo, es mejor hablarles de la ley tratando de corregirles la vida y no lisonjearles el entendimiento. La ley no fue dada para que ellos adquirieran la piedad que les faltaba sino para revelarles el pecado por el cual no eran píos.

4. Los pecadores, esta palabra y la anterior fueron asociadas por Pablo por  la conjunción y, indicando con eso que la falta de piedad es un gran pecado y dentro de los que no profesan ninguna se hallan grandes necesidades espirituales; un gran campo de labor para la ley. Con estas dos comienza un grupo de pecadores que Pablo coloca por parejas, porque casi siempre se hallan en asociación.
5. Los irreverentes y profanos. Los irreverentes no son los que hablan en el templo o hacen bulla; la palabra está asociada al incumplimiento de los deberes religiosos, son personas que no tienen religión, no la respetan y se burlan de ella; propiamente, que prefieren lo material a la bendición espiritual; o profano como Esaú (He.12:15). Profano e irreverente es más o menos similar. A esos hay que enseñarles la ley, para que se conviertan a Cristo. Ese es su mejor uso como precursora de la gracia, como Juan de Cristo, para preparar el camino al Señor.

6. Parricidas y matricidas yo los definiría, aunque actualice demasiado el texto, como los que usan violencia doméstica y abusan de sus familiares, tanto el padre, la madre, los hijos y cualquiera otro sobre los cuales puedan ensañarse. La palabra significa propiamente “herir al padre o a la madre”, golpearlos. Eso prohibido en Ex.21:15. Para la violencia doméstica aplíquese la enseñanza de la ley de Moisés y dará mejor resultado que socializarlos, aconsejarlos, y usar  la sociología como un auxilio o la cárcel y el castigo como remedios. Para los abusadores de personas  mayores y de menores, de mujeres, etc., para todos esos usemos la ley de Dios para que reconozcan que lo que han hecho es muy pecaminoso. No se trata de rehabilitarlos a la sociedad sino que conozcan a Jesucristo. Toda esa violencia doméstica de la cual oímos hablar tanto, disminuirá si hubiera más conversiones a Cristo, si se incrementara la evangelización y hubiera más instrucción de sana doctrina dentro del hogar. Seguramente que el número de  crímenes irá bajando y desaparecerán. Si uno mira bien lo que Pablo dice se da cuenta que son atrocidades nerónicas cualquiera de ellas. Lo que la sociedad necesita es más evangelio mezclado con la ley, mejores predicadores, más Espíritu Santo y más esperanza para esos  desalmados.

Junto a esa violencia se halla el homicidio, “homicidas”, los robos y asesinatos, callejeros y domésticos. Si quieres recordar que vives en una sociedad llena de violencia, mira el noticiero en la televisión. Bombas, coches bombas. Los jóvenes aprenden a hacer bombas. Ponen bombas en edificios, matan en las calles, violan mujeres y niños. La violencia moral de la sociedad le hace más daño que la natural. Los revólveres y las pistolas matan más gente que los ciclones y terremotos. Y estudian el problema. Señalan como una causa para el crecimiento de la violencia el mucho uso que se hace de ella en la televisión, la facilidad para comprar un arma de fuego y la distribución de drogas. Pero la violencia proviene por una causa mayor. Las que señalan son causas menores y  contribuciones al mal. La violencia la lleva el hombre dentro de su corazón  y existe desde los días de Caín y Noé, y existirá siempre. Es el pecado el origen de la violencia. Matáis y ardéis en envidia (Sgo.4:2); es la codicia, la avaricia, la corrupción. Si queremos para la violencia hay que combatir el pecado, volvernos a Dios y  tratar de cortarlo con el cuchillo de la ley. Más predicación, más estudios de la palabra, más conversiones a Cristo. Si alguna ayuda presta los programas enfocados con un evangelio social, son a mi juicio muy humanos, útiles para ayudar a aliviar los males, pero no combaten las causas que los engendran. El evangelio puro, el del arrepentimiento, el del temor a Dios, es el único que tiene la gran solución para esta y cualquier generación maligna y perversa.

7. Los mentirosos y perjuros, los que calumnian, difaman, manchan y arrojan esputos sobre el testimonio de otros. ¿Cuál es el remedio para esos males tan venenosos? La ley, que los hombres aprendan a ser veraces y no como los cretenses, siempre mentirosos, ni a jurar falsamente contra alguien o prometiendo con una mano sobre la Biblia lo que luego no respetará. Para todo lo que se “se oponga a la sana doctrina” (v.10). El apóstol acorta su lista, se podrían añadir muchísimas más violaciones de la ley, pero él resume, cualquier cosa que en letra o espíritu se oponga a la sana doctrina, necesita la enseñanza revelada de la ley.

