miércoles, 29 de noviembre de 2017

Ya sin Biblia lo que es bueno o malo lo determinan ellos



ROMANOS 1:16
"Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree". 

El apóstol sabía que en Roma se encontraría con la élite intelectual de su época, aquellos espíritus superiores, como en Atenas, que se reirían de sus doctrinas, sobre la existencia de un solo Dios, un único mediador para los hombres y sobre todo muerto y resucitado. Eso les daría risa y lo tendrían como un loco (Hch.26:24,25) y se burlarían de tales descabelladas enseñanzas. Pero no está dispuesto a cejar en sus doctrinas y sin ocultar ni una sola de ella las predicaría todas, sin excepciones, sin rubor intelectual porque él no sería el equivocado y quien cree y dispersa mentiras, sino ellos, los de más ínfulas intelectuales, los sabiondos en la capital intelectual del mundo, Atenas, y el centro del poderío del imperio, Roma. No se avergonzaría de sus producciones literaria porque su literatura aunque no fuera popular era la mejor, y su púlpito, con menos oyentes que otros que estuvieran en boga, sería el mejor, y las congregaciones que formara con esas enseñanzas perdurarían después del descalabro de la capital mientras que las de los otros se volverían cenizas, imposibles de sacarlas de los sepulcros de la historia. Moralmente, aunque en eso las masas y los profesores paganos eran un caos, él no se avergonzaría de su santidad cristiana ni los hogares y familias que formaba tampoco se avergonzarían de no hallarse de moda ni practicada por las celebridades. Él y sus iglesias estaban orgullosas de Jesucristo, del Nuevo Testamento, y no sólo no lo ocultaban, sino que con arrogancia espiritual buscaban hacer prosélitos santos y fieles. 

Del pecado es de lo que hay que avergonzarse, y son ellos los que debieran avergonzarse de sus inmundicias, no él ni tampoco hoy nosotros. Le cambian el nombre a sus pecados. Le llaman “mi pareja” no mi marido ni mi esposo, a convivir sin el compromiso matrimonial. La regla moral de oro que es la Biblia le llama fornicación y que no son novios sino fornicarios. Antiguamente los novios eran célibes ahora descaradamente han robado el nombre y le han cambiado el significado. Descubrir partes íntimas intencionalmente con fines libidinosos es algo cotidiano en la sociedad que tiene los ojos llenos de adulterio (2Pe.2:14). No esconden la desnudez porque Jehová no se halla en el huerto ni se oye su voz cuestionando al hombre, “¿dónde estás tú?”. Borra la Biblia, acúsala de enseñar prejuicios morales y las restricciones sexuales se esfumarán. Ya ellos no preguntarán por Jehová ni Jehová por ellos. Y después se quitarán las túnicas de pieles y usarán taparrabos y enseñarán todas las carnes. Con vivas y loas al naturalismo, quiero decir, si sabían hablar.

La moral de Sem y Jafet que caminaban vueltos los ojos para no ver las partes íntimas de su padre, hoy se tiene como radical y prefieren algo más abierto como la propaganda oficial, o los medios de comunicación que entrevistan a Noé, la amoralidad de Cam y su gusto por platicar sin respeto sobre partes íntimas (Ge.9:22; Isa.20:4). No Moisés sino la sociedad ha roto sus dos tablas de piedra y en su lugar ha hecho un ídolo de dinero y teniéndolo como centro se dedica sin vergüenza a “comer, beber y a jugar”, quiere Dios decir sin restricciones históricas, a fornicar (1Co.10:7). Ya, sacado Dios del panorama, lo que es bueno o malo lo determinan ellos.