lunes, 31 de octubre de 2016

No le tengas miedo hablar sobre los decretos de Dios, publícalos


Salmo 2.6-9
Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy”. 

Estas son palabras mesiánicas (He. 1:5; 5:5). No tomes la palabra engendrado como si el Mesías en ese momento hubiera sido engendrado porque a lo que se refiere es a su instauración o declaración de Hijo, a la posición que “hoy” ocupa por “decreto”, habiéndolo exaltado hasta su diestra y dado un nombre que es sobre todo nombre. “Hoy que he tomado posesión del reino es como si hubiera sido engendrado con mi unción, y le pido a mi Padre como regalo un manojo de naciones”. ¡Que inspirador es meditar en los decretos de Dios! Somos lo que somos por decreto suyo. Podrán ser ignorados pero no cambiados. Él puede decretar sí como decretar un no. Por nuestra parte, nos queda bajar la cabeza y decir como Jesús: “Padre si esta situación no puede ser pasada por alto, la acepto como tu voluntad” ( paráfrasis). 
El autor de Hebreos dice que la voluntad de Dios es “agradable y perfecta”. De que es perfecta lo he comprobado muchas veces y sé que es agradable, a mí, que soy el más pequeño de todos los santos, después de Pablo (Efe.3:8), a veces me ha resultado amarga, con la sola dulzura, como un grano de azúcar en ella, saber que estoy haciendo su voluntad y que el acceso al trono de la gracia está expedito y quizás más ensanchado (He.4:16). Le pedimos a Dios un milagro y él nos provee una medicina o un remedio. La vida cristiana, como un camino, está cercada por los decretos de Dios, desde el mismo comienzo de la fe, el arrepentimiento, hasta la glorificación. La voluntad y decisión humana son veleidosas, pero no los decretos de Dios. No les tengas miedo a los decretos de Dios, no son horribles sino incomprensibles, son la misma estructura del triunfo de la perseverancia. Amén.