viernes, 14 de febrero de 2014

Un maná sin sazones, aun los más santos se aburren

Números 11:7-9
“Y era el maná como semilla de culantro, y su color como color de bedelio”. 

Era amarillo o marrón, caía casi líquido y parecía sólido, era asombroso; nadie discutió eso pero se aburrieron. Era como comida de ángeles (Sal.78:25). Les enseñaba a depender sólo de Dios, de su palabra. Es cierto que si uno come lo mismo todos los días, preparado de la misma forma, o con algunas limitadas variaciones, termina por cansarse y querer un cambio. Sin embargo si lo que enseña ese alimento caído del cielo es la palabra de Dios, supuestamente ella no debió aburrir. Aquello no sólo fue la experiencia única de los israelitas en el desierto sino que también tiene semejanza con lo que ocurre al pueblo debajo de algunos púlpitos, que siempre oye lo mismo sin ninguna clase de variación. Sin embargo, para decir algo a favor y con alguna justicia, dice Alister McGrath que con las herejías pasa lo que con el arte, que el cambio lo produce el aburrimiento cuando se apaga la chispa de la “humana originalidad y creatividad”. Si uno oye estudios y sermones aburridos, un maná sin sazón pudiera sentir lo mismo.

Por otro lado algunos para superar ese tedio en vez de profundizar en la capa de maná, porque si ahondaran un poco descubrirían que lo mejor de él se halla más abajo, en el fondo; pues aquellos le añaden sazones comprados en la Jