sábado, 7 de enero de 2017

Vivimos para hacer historia y alguien la leerá


GÉNESIS 21:15-21
“Y el agua en el odre se acabó, y ella dejó al muchacho debajo de uno de los arbustos, y ella fue y se sentó enfrente, como a un tiro de arco de distancia, porque dijo: Que no vea yo morir al niño. Y se sentó enfrente y alzó su voz y lloró. Y oyó Dios la voz del muchacho que lloraba; y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo, y le dijo: ¿Qué tienes, Agar? No temas, porque Dios ha oído la voz del muchacho en donde está. Levántate, alza al muchacho y sostenlo con tu mano; porque yo haré de él una gran nación. Entonces Dios abrió los ojos de ella, y vio un pozo de agua; y fue y llenó el odre de agua y dio de beber al muchacho. Y Dios estaba con el muchacho, que creció y habitó en el desierto y se hizo arquero. Y habitó en el desierto de Parán, y su madre tomó para él una mujer de la tierra de Egipto”. 

Observa en conjunto las grandes enseñanzas del texto, aunque se trate de Ismael y no de Isaac; quizás lo que te llame la atención sea la crueldad que usaron con Agar e Ismael, o el ángel que le habla desde el cielo y le dice que allá arriba oyó al niño gritar, y no hay por qué preocuparse pues muy cerca de ellos está una fuente con agua. Pero esas cosas son las más pequeñas, el pasaje tomado en conjunto no enfatiza la providencia divina sino el propósito de Dios; el mensaje más grande para la madre y el niño es que Dios hará del muchacho una nación muy grande (los árabes). Por supuesto, que, si el niño tendrá tantos descendientes hasta formar una nación, su supervivencia se hallaba asegurada. No le dice: “No le faltará nada”, ni “tendrá un futuro brillante”, pero nada le faltó. No se lee que Agar haya tomado un esposo para que la mantuviera a ella y a su hijo, ni que se haya empleado como criada en la casa de algún señor. Aunque no se dice, puede que Abraham la haya despedido con bastante plata además de pan y agua. Si Dios le promete lo grande, lo pequeño se halla incluido porque “¿cómo no nos dará con El, todas las cosas?” (Ro. 8:32). La Escritura mira el propósito de Dios para nuestra vida no sobre la base de la culminación de necesidades personales, sino como parte de un conjunto, no individualmente sino colectivamente, en cuanto al significado que tenemos para el grupo, la familia, pero más que eso, la nación y el mundo. Su propósito es su plan y su plan es colectivo, y lo concibe sobre la base de nuestro rol en la historia como parte de un plan global con el mundo y con la iglesia.
La realización de nuestra persona, de nosotros individualmente, no es lo que cuenta sino nuestra participación, junto con otros muchos, en llevar a cabo la historia dirigida por Dios. Personalmente puede que haya cosas que no obtengamos nunca y debemos abstenernos de satisfacernos por medios pecaminosos, su plan no puede incluir siquiera que lleguemos a ser felices, sino útiles y bienaventurados. Cuando Jesús habló en el monte, la palabra que usó fue “bienaventurado”, la cual es mentira que quiera decir “tres veces felices”, sino “bendecido; y por extensión, afortunado, bien librado, bienaventurado, dichoso, glorioso”. El que piense que hallará en la vida cristiana una vida muelle, más temprano que tarde se le romperá esa ilusión. Los bienaventurados esperan su felicidad cuando se remonten al cielo. En el fondo del alma humana, nadie la hace feliz, sino el Creador de ella, Dios. En todo el NT se habla de gozo, pero es difícil hallar en sus 27 documentos, la palabra feliz, felicidad.
Todavía nos hallamos escribiendo la historia de la iglesia cristiana, y Dios está haciendo con ella, no gentes felices, sino héroes y heroínas de la fe, extendiendo el capítulo once de la epístola a los Hebreos. Entramos al cristianismo no para ser felices sino útiles. Si usted lee la Biblia bien, eso es lo que ella enseña, que en el mundo tendrá aflicción. Nuestro Libro Sagrado recoge más la historia de naciones que de individuos. Ni usted ni yo somos toda ella sino algunos renglones en sus páginas. Vivimos para hacer historia, y alguien la leerá.