viernes, 3 de junio de 2016

Le gusta que le besen la mano y lo reciban como a Cristo


HECHOS 12:20-23         
Y Herodes estaba enojado contra los de Tiro y de Sidón; pero ellos vinieron de acuerdo ante él, y sobornado Blasto, que era camarero mayor del rey, pedían paz, porque su territorio era abastecido por el del rey. Y un día señalado, Herodes, vestido de ropas reales, se sentó en el tribunal y les arengó. Y el pueblo aclamaba gritando: ¡Voz de Dios, y no de hombre!  Al momento un ángel del Señor le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios; y expiró comido de gusanos”.
  
No dar la gloria a Dios es un pecado mucho mayor que ordenar un homicidio (v.19). Herodes, por ordenar la cruel muerte de los guardas inocentes no parece haber recibido algún castigo divino en esta vida, pero sin embargo por aceptar las aclamaciones de un dios por sus aduladores fue condenado a expirar del modo más horrible y vergonzoso posible, comido por lombrices que se acumulaban en su estómago y le producían terribles dolores (según el relato de Josefo). Desde tiempo inmemorial esto es lo que más complace al hombre: ser tenido como un dios y que se le llame "divino”; los césares hicieron uso de esa arrogancia y la historia recoge inscripciones tales como “el divino Tito”, “el divino Vespasiano”. A Roma le encantaba eso, lo mismo que a Grecia, sin dejar atrás a los babilonios, los persas, los egipcios y el mundo entero. El culto a la personalidad humana está entretejido con la historia misma de la raza humana;  convertir a sus héroes en dioses o semidioses y pedir para ellos sacrificios de animales y vítores como estos que leemos que los Tirios y Sidonios le gritaban a Herodes: “Voz de Dios y no de hombres”. Desde épocas inmemoriales los descendientes de Sem, por sangre o por fe, siempre se han negado a rendir culto a otra deidad que se llame señor en el cielo o en la tierra, que no sea a Jehová, el Dios de los hebreos. Sadrac, Mesac, Abed-nego, Daniel y los cristianos de los primeros siglos dijeron que no a la idolatría y prefirieron ser martirizados a nombrar como “Señor” a un hombre de carne y hueso. El único Señor de los cristianos es Jesús de Nazaret; y esto porque creen que en él habita corporalmente la plenitud de la deidad y como se dijo en el concilio de Nicea, es “Dios de verdadero Dios”. Los apóstoles rehuían más que a la misma muerte las intenciones del populacho ignorante, para adorarlos. No obstante, no actúa igual el Papa romano cuando permite que le besen la mano, que se postren ante él y que lo reciban aquí y allá como al mismo Cristo y en lugar del Espíritu Santo en la tierra.