lunes, 3 de julio de 2017

No huyas de tus dudas, que ellas huyan de ti

ROMANOS 4:20-25
“Tampoco dudó por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; por lo cual también su fe le fue contada por justicia. Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación”.

Estas palabras: “tampoco dudó por incredulidad de la promesa de Dios…” (v.20), unidas con las siguientes, sugieren pensamientos muy provechosos relacionados con la fe. ¿Qué es la duda? ¿Cómo surge? ¿Tiene alguna cura? ¿Se puede prevenir? ¿Qué es la duda? Escojamos la palabra “dudó”. La palabra original,  ( diakrinó), significa: separar, distinguir entre, decidir, disputar o luchar, tener los pensamientos divididos, vacilar entre una cosa  y la otra. Eso es duda, no hallarse en un lado ni en el otro, un pie en un camino y otro en el de al lado. Uno se pregunta; ¿verdad o mentira, historia o leyenda, revelación o ilusión? La duda tiene dos consideraciones, la palabra de Dios por un lado y la situación por el otro. No Abraham, sino nosotros que tenemos menos fe que la suya, que sí dudamos, sabemos que de ella no se puede huir, una y otra vez la mente se vuelve a la grandeza y opulencia del obstáculo.
Hay que considerar la dificultad sin que la mirada debilite. No apartó sus ojos y pensamiento de su cuerpo envejecido ni de la matriz muerta de Sara, consideró esas cosas, las puso al lado de la palabra de Dios y le dio crédito a ella. Para Abraham era una necesidad sicológica la consideración de su situación, siendo como era, un hombre sincero, incapaz de mentirse a sí mismo o auto engañarse. No fue su fe de esa que llaman ciega, él sí consideró el asunto, lo valoró, pero ni por un momento dudó; el análisis del patriarca no va de su cuerpo a la promesa, sino de Dios a su cuerpo. Ese fue el principio, pero no contrajo la incredulidad.


¿Cómo se cura de la duda? Recordemos lo que es, “vacilación, lucha, indecisión”. La medicina de la duda es la palabra de Dios. Ya hemos establecido que en aquel hombre no hubo duda, pero ¿quién de nosotros no ha deshonrado a Dios con ella? ¿Quién tiene ese escudo sano o sin alguna huella del dardo enemigo? Si dudas tienes que luchar contra ella. Uno no sale de la duda por arte de magia, no se quita sola. Siéntate con la palabra de Dios, ora sobre ella y estúdiala hasta que te cures, lucha con ella día y noche hasta que te deje. El no se “debilitó”, no se enfermó, pero nosotros sí nos hemos debilitado, nos hemos enfermado. Él había sido fortalecido de antemano. La cura de la duda es la misma que evita caer en ella, la palabra de Dios. El patriarca fue salvado de entrar en batalla espiritual, no se metió en el torbellino y la tormenta, en tener que decidir entre uno y lo otro porque él conocía a Dios, sabía que es “poderoso para hacer todo lo que había prometido” (v.21). La duda no le surge por su conocimiento de Dios, sabiendo que tiene poder para hacer lo que quiera y que no es mero hablar el suyo. Si Abraham no hubiera conocido a su Dios hubiera dudado, su mente se habría dividido, hubiera comenzado la lucha, la batalla entre uno y otro, las dos opciones, su realidad y la promesa, pero eso no ocurrió. Conocía a Dios y lo conocía muy bien. Así pasa siempre; Pablo dijo: “yo sé en quien he creído, y estoy seguro que es poderoso” (2Ti.1:12). Cuando él consideró su cuerpo, si le dedicó algún tiempo a eso, no le resultó ningún problema porque su conocimiento de Dios lo convertía en capaz de hacer eso y mucho más. El pueblo que conoce a su Dios se esforzará (Dan.11:32).

La duda surge por ignorancia de quién es Dios, o porque nos olvidamos de ello. ¿No fue lo que Jesús dijo a los saduceos tocante a la resurrección? (Mt.22:29); “erráis ignorando las Escrituras y el poder de Dios”. Si los saduceos hubieran conocido mejor la Escritura y por ende mejor a Dios y el poder que él tenía, habrían creído en la resurrección de los muertos. No creían esas cosas por desconocimiento de la Biblia y de Dios. Si una persona duda, su cura es enfrentar sus dos posiciones, mejor aun, estudiar su Biblia y conocer más a Dios.

No hay ningún equilibrio mental adaptando a Dios a los obstáculos de la fe, las promesas a las leyes naturales, cuando eso se hace, cierto es que se termina con la división mental, cesa la lucha, se acaba la vacilación, pero no hay fe, solamente queda la incredulidad. Los obstáculos no hay que disminuirlos, ni ignorarlos, sino enfocarlos por la palabra de Dios.