lunes, 9 de julio de 2018

Regresarán como si fueran a ver la copa mundial de fútbol


EFESIOS 3:1-13
“Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles; si es que habéis oído de la administración de la gracia de Dios que me fue dada para con vosotros; que por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres,  como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio, del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la operación de su poder. A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios.... para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor, en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él; por lo cual pido que no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros, las cuales son vuestra gloria”.

Si nos imagináramos a Pablo con sus libros y pergaminos sentado en su oficina, no debemos pensar que hace solo eso sino para tener algo de lo cual hablar, con lo cual administrar gracia a los pecadores y los santos porque por eso se considera un “administrador de los misterios de Dios” (1 Co.4:1; Tit.1:7), mayordomo para él comprensibles por el Espíritu Santo. Los efesios podrían pedirle de Pablo informes a los corintios, donde había sido su pastor, fundador, maestro y así, seguir informándose en todos los sitios donde había trabajado, y lo que recaudarían sería un libro de buenas referencias. En su caso no podrían escribir a algún seminario o escuela teológica porque lo que sabía le fue enseñando por Jesucristo mismo por su Espíritu mientras corregía su lectura de los sagrados libros canónicos judíos, y tratando de entender la Persona que le interrumpió su persecución en el camino hacia Damasco. Por eso nosotros podemos hacer lo mismo, leer y releer la Escritura, estudiarla por los buenos maestros para mejorar nuestra lectura, subir nuestra pasión por ella y agrandar nuestra capacitación por si quizás tuviéramos que administrarla a algunos.

Los que así obran entenderán lo que fueron misterios, pero ahora son revelaciones que necesitan meditación y práctica, no torceduras ni sacar herejías para “su propia perdición” (2 Pe.3:16). Otras generaciones no tienen el privilegio que nosotros tenemos cuando el Espíritu ha enseñado a buenos predicadores estudiosos, maestros, autores, que han escudriñado las Escrituras y nos la han hecho entender; y caminamos el día de reposo para oírlos y ahorramos para comprar sus libros.
Hay dos palabras que Pablo escribió, una que es practicada muy poco, leer y la otra a la cual es su único acceso, conocimiento. El conocimiento, cualquiera que sea, incluyendo el de la Biblia, no penetra al cerebro por un fenómeno que conocemos como ósmosis. Hay que pasar mucho tiempo leyendo, aunque sean folletos, libros, aunque sean breves, y escudriñando la Escritura para que ella nos haga una sonrisa, y a veces ella nos pide que busquemos ayuda, personal o literaria.

He leído de un funcionario egipcio interesado en el Dios único y que mientras viajaba en su coche aprovechaba su tiempo, no tomando fotografías sino leyendo la Escritura sagrada de los judíos, lo que hoy conocemos como Antiguo Testamento. Mientras leía se hacía preguntas sobre el texto en cuestión porque había partes que no entendía y necesitaba de alguna persona que le aclarara sus dudas. Y Dios que sabe si leemos la Biblia o no, si la estudiamos o no la estudiamos, respondió las interrogantes del funcionario y decidió ponerlo en contacto con un diacono, que no sólo repartía la santa cena en la iglesia o cuidaba la puerta sino que era un evangelista itinerante que evangelizó primero a su familia de modo que sus cuatro hijas sintieron la vocación, digo yo, para seguir el camino del padre, fundiendo el evangelio de Cristo como maestras de Biblia (Hch.21:8-10). Ese fue el sencillo predicador que la providencia, no ausente en sus planes de abrir misiones en el extranjero, lo puso en contacto con el funcionario de la reina egipcia y por su medio el continente africano recibiera la Palabra de Dios antes de él viajar a Azoto y las ciudades vecinas (Hch.8:40).
Un funcionario tan importante necesitaba un ministro estudioso de la Biblia y fue Felipe, quien acercándose al carro le preguntó si entendía la lectura del pasaje bíblico “¿entiendes lo que lees?”, a lo que él, quizás sorprendido, le dijo que no podía entender lo que estaba leyendo sino con la ayuda de algún otro, a lo cual ni lento ni perezoso Felipe se ofreció para interpretarle el pasaje que la providencia había puesto ante los ojos de este africano (Hch.8:26-31).
Cuando nos enteremos que todavía en algún lugar existe alguien que explique la Biblia expositivamente o textualmente, debemos apresurarnos a escucharlo. Felipe era un evangelista y todos los buenos ministros de Dios que sienten y hacen sentir el poder de la Palabra de Dios, hacen “obra de evangelista”, edifican y salvan. Seguramente quedaremos cautivos de su púlpito por la riqueza de su predicación, no por la clase de adoración, y cada domingo abrirá el cofre de Cristo y nos pagará con algún rubí, con alguna perla de gran precio o con oro de Ofir, el costo de nuestro viaje hacia su iglesia y volveremos, y así les ocurrirá a otros, y la iglesia la veremos tal vez lentamente, pero crecer segura como una ciudad asentada sobre un monte cuya calidad será vista desde lejos. Esa clase de predicación producirá también sermones hermosos, como un prisma, de muchos colores, presentando las mismas doctrinas, los mismos temas, y aunque pasáramos dos mil años escuchándolos no nos aburriríamos porque el misterio de Cristo es inmenso, los conocimientos extraídos o tomados de sus labios, son de incomparable belleza y querríamos oír más, porque tales cosas seguramente están siendo escuchadas por aquellos espíritus puros, sellados por Dios, que son enviados para guardar la salvación de los escogidos, y estarán atentos a las mismas palabras que sus humanos y hermanos oyentes están escuchando: las potestades que tienen sus moradas en las regiones celestes.

Pablo, quien escribió la mayor parte del Nuevo Testamento, el teólogo que visitó el tercer cielo, compraba buenos libros, pergaminos antiguos y pasaba tiempo estudiando la Escritura, para responder, mejor que Salomón, las preguntas más difíciles y por eso valía la pena viajar lejísimo para oírlo porque siempre se aprendía algo, aunque hubiera que ir a una casa que le habían alquilado y le servía de prisión. Por eso, yo me lo imagino sentado en su oficina, aunque no tenía ninguna, leyendo libros, pergaminos, las Escrituras judías, para tener algo de qué hablar y que valiera la pena escucharlo por treinta o cuarenta minutos, y aun si alargara su sermón hasta el punto que el que se siente en la ventana se caiga. Los que le escuchan una vez y sienten deseos que les “abra la Escritura”, quedan sujetos con cordón de tres dobleces que no se rompe pronto, o por lo menos se van, como los antiguos bereanos, para estudiar si lo que han oído es una correcta interpretación del texto bíblico o el hombre lo busca como pretexto para decir otras cosas (Hch. 17:11), y con mejor razón que los atenienses le darán la mano y le prometerán “ya te oiremos otra vez” (Hch. 17:32), y no se estaban refiriendo a ver y oír los juegos de la copa mundial de fútbol.