lunes, 17 de septiembre de 2012

No hables cuando mastiques


Salmo 106:25
“…murmuraron en sus tiendas”.

¿En qué otro lugar se suele murmurar más contra Dios y el prójimo que en la propia casa, sobre todo a la mesa? Israel siempre fue un pueblo de gente murmuradora  y quejosa; por todo protestaba y con nada estaba conforme. Se olvidaba pronto de las bendiciones de Dios y protestaba por la más pequeña dificultad que encontraran. 

Para mal, ese mal hábito de la murmuración ha pasado a la iglesia cristiana, sobre todo a la hora de la cena.  Algunos, en vez de tener una iglesia en su casa como Filemón, Aquila y Priscila, lo que tienen es un Tribunal, donde continuamente se quejan de los otros y hasta de Dios.  Se sientan a la mesa a comer los alimentos y después de bendecirlos en oración protestan de los caminos del Señor y maldicen con sus lenguas a sus hermanos que él creó a su imagen y semejanza. Hablan mal de aquellos con los cuales adoran y de los que los acompañan en la santa cena del Señor.  Cierran la puerta de su aposento para orar al Padre que está en secreto y ve en secreto, y allí mismo murmuran contra aquellos por los cuales debieran interceder y elevar alabanzas por su bendición.

Los ángeles del Señor no hubieran visitado la tienda de Abram y Sarai si los esposos no hubieran tenido la lengua santa en la casa como la tenían delante de la gente; a ellos (y a Lot) posiblemente se refiere el autor de Hebreos cuando dice que algunos sin saberlo hospedaron ángeles (He. 13:1). Pero en una tienda donde la esposa es una incurable murmuradora y contagia al marido (o él a ella), a los hijos, a los yernos, a las nueras, a los nietos, ¿irán ángeles allí para oír las amarguras que conversan? No, los ángeles de Dios visitan las tiendas donde las conversaciones son agradables al Espíritu Santo y a los ajenos, si éstos las oyeran.

En una tienda de murmuradores los ángeles que entran son los caídos, que son a quienes les gusta oír esas pláticas abusadoras que son las mismas que sostienen las almas condenadas en el infierno y con las cuales pasan buen tiempo los demonios charlando. Una tienda de murmuradores es un infierno no un cielo y si ellos se hacen pasar por santos ante los demás, la tienda se halla en la parte más baja del infierno donde residen los hipócritas. Los ángeles de Dios anhelan mirar las cosas del Espíritu (1Pe. 1:12), pero supongo que no oírnos hablar contra algún ausente, y eso hacerlo a la mesa masticando con la boca llena.