sábado, 29 de octubre de 2016

Te equivocas si dices que la madre naturaleza es sabia


SALMO 148:7-12                
Alabad a Jehová desde la tierra, los monstruos marinos y todos los abismos; el fuego y el granizo, la nieve y el vapor, el viento de tempestad que ejecuta su palabra; los montes y todos los collados, el árbol de fruto y todos los cedros; la bestia y todo animal, reptiles y volátiles; los reyes de la tierra y todos los pueblos, los príncipes y todos los jueces de la tierra; los jóvenes y también las doncellas, los ancianos y los niños”. 

Toda la creación. Los peces en su mundo silencioso con sus formas bellas y extrañas, con las obras y vidas que les fueron dadas. ¿El fuego? Que devora los bosques, los hogares, las ciudades, que nos calienta en invierno y cuece nuestros alimentos; el fuego místico, el espiritual, con el cual adoramos a Dios convenientemente, y extendemos el reino de su Palabra. El granizo bello, lúcido diamante que refleja su luz y ejecuta su ira. El viento que hace danzar las ramas de los árboles, que tira al piso la hoja muerta y juega en el remolino con el polvo; que trae la lluvia y se la lleva, y el ciclón, y el tornado devastador. Los jóvenes en pleno vigor, con sus sueños y entusiasmos que trae la alegría, que la vida ha consumido de los ancianos, alaben en espíritu  y en cuerpo las doncellas, las hijas de Débora y Sara, madres de Israel, y los niños en su inocencia, alaben a Dios. Alábele su pueblo, el más cercano, la iglesia (v.14), el pueblo creado en una cruz, con la muerte de su Hijo, con sangre y justicia, y con el Espíritu y la Palabra. Alábenle más y mejor, los que tienen más razones para hacerlo. Alaben no la fuerza ni la sabiduría de la naturaleza sino a Dios. Te equivocas si dices “la madre naturaleza es sabia” y no “Dios el Padre es sabio”.