lunes, 5 de junio de 2017

Pablo, empieza a evangelizar en Atenas

HECHOS 17:16-21 
   
“[16] Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía dentro de él al contemplar la ciudad llena de ídolos. [17] Así que discutía en la sinagoga con los judíos y con los gentiles temerosos de Dios, y diariamente en la plaza con los que estuvieran presentes. [18] También disputaban con él algunos de los filósofos epicúreos y estoicos. Y algunos decían: ¿Qué quiere decir este palabrero? Y otros: Parece ser un predicador de divinidades extrañas—porque les predicaba a Jesús y la resurrección. [19] Lo tomaron y lo llevaron al Areópago, diciendo: ¿Podemos saber qué es esta nueva enseñanza que proclamas? [20] Porque te oímos decir cosas extrañas; por tanto, queremos saber qué significan. [21] (Pues todos los atenienses y los extranjeros de visita allí, no pasaban el tiempo en otra cosa sino en decir o en oír algo nuevo)”.

Observa la impresión que le produce la capital griega al apóstol. Se “enardecía” o más bien “exasperaba”; se mostraba disgustado e impaciente con los muchos ídolos que miraba por todos lados. ¿En todas las ciudades no era lo mismo? En Éfeso, en Tesalónica, en Corinto, era igual. En cada esquina había un ídolo y en cada plaza un altar. Entonces ¿por qué tanta emoción con Atenas? ¡Porque era la Atenas del mundo, el intelecto del imperio! Para el apóstol era increíble que donde había tanta cultura existiera tanta gente idólatra. A nosotros cuando vemos lo lejos que están de Dios las universidades nos pasa lo mismo. Una cultura tan grande como la de occidente y religiosamente tan equivocada. Atenas nos enseña que una ciudad además de universidades necesita iglesias.
En el relato la discusión con los judíos atenienses ocupa poco interés en relación con la predicación en el areópago con los filósofos epicúreos (cuya finalidad era encontrar la felicidad, “comamos y bebamos, hagamos cualquier cosa que nos guste”) y los estoicos, (“hay que suprimir los deseos y ser guiados por la conciencia, eliminar los miedos y cualquiera otra emoción”).

Permíteme por unos minutos reflexionar sobre los lugares para la evangelización. El apóstol se dirige a predicar, en esa época y en esa sociedad, al lugar adecuado, en “la plaza” “calle” “mercado” donde se reunía la gente para comprar o estar. No comenzó alquilando una casa e invitando al pueblo que viniera (eso lo hizo cuando estaba preso). La casa, como la de Jasón, después aparecería (17: 5). Primero la formación del grupo y más tarde habría tiempo, ideas y medios para conseguir un local para reunirse.
Es en esos lugares públicos donde, si se nos permite, repartimos tratados y procuramos hablar con la presurosa gente que es diferente de aquella otra. Los atenienses pasaban mucho tiempo en esos sitios, la vida de ellos era lenta y deseaban tener alguien para hablar de algo nuevo porque se aburrían muchísimo. Aquellas personas con su apetito por lo novedoso sí son parecidas a la gente de hoy pero la vida de ellos era menos agitada que la actual, que cuando las personas van al mercado van corriendo y quieren irse pronto y generalmente no quiere platicar con extraños. Los mercados y sitios públicos modernos son excelentes para la propaganda comercial pero no para sostener una seria y reflexiva discusión, teniendo ellos tantas ganas de irse. Además, ese campo para la evangelización ha sido religiosamente maleado por el exceso de uso. Proselitistas de todas las religiones lo usan continuamente, cansándolo más bien que otra cosa.

Es mejor el testimonio individual de amigo a amigo, vecino a vecino, hermano a hermano y compañero a compañero. Un conocido habla a otro conocido en el tiempo y el lugar adecuado y deja esa otra forma de evangelización para los productos comerciales. La visitación en las casas tiene algún resultado si se visitan muchas, si se hacen citas previas, pero a rumbo o a la suerte es menos fructífero.
Pablo, se hallaba preparado teológicamente para predicar el evangelio a estos fríos hombres de letras. Si sigues con tu vista verás que les predicaba “a Jesús y la resurrección”. Los filósofos entendieron que les hablaba “de religión” (otros dioses). El apóstol no tuvo interés en ser abstracto o discutir acerca de “la felicidad” y ni siquiera del “dominio propio”. Y si tocó esos asuntos fue desde la predicación de Cristo y su resurrección, o sea, la felicidad en el testimonio y los padecimientos de Cristo y el Espíritu Santo como Espíritu de control de los apetitos, etc. No fue una discusión para conocer quién sabía más, quién era más culto que quién. Nada de eso. Se limitó a contarles la historia de Jesús, su muerte y resurrección abriendo para esos filósofos una esperanza que era lo que verdaderamente ellos no tenían y en el fondo más querían, la continuidad más allá de la muerte, no tanto la felicidad o el control del cuerpo sino una mejor explicación para vivir.
Por último, en esta sección, los filósofos juzgaban que Pablo era un charlatán o un “palabrero” “uno que se gana la vida recogiendo desperdicios” (nota en la BDA). Como quiera que sea, tenían una inicial mala opinión de él. Posiblemente un individuo sin ideas propias sino recogidas de aquí y de allá, sin una preparación consistente. Alguien que no estudia, sino que repite lo que oye. Era una forma de burlarse. De antemano no lo tomaban en serio ni tomarían en serio lo que dijera, pero de todos modos querían oírlo. Y a pesar de tan desfavorable opinión, predicó y algunos creyeron al evangelio.