lunes, 13 de marzo de 2017

Ve más lejos de donde el diablo te deje

ÉXODO 8:25-32
“Y Faraón dijo: Os dejaré ir para que ofrezcáis sacrificio al Señor vuestro Dios en el desierto, sólo que no vayáis muy lejos”.

Lea esto con el capítulo diez donde el Faraón accede a dejarlos ir pero no a todos ni con todo. Pero ni una uña se quedó. La salvación fue completa. Al fin accedió dejarlos ir pero les permitió no ir más lejos de dónde él quería (v.28); hasta un punto no fuera de sus dominios, donde él aún pudiera ejercer su jurisdicción y tuviera la misma autoridad de siempre sobre ellos, hasta un lugar donde los pudiera alcanzar, que no le ganaran tantas ventajas que los perdiera de vista, sobre todo hasta donde ellos mismos, por cualquier razón, pudieran retroceder sin encontrar ninguna dificultad en desandar lo andado, deshacer lo hecho, romper lo edificado, olvidar lo aprendido, descreer y poner en dudas lo creído, caer de nuevo en sus brazos, hasta donde ellos pudieran volver a su punto inicial de partida, por supuesto, para nunca más dejarlos ir. Algo así como que no haya perseverancia de los santos, que se pueda perder la salvación y haya una irremediable caída de la gracia.
Satanás, si no le queda más remedio, por tu insistencia en adorar a Dios, en cambiar de vida, en usar sus promesas, accede dejarte ir, con tal que no cambies tanto que sea imposible luego recuperarte para sí mismo, accede a que hagas cambios pero no a que cambies completo, que endereces algunas cosas torcidas pero no que las replantees y las pongas derechas todas, que dejes algunas cosas sin tocarlas, que retengas algunas formas de vivir, que no te deshagas de algunos pecados donde él pueda poner su pie en tu vida.

Aunque uno no se halle fuera del alcance de Satanás nunca, sí debe aprender a ir lo más lejos que puedas para colocarte fuera del alcance de su mano, lo más santo que puedas, lo más celoso, lo más apartado del mal, lo más creyente, lo menos incrédulo, odiar menos, guardar menos rencor, amar más, tener más esperanza, una fe más sólida, leer más la Biblia, orar más tiempo, con más intensidad y frecuencia, alabarle más, servir mejor en las responsabilidades que tienes en tus manos. Transformándote más y más conforme a la imagen del glorioso Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo. ¿No ves que si no lo haces podría cautivarte de nuevo? No te pones fuera de su alcance y de sus dominios sino hasta que cruces el mar Rojo, es decir, con el nuevo nacimiento, con la regeneración del Espíritu, más allá de las ceremonias, ritos, de la religión, de la disciplina y formas de culto. Camina en la fe hasta donde te sea imposible retroceder, lo más lejos que el diablo, el Faraón te den permiso, si es que no le queda otro remedio, pero jamás regreses a tu punto inicial de partida. Ve tan lejos como Dios quiera y como tu pueblo, que es la iglesia, lo necesite.