jueves, 19 de febrero de 2015

No perdemos fácilmente nuestra vocación

Génesis 20.7
“Ahora pues, devuelve la mujer al marido, porque él es profeta y orará por ti, y vivirás”. 

¿Profeta? ¿Qué clase de profeta que para preservar su vida exponía su mujer al pecado? ¿Cómo es que Dios más bien no escondió la identidad de Abram y lo hubiera nombrado como un extranjero, un ovejero, un arameo,  pero no como uno de sus profetas? Uno dice, ¿qué clase de pastor es ese, que es conforme al corazón de Dios y  actuó así? ¿Qué clase de apóstol que negó al Señor tres veces? ¿Qué clase de misionero  es ese señor llamado Demas que se fue a Jerusalén y abandonó a sus compañeros? (Hch.13:13)  Abram es ante todo un hombre de fe como lo demuestran estos pocos datos históricos de sus peregrinaciones.  A Abram su fe le fue contada por justicia (Ro.4:9) y nació en su corazón antes que fuera circuncidado (Ro.4:12), y ambas son gracias otorgadas por Dios de modo que impulsado por ella fue capaz de preparar un viaje sin conocer su destino (He.11:8), y ni el grado de su fe, ni la circuncisión fue un reparo para que su profesión religiosa fuera probada, y quedara como un ejemplo doctrinal de salvación para el mundo entero (He.11:17). Y regresando a los problemas externos que tuvo que enfrentar su matrimonio cuando otro hombre quiso romperle la unión con Sara su mujer. Dios no se avergüenza fácilmente de nosotros y no perdemos nuestra vocación por un acto loco. A pesar de todo su vida de oración no se extingue y la eficacia de sus intersecciones permanecen en acción y Dios las escucha y concede vida por ellas.