miércoles, 10 de septiembre de 2014

Atrévete a robarle una bendición a Jesucristo



Marcos 5:21-34
  (Mt. 9:18-26; Luc. 8:40-56)
“Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla, se reunió alrededor de él una gran multitud; y él estaba junto al mar. Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies, y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá. Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban.  Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto.  Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote”.

 La forma en que los escritores de los evangelios suelen presentar e interpretar a Jesús es sorprendentemente bonita, y dibujado con una sencillez admirable que hace que el acontecimiento narrado esté integrado por detalles indiscutiblemente ciertos y hermosos. Es cierto que nuestro Señor se cansaba, sentía hambre y sed, pero lo que no se puede suponer es que su poder espiritual se mermara con su uso como parece indicar aquí el evangelista, que ocurrió cuando aquella mujer sin permiso de nadie se acercó a hurtadillas por detrás de donde él estaba, y con una fe improvisada en un toque de sus ropas, extrajo la virtud que su hemorragia necesitaba para detenerse en el acto (vv. 28-30). No más tratamientos dolorosos y costosos, no más medicinas y miedos a los temibles médicos. Ya su salud volvió por otro camino que el de la consulta y la farmacia.

Eso de que "conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿quién ha tocado mis vestidos?", es una forma interpretativa del escritor sagrado para explicarnos, sin entrar en el detalle de la omnisciencia divina, cómo se dio cuenta que alguna persona había sido bendecida no frente a frente sino por detrás. Jesús al instante se percató de lo que había pasado pero no dijo que sintió alguna extraña sensación como que algo dentro de sí mismo le abandonaba, sino que con simpleza hizo la pregunta que quién lo había tocado (v. 30), no porque no supiera dentro del grupo quien era aquella señora, sino porque quería que ella por sí misma contara lo que había ocurrido, y la multitud con regocijo reconociera la realidad de los milagros que ejecutaba, que sin que los planeara y sin que pusiera alguna atención, la fe genuina en su persona establecía contacto con su bondad, y sustraía de sí mismo aquella cosa por la cual había estado orando.

No era necesario en lo absoluto que a cada necesitado él le prestara alguna particular atención, porque ya es como una ley espiritual suya que cuando se cumple, ella activa la comunicación con la Deidad y se recibe lo solicitado, aunque su inteligencia siempre lo conoce. Nada pasa dentro de sí sin que él lo sepa. No es que sea algo automático y alguna especie de ritual que una vez hecho inmediatamente aparecen los resultados, sino que es una segura respuesta de una relación victoriosa. Lo que se trata de enseñar, y Jesús tomó cuidado en eso, es que él nunca está demasiado ocupado en otros asuntos de personas importantes y que no tiene tiempo para atender alguna necesidad menor de cierto creyente anónimo.

Debemos quitarnos de la cabeza la idea que Dios está tan ocupado con los problemas de otra gente, los grandes de las naciones, que no puede socorrernos, o por lo menos tenemos que colocarnos en una fila de espera hasta que nos llegue el turno. Eso no es cierto, ya hemos visto en otra ocasión que Jesús dormido controla completamente una situación; aquí vemos al mismo Señor sin prestarle atención a la persona, aparentemente sin conocerla, sin interrogarla, favorecerla, porque si se tiene fe en él, aunque con defectos como el de ella, el acceso no está bloqueado para obtener un favor de Dios.

En el caso que nuestro amado Señor lo que tenga en mente es la situación de otra persona y en ese mismo instante se encuentre contestando la oración de otro, el factor tiempo y trabajo no concurren para impedir una bendición; podemos acercarnos a nuestro Dios con la convicción de que nos atenderá como si fuéramos la única persona en el mundo, y como si él estuviera completamente entregado en atención y poderes a nuestra necesidad. Imaginar que Dios no tiene tiempo para nuestro caso es una equivocación que debiera estar fuera de lugar en la obtención de nuestra petición. Aunque Dios se encuentre ocupado atendiendo millones de casos complicados, no es ningún obstáculo para que una persona anónima, que sin permiso reciba contestación a su oración de fe porque en resumidas cuentas ella fue atraída por el Espíritu y ejerció  una fe que le había sido dada por Dios, y con ella hizo como si robara una bendición sin que él se diera cuenta.