sábado, 3 de junio de 2017

No vinimos a este mundo por un salto cualitativo de una ostra

SALMO 104:30
“…envías tu espíritu y son creados”.

Cada uno de nosotros puede gustosamente ser llamado un “creacionista” porque entendemos que el mundo fue hecho por Dios y no nos vino como un resultado de la casualidad ciega. Fue hecho por Dios por medio de Cristo, para Cristo y a él lo ha encomendado para que lo sustente (Col. 1:16,17). Nuestro Señor, el que murió en una cruz para salvar la iglesia es quien tiene toda la potestad tanto en el cielo como en la tierra, quien mantiene encendido el sol y la luna girando alrededor de la tierra.  Y ¿cómo Cristo sustenta el mundo? Por medio de las leyes a las cuales él destinó. Sabemos que este mundo está gobernado por leyes, eso es lo que la ciencia nos dice, pero no menciona el hecho de por qué esas leyes existen, y por qué funcionan; y las mencionan sin un legislador.
En nuestro texto hallamos una forma particular de ejercer su control sobre el mundo, cuando dice que Dios se mantiene renovando la faz de la tierra. Y eso ¿por qué? Porque inexorablemente lo que vive tiene que envejecerse y morir. Los ríos, los montes, las aves, los animales y los seres humanos. Los mismos cielos se dice que se envejecerán y serán mudados. Dios no espera que se acabe un mundo para crear otro, sino que va constantemente manteniendo el equilibrio biológico y entre muertes y nacimientos mantiene el mundo poblado.

La hierba que es hoy mañana no será, nosotros hemos reemplazado a los que murieron hasta que también nosotros seamos reemplazados por otros que a su vez también serán substituidos sobre la faz de la tierra. Es el Señor quien nos envió para renovar con nuestro nacimiento la faz de la tierra y cuando lloraban algún ser querido nuestros padres se regocijaban con nuestro nacimiento; hasta que un día será a la inversa y mientras lamenten nuestra salida del mundo un niño o una niña habrá sido elegida por Dios para sustituir el vacío que habremos dejado, que pudieran ser nuestros hijos y nietos.


Quiero además que notes la forma exacta de hablar sobre la repoblación del mundo. El salmista, aunque conoce bien cómo se reproducen los seres vivos, no habla en lenguaje científico diciendo: “ciclos de vida” “índice de natalidad” “explosión demográfica” “control de las especies”, etc. Cuando un ave empolla sus huevos es que Dios está creando, cuando una oveja se halla en estado de gestación, cuando una mujer sale encinta, es que Dios envió su Espíritu a su vientre y está creando, de modo natural, un ser humano en su vientre. Prescinde por completo del proceso natural de reproducción, no menciona ninguno, aunque la vida sea un producto que se transmite. La creación de esta manera no es como la inicial, pero Dios por estos medios naturales se mantiene creando, manteniendo por medio de su Espíritu las leyes genéticas que permiten la reproducción. La intención del salmista es afirmar que el hálito de vida proviene de Dios, sea en germen, en cada célula, es una creación suya. El hombre elige la forma de vida, natural o artificial pero no puede hacer la vida misma. Es Dios quien repuebla el mundo y el que dice quien ha de nacer y morir, cualquiera que sea el medio para reproducirse que esa persona escoja. Usted y yo vinimos a este mundo porque Dios nos creó por medio de nuestros padres, porque el origen de la vida es Dios mismo, no un imposible salto cualitativo. Hay que tener más fe para afirmar que la materia inorgánica se vuelva orgánica, y lo que está muerto adquiera vida, simple o muy complicada vida, que para pensar en un Creador y en uno que resucitó, dando esperanza a los condenados a muerte. El uso de la teoría de la evolución, propuesta por Carlos Roberto Darwin, quien murió con una Biblia sobre el pecho, ha sido utilizada por los ideólogos agnósticos, para explicar suposiciones de aberrada incredulidad.