8. Y concluye con algo que ya más arriba he insinuado, la concordancia entre la ley y el evangelio, “según el glorioso evangelio del Dios bendito” (v.11). No hay ninguna contradicción entre los evangelios y el decálogo de Moisés, las enseñanzas del Nuevo Testamento son las mismas del Antiguo, lo que prohíbe una lo prohíbe el otro, Moisés, Elías y Jesús, hablan amigablemente sobre el monte de la transfiguración. Si hay alguna aparente discrepancia entre la una y el otro es en el uso que se le da. Se puede usar la ley ilegítimamente o se predica el evangelio ilegalmente, sin ley. Si se va tras las obras de la ley y no por la fe no se alcanza nada (Ro.9:30-32).  En cuanto a exégesis la diferencia estriba en que algunos exaltan la letra de la ley cuando debieran más bien exaltar el espíritu y de ese modo no tendrían dificultad en la exégesis de algunos textos que de ella los autores del Nuevo Pacto libremente citan, extrayéndoles el jugo y la sustancia. En efecto, el evangelio contiene la sustancia de la ley, quiero decir, la gracia gloriosa de Cristo. Los que dependen de la fe y no de las obras de la ley, porque sus obras no son obras sino los frutos del Espíritu, como Pablo, pueden parecer que viven sin ley, que son antinomianos, mas no es así, viven la ley, por la fe en Cristo.

9. Los fornicarios, sodomitas, secuestradores (v.10). Quizás es mejor tratar primero los dos últimos para mantener la conexión con los violentos anteriores. La palabra indica agarrar por el pie. Secuestradores, es un antiguo verbo derivado de la palabra hombre, pie, agarrar por el pie, esclavizar. Así, esclavizadores, ya sea secuestradores (robadores de hombres) de hombres libres o de esclavos que pertenecen a otros hombres. En ese caso, tratantes de esclavos. Con el uso de esta palabra Pablo se opone al negocio de esclavos (Ver 
el diccionario de palabras de Robertson).
Los que roban hombres, los que los agarran y se los llevan cautivos  para cambiarlos por dinero, por otras personas, para someterlos a la esclavitud temporal o permanente; y quien dice hombres y mujeres, dice tráfico de niños robados, para adopción o para ¡horrible!, comerciar con sus órganos. ¿Cuál es el remedio para tanta violencia de este tipo, secuestro y robos, de la misma esclavitud social como sistema? La ley y el evangelio. En ésta área la situación  parece casi incontrolable. Las cárceles están llenas y los secuestros continúan, los niños siguen perdiéndose. Si la trata de esclavos ha desaparecido como sistema de gobierno, hay otras formas de explotación que aún sobreviven camufladas. ¿Qué solución aportaremos? ¿Revueltas? ¿Regreso a las rebeliones armadas? Tengo más esperanza en lo que se podría lograr con la enseñanza de la ley que lo que los buenos políticos hagan.

El promedio en infidelidad conyugal y de muchachos que pierden en la adolescencia su virginidad es altísimo. Más desesperante es el avance y las conquistas  que van obteniendo las organizaciones de sodomitas. La necesidad de estos tiempos grita por el estudio y la enseñanza de la ley judía. Se está predicando un evangelio  sin ninguna ley, ni mezclado con ella ni teniéndola como precursora y eso no está bien. Hay que enseñar la ley de Cristo (1Co.9:21). El Antiguo Testamento mirando a Cristo. Queremos ver a Moisés llevando pecadores a Jesús para que los transforme y los salve. Ese es el espíritu de la profecía (Apc.19:10) y a los santos cantando el cántico de Moisés y del Cordero (Apc.15:3).

La enfermedad de nuestra sociedad se agudiza cuando se contempla la  corrupción del sexo, la cual abarca la fornicación; fornicarios, y la homosexualidad; sodomitas. Y hace pocas horas el presidente de este país, Barack Obama, ha dicho que USA estará mejor con la declaración de la Suprema Corte sobre la legalidad de los matrimonios del mismo sexo, olvidando por completo que Estados Unidos, en su nacer brillante y comercial, y en su Constitución, se formó con la influencia de los ingleses puritanos: Presbiterianos, bautistas, anglicanos, y otros. No, no estaremos mejor, señor presidente, iremos para peor.