jueves, 24 de mayo de 2018

No les basta una innumerable cantidad de sermones naturales


ROMANOS 1:18-21

“Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido”.

Aquí habla de los sabios paganos tanto judíos como griegos, y magníficamente de las primeras oportunidades que han tenido los opositores del evangelio y cómo fue el camino, por medio del envanecimiento, que ellos siguieron para caer en la idolatría. Nos muestra que, aunque un hombre no lea la Biblia tiene ante sus ojos una innumerable cantidad de sermones naturales, escritos con belleza incomparable en la creación, en cada hoja de cada árbol, en cada órbita celestial, en cada puesta del sol, en los cantos de las aves, en cada gota de lluvia que cae bondadosamente sobre la semilla. Eso es lo que Pablo explica después, pero por el momento tiene ante sí, en su pensamiento, a los feroces opositores de su ministerio de salvación.

El apóstol continúa hablando de la justicia divina, pero no en el sentido en que habló de ella para los salvos, sino en los términos de castigo y venganza para los impíos. Quizás lo que lo conduce a eso no es tanto el tema doctrinal de la justificación, sino que como estuvo hablando sobre su ministerio de predicación, se acordó del efecto que ella tuvo entre muchos paganos y como se opusieron tenazmente a lo que les enseñaba. Nosotros lo sabemos, que es un gran pecado oponerse constantemente a la predicación del evangelio e intentar detener sus efectos salvadores en los corazones de los hombres. Eso mismo lo leemos en 1Te.2:16. Específicamente se refiere a los hombres que detienen con injusticia la verdad (v.18). Es el predicador primero y el teólogo después quien aquí escribe, el gran anunciador del evangelio de Cristo que se ha sentido rechazado, humillado y perseguido por ofrecerle a los hombres, en público y en privado, una gran salvación.
Cualquier revelación es desde el cielo (v.18), la de salvación, la de condenación, pero lo que quiere decir es que sabe, y si cito 1Tes.2:18, ha sido testigo de mucho derramamiento de ira divina sobre los hombres opositores de la predicación. A ese acto de oponerse y tratar de impedir la difusión del evangelio él lo llama doblemente, impiedad e injusticia.

¿Hay dos calificativos más exactos? Es una “impiedad” o falta de religión y de piedad, endurecimiento obstinado, crueldad que se ha desatado contra la propagación del nombre de Cristo, a lo cual también llama “injusticia” que no es la falta de justificación, sino una serie consecutiva de medidas y actos opuestos a la dispersión del mismo, que mirados justamente son injustos, ilegales, inhumanos, no dignos de ninguna nación, ni de algún estado civilizado, ni de aparecer en ninguna constitución nacional. El resultado de todo eso es un intento “de detener” el evangelio, frenarlo y si les fuera posible, extirparlo de la conciencia de los hombres.
Ahora el apóstol platica sobre esos, los que se están oponiendo a la verdad y comienza recordando que tuvieron una oportunidad de salvación. Le he llamado así sin exagerar porque analizando la naturaleza podían haberse enterado de ese Dios “no conocido” e investigar por él, al cual Pablo les anunciaba. Ese conocimiento, viendo los astros, el mar, los animales, las aves, el hombre, no salva, pero prepara para salvación. Debiera ser suficiente para creer en Dios, pero por la ceguera en la cual el pecado nos ha sumido, permanecemos a obscuras y con necesidad de más luz. La revelación natural no basta para convertir a alguien a Dios, necesita a Dios.

Ese conocimiento he dicho, es natural, el que podían haber extraído de la observación sencilla de la creación y que podían haber concluido que existía “una deidad creadora” y “una deidad poderosa” (v.20). Los paganos tenían miles de dioses, atribuyeron a cada cosa creada un dios creador o supervisor de la misma, sea el mar, la tierra, el aire, el fuego, la lluvia, la maternidad, etc. No pudieron eficazmente deducir un monoteísmo poderoso, un solo Dios creador del universo. De cierto modo, fue una oportunidad de conocer al Dios verdadero, si no hubieran sabido nada del perdón de pecados, porque en la naturaleza no se revela eso, al menos no debieron haberse corrompido idolátricamente. Según el apóstol, contrario a como muchos piensan, el examen de la creación con todos sus efectos naturales, en vez de conducir por miedo o por lo que sea, al hombre al politeísmo, debe conducirlo a creer en un solo Dios poderoso, y como él lo presenta en el v.20, así es. No que mirando el cielo imagine un dios para él, ni oyendo el trueno un dios para regir las tormentas, ni viendo el fuego y el mar un dios para cada uno, y así interminablemente. Todas las cosas de la creación están relacionadas una con la otra, dependen unas de otras, y es más fácil deducir de ello que fue uno sólo el que las hizo porque difícilmente podrían haberse puesto de acuerdo tantos dioses para hacer un concierto universal tan magnífico. Los dioses paganos, como los inventores de ellos, vivían peleando unos con otros. Y ¿cuál fue la razón por la que desecharon la existencia de un solo Dios? El orgullo. Eso es lo que dice el v.21, “se envanecieron en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido”. Y siempre que el hombre ha tratado de reducir a Dios a la razón y no lo ha logrado, lo ha desechado o vuelto pagano. Teniendo muchos ídolos inventados podían acomodar a cada uno a los gustos y las pasiones de los seres humanos, para que ellos tuvieran la oportunidad de elegir el de su complacencia y no el que se revelaba en la creación.
El Dios de la creación es perfecto, es sabio, es bello, es justo, es amante, está lleno de gloria. Un Dios 
así sería muy superior al hombre y por orgullo, inaceptable. Hay un punto en que el hombre tiene que admitir que no entiende lo que es evidente y necesita creer, si desecha creer y trata de hacer comprensible lo incomprensible, visible lo invisible, termina envaneciéndose en la conjugación de sus razonamientos, ufanándose de su lógica, de su gran pensamiento y desecha a Dios. Desarrollan sus razonamientos, alargan sus pensamientos y eso los conduce más y más a la soberbia, y según se vuelven más y más pensadores, más filósofos, más matemáticos, más científicos, se alejan más del conocimiento de Dios porque crece en ellos el orgullo y la vanidad. Debemos orar mucho por aquellos hombres que estudian el mundo y quieren obtener explicaciones satisfactorias de él, para que Dios les ayude y cuando se les haga evidente que hay un creador invisible, que es el origen de todo, que es poderoso, sabio y providente, reverentemente se inclinen y le adoren y le den gracias por ser ellos mismos parte de esa creación y tan bondadosamente mantenidos por él.
¡Qué grande fue la vanidad de aquellos hombres y la de los de hoy, que están inclinados a admitir la procedencia del mundo y del hombre de cualquier parte, desde una célula a un molusco, desde un chimpancé hasta un antropoide, con tal de no admitir que han sido creados y que deben acciones de gracias a un eterno, invisible y poderoso Hacedor!  Entendieron bien que había un Creador y como no lo adoraron reverentemente ni quisieron agradecerle nada, han quedado sin excusa. Y esa palabra apunta a un interrogatorio, a un juicio.