martes, 29 de mayo de 2018

Nuestras bendiciones como si fuesen reflejos de lo que merecemos

ENGAÑARSE UNO MISMO

ROMANOS 2:1-4
“Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo porque tú que juzgas haces lo mismo. Mas sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad. ¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios? ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”. 

Pablo ahora pasa a otro tipo de persona, no que sea completamente diferente de las que mencionó anteriormente, porque estas otras también son desleales, sin afecto natural, implacables, injuriosas, pero puede ser llamada otro tipo de persona cuando lo aparentan, son verdaderos artistas, maestros en el arte de la simulación, graduados en eso de fingir y hacer creer a los demás lo que ellos no son y pensar que aborrecen lo que no aborrecen y que desaprueban lo que ellos aprueban para sí mismos. Hay un nombre muy fuerte pero que hay que decir para definirlos, hipócritas. Estos engañan sutilmente a muchos porque se puede llegar a amar al artista, admirar el papel representado sin que en realidad la persona que lo representa sea así.
Hay un papel muy común representado por estos simuladores, es el de jueces, generalmente les gusta juzgar y acusar los pecados de los otros. No que el apóstol esté desaprobando el hecho de hacer juicios correctos de los demás y de las cosas que pasan porque también se dijo: “juzgad con justo juicio” (Jn.7:24). Un análisis balanceado de lo que tenemos alrededor es necesario; pero lo que el apóstol no aprueba es el juicio hipócrita, el que señala las faltas de otros y sin embargo hace lo mismo. La palabra juzga, “krínon”, implica la idea de una condena, porque se juzga no para encontrar la verdad sino para por adelantado dictar sentencia reprobatoria.

Este tipo de persona no conoce la misericordia y por ende no comprende sus propios errores, no ve bien sus propios pecados y en muchos casos, no es salva. El que es cristiano cuando ve los pecados de los otros, también “se considera a sí mismo” (Ga.6:1), porque se siente rodeado de debilidad. Mientras más cercana vive un alma de su Salvador menos deseos siente de juzgar los pecados de los otros porque más siente los suyos propios. Siempre pues que nos hallemos tentados a convertirnos en jueces, sin nombramiento, de los otros, preguntémonos si nosotros no hemos hecho lo mismo alguna vez, no sea que nuestro juicio nos haga “inexcusable” (v.1). Cuando acusamos a los demás por los mismos pecados que hemos hecho o hacemos, nos acusamos a nosotros mismos y ya la labor de Dios como juez será mucho más fácil “en lo que juzgas a otro te condenas a ti mismo”.
A mí me parece que el apóstol dice “quienquiera que seas tú” no sólo para abarcar al género humano total incluyendo judíos y griegos, los que están sin ley y los que la tienen, no sólo esos, sino porque tiene en mente a personas religiosamente muy distinguidas. No quiero explicar por ahora los vv. 17-21, pero ahí los tienen. No se trata de hipócritas cualesquiera sino de hombres con mucho prestigio religioso y espiritual cuyas opiniones y juicios son muy apreciados por los otros, pero que, en realidad, aunque ellos clamen contra el pecado, como diría Bunyan, no odian al pecado porque lo cometen a espaldas de los demás.

No se trata de combatir el pecado cuando no se sienta el pecado, porque eso es imposible. Siempre luchamos contra el pecado propio tanto como contra el ajeno. Lo que dice el apóstol es combatir el pecado sin cometerlo. No se puede luchar, sin que se juzgue de hipocresía, contra un pecado en el que se está viviendo. Hasta se puede luchar contra el mal que una vez nos abatió, pero sobre el cual se ha obtenido la victoria. Lo que busca el apóstol es condenar el fingimiento, dar una imagen santa y vivir en impiedad, señalar a los otros el camino al cielo y tomar el del infierno. No hay forma de escapar del juicio de Dios si así se obra.
En el v.4 el apóstol habla con mucha ternura, sin dejar de argumentar, con conmovedora penetración a los fingidores, preguntándoles si no han visto como Dios los pastorea hacia el arrepentimiento, “ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento”. Por muy bajo que haya caído un hipócrita aún él le confiere alguna esperanza y primero menciona la solución, “el arrepentimiento”. Dios sigue persiguiendo la salvación de ellos. Pero no hay cura de la simulación si no hay un profundo dolor por eso, si no hay un rompimiento definitivo y estable con el pecado que se cometía. Se comienza rompiendo con el pecado que se comete y luego la actitud de hipocresía inmediatamente cambia. Esa es la medicina, esa es la solución. Primero no dice “dejaré de ser un hipócrita”, sino “primero romperé con mi pecado y así no viviré más en hipocresía”.

Concretamente, nos podríamos preguntar, ¿estaba Dios guiándolos al arrepentimiento?, entonces, ¿por qué no se arrepentían? Si Dios les hubiera “dado arrepentimiento para vida”, ellos lo hubieran obtenido, pero se les había entregado a una mente reprobada y allí se les había abandonado. No incluye pues el envío del Espíritu Santo. Lo que quiere significar el apóstol está relacionado con los privilegios que ellos tenían que de no haberse depravado en semejante hipocresía podían haber sido salvos. Eran maestros, estudiosos de la Escritura y además disfrutaban de muchísimas bendiciones en las cuales podían haber visto las “riquezas de su benignidad”. Muchas posesiones, muchas bendiciones materiales, abundancia de todo, salud, dinero, prosperidad; pero esas cosas en vez de conducirlos al arrepentimiento diciéndose ellos mismos, “¡cómo Dios me bendice a pesar de mi doble vida!”; lo que hicieron es mentirse a sí mismos y decirle también a los demás que Dios estaba de parte de ellos.
Las bendiciones de sus riquezas eran ciertas, allí se hallaban, pero no porque Dios se agradara de la vida que tenían ni del trabajo que hacían, ni porque fuera fruto de como ellos actuaban, sino porque el Señor no queriendo humillarlos les daba aquello, de ese modo las bendiciones los confundían y de cierto modo no cumpliendo el propósito con que fueron enviadas, les servían de testigos condenatorios de intentos fallidos de que se arrepintieran. Así que las bendiciones pueden ser “guías para el arrepentimiento” y no señales de aprobación divina. Dios nos guarde en ser unos engreídos y mostrar a los demás nuestras bendiciones como si ellas fuesen fieles reflejos de lo que merecemos.