lunes, 22 de agosto de 2016

Nadie puede conceder perdones sino Dios

MARCOS 2:1-12
(Mt. 9.1-8; Lc. 5.17-26)
“ 1 Entró Jesús otra vez en Capernaum después de algunos días; y se oyó que estaba en casa. 2 E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra. 3 Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro. 4 Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico. 5 Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. 6 Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones: 7 ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios? 8 Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones?  9 ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda? 10 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico):11 A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. 12 Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa”.

Este es un texto llamativo y cualquiera que lo lea no se olvida nunca de él, sobre todo por lo que hicieron los amigos de este paralítico para bajarlo hasta los pies de Jesús. No es común que esto suceda, que una casa esté llena de gente y que traigan a un enfermo de esta clase y no pudiendo entrar por la puerta delantera ni la trasera, ni siquiera por una ventana, decidan abrir un hueco en el techo y bajar con una sábana colgado a un hombre enfermo en estas condiciones. Por lo asombroso de esta peripecia este caso tuvo que haberse convertido en anecdótico en la pequeña ciudad marítima llamada Capernaum, y la casa de Pedro y Andrés conocida por todos los vecinos.
El relato contiene cosas interesantes, como es el ingenio de estos cuatro amigos que se propusieron buscar la sanidad del enfermo y sin detenerse ante algún obstáculo la lograron. Pero cualquier anécdota contada por quien sea si no tiene una enseñanza espiritual no pasa de ser una noticia sobre un suceso muy singular; pero en este caso además de ser interesante lo que se cuenta, también es importante porque debajo de aquel techo roto se encontraba Jesús y admirado sin duda por la fe de estos cuatro hombres, les dijo algo a ellos que resonó fatal en los oídos de los que estaban acomodados en las sillas, los escribas (vv. 6-7), que él tenía la autorización divina para remitir los pecados de los hombres, en nombre de Dios.
Y después de una corta conversación, o más bien después de un intercambio de pensamientos con estos señores, dio un paso hacia adelante para explicar por qué se había hecho cargo de los pecados de este paralítico, y les dijo en voz alta para que todos lo escucharan, que tenía autorización de Dios para hacerlo y que se los iba a demostrar en ese mismo momento no sacando del bolsillo un certificado escrito sobre su divinidad, sino disponiendo del poder de Dios con el que contaba en el acto; y dirigiéndose al paralítico como si fuera una persona sana reclinada en su cama, le dijo que se levantara, la enrollara, se la pusiera sobre el hombro, le pidiera permiso a la gente para pasar y se fuera para su casa.
Si hubiera blasfemado como pensaron los escribas él no podría contar con la presencia de Dios ni involucrarlo en lo que iba hacer, que todavía estaba por hacer cuando lo dijo. Trató de convencer, o por lo menos demostrarles a estas personas, que en su caso no se trataba de una blasfemia, aunque estaría de acuerdo con ellos que sin esa autorización adjudicarse el perdonar los pecados a los hombres en su Nombre, sí sería una blasfemia porque quien único puede hacerlo es Dios.
En eso él estaría de acuerdo y nosotros les damos la razón a ellos que ningún escriba, fariseo, sacerdote judío o cristiano, puede permitir que los hombres que se les acercan y les confiesen sus pecados y les pidan que se los perdonen. Si tales hombres engañadores todavía existen los crédulos creyentes deben alejarse de ellos y de sus sacristías, o como se les llame al pequeño quiosco donde se encierran esperando feligreses, y hacerlo lo más posible, y dejar de murmurarles confidencias al oído, porque además de estar engañándolos están blasfemando en nombre de Dios y desviándoles del camino hacia quien único puede acusar o exonerar de pecados a una persona, Dios.
Jesús los quitó de en medio y a cualquiera otro que lo intente, y se quedó como el único Mediador entre Dios y los hombres, los otros que se adjudican ese oficio de perdonadores, son declarados con toda justicia, engañadores y blasfemos, porque jamás han estado colgados en la cruz ni Jehová ha cargado en ellos el pecado de todos nosotros. No es tan fácil adquirir el perdón de Dios como sugieren estos repartidores de perdones, porque se necesita que la solicitud provenga de un corazón arrepentido, de una fe divinamente concedida, y de un nuevo nacimiento que se encuentra fuera del alcance de cualquier esfuerzo humano. Dios, cuando se pide perdón no mira el movimiento labial sino la fuente de donde brota, el corazón. Por lo tanto, conceder perdones a granel es blasfemia, y recibirlos a cualquier solicitud sin mostrar una verdadera confesión de arrepentimiento y salir contentitos a padecer pequeñísimas penitencias es la más grande ingenuidad del mundo. Jesús dio a entender que decirles a los hombres que los pecados son perdonados era relativamente fácil, pero no dijo que fuera cierto.