domingo, 1 de enero de 2017

Génesis, una introducción
  Este libro tiene muchísimos años. Pudiera ser que Moisés comenzó a tomar notas sobre el origen del mundo cuando tranquilo leía en la biblioteca egipcia del faraón (Hch.7:22), y consultaba textos de autores en la “cuna de la humanidad”. Y conociendo al que le habló en la zarza (Ex.2:2; Deu.33:16), halló en la literatura antigua al “Dios no conocido” (Hch.17:23). Y encontró a Melquisedec. Y se sorprendió que la verdad estuviera viva en Ur de los caldeos. Y comprendió que su pueblo tenía esa verdad, la de un Dios único, Creador de todo y no un dios para cada cosa. Pensó que era un buen momento para plasmar en papel y papiros la historia de la revelación de ese Dios porque la oral había sido efectiva pero era muy tímida. Y su producción literaria fue inmensa. Y la supremacía de la palabra de ese Dios.
Y aunque no lo explicó, de él provino el tiempo, en un instante, con su primera palabra después de un eterno silencio. Y vio en él la infinitud y que él mismo abarcaba dos eternidades (Sal.106:48). Y su experiencia lo corroboró, antes de él ninguno, y sin un después de él (Ex.3:14). Dios creó el mundo. No hay duda. No que la materia evolucionó, todavía no había un solo agnóstico; sino que Dios la hizo, de la nada, de su pensamiento, porque su Palabra es creadora, y materializó sus ideas, como imaginaba las cosas, bellamente. Dios tiene una imaginación muy bella e inteligente.  Del aliento de su boca salió la tierra, y la miró y no le gustó porque estaba completamente redonda (o achatada en los dos polos) y así era más difícil hacerla girar sobre un eje que él se estaba imaginando. Entonces les hizo los polos.
Y observándola tampoco le gustó el desorden que había porque todas las cosas estaban mezcladas, la plata con el oro, el cobre con el hierro, las piedras invadidas por el agua, el subsuelo marino muy superficial, de modo que inundaba todo lo que quería seco, entonces emergieron las montañas y una gran parte de lo que llamó tierra.
Entre tanto que hacía todo eso, lo iba alumbrando con ninguna otra luz que no fuera la que brotaba de su gloria, y complacido con lo que miraba glorioso, y espumando gusto, se retiró un poco y colocó en su lugar una brillante estrella a la cual llamó sol, y para que durante la noche los terrícolas que habría de formar, pudieran andar y los enamorados mirar la luna, y la hizo como una bella fémina que recibe con agrado los ojos de su brillante y enamorado rey. El  hueco celeste le pareció demasiado oscuro y colocó girando dentro de él, millones de otros faros que se han solido llamar, estrellas, cometas, planetas.
Y se dijo para sí, que serían sólo adornos y huellas de su maravillosa inteligencia, pero decidió dejarlos vacíos, y solamente pobló este pequeño globo que hemos llenado de problemas; con la flora y una fauna bellísimas, con una pareja hecha a su imagen y semejanza, que después como totalmente malagradecidos y desobedientes se echaron a las espaldas lo que él les había advertido, y en ningún momento consideraron que, dichos en forma muy amable, sus consejos, eran órdenes estrictas que en caso de incumplirlas, se harían polvo y tierra. Y eso precisamente fue lo que pasó. Una guadaña llamada Muerte los cercenó. Y después de eso comenzaron los hombres a matarse entre sí, envidiándose y odiándose, y Dios los dejó por muchos y muchísimos años, qué digo yo, siglos y milenios, entregados a sus propios odios, ambiciones y concupiscencias; y creyéndose dioses edificaron torres, y hablaron palabras distintas y como no se comprendieron ni pudieron llegar a acuerdos, así desunidos por el idioma se alejaron unos de otros, y formaron etnias, y empezaron a diferenciarse por sus estaturas, el color de la piel y sentido común.
E hicieron sus propias culturas, unas más y otras menos; pero todos, toditos, ufanos, se erigieron en dioses y crearon otros muchos inventados, que se les parecían bastante, y de ese modo llegó a ser tal la ceguera y la ignorancia espiritual de ese único y sabio Dios, Creador de todo, que ni a tientas  lo pudieron encontrar, entre tantos (Hch.17:27). Y no sé cómo pero se murieron los grandes monstruos marinos, y se enterraron todos los enormes helechos, y se pudrieron y se convirtieron en petróleo, en gas, y en tema de discordia, hasta hoy. Y al principio como no sabían hacer nada, y empezaron a atacarse para quitarse la comida, las joyas, las mujeres y las cuevas, y a defenderse con piedras y atacarse unos a otros a palos, y pedradas, más con gritos que con palabras porque sabían pocas para mentir y engañar con el periódico; y después con el desarrollo de su ciencia, hicieron tenedores, utilizaron el fuego para el horno de la cocina y para la hoguera de los adversarios religiosos, y derritieron piedra y sacaron  hierro, y más tarde bronce, y cuando encontraron oro y diamantes, se los pusieron en las orejas, narices y  cuellos, y entonces se pelearon más. Yendo y volviendo entre épocas y geografías, el de Java contra el de Piltdown, y los dos contra el Neandertal. Y uno se sentó y se le ocurrió la honda, y se la dio a David y este lanzó una piedra lisa a la frente de Goliat, y a otro la catapulta, y asaltaron a Jerusalén la terrenal y no quedó de ella piedra sobre piedra, y otro ideó cómo acabar con muchos al mismo tiempo e hizo armas de destrucción masiva que esparcían piedras, clavos, virus y átomos por todas partes.
En fin, que los hijos de Adán y de Eva se han portado muy mal y por esa razón Dios decidió enviar un Segundo Adán, a su Hijo, y lo juzgó y lo condenó en lugar de los pecadores; así de ese modo hace unos dos mil años se ha empezado un segundo universo con un nuevo reino, hecho de amor y perdón, con buenas nuevas bajadas del cielo, y quien las encarnó se ha ido un rato, y lo estamos esperando para que nos dé una, purificada por el fuego, tierra y un cielo nuevos (Ro.8:20-23; 2Pe.3:13). Y de eso no dice mucho Génesis, pero otros libros de la Biblia sí, y lo último que mencioné se puede leer en el muy simbólico Apocalipsis, pero aquí no lo trato porque es como he dicho, el último, y esta introducción es para el primero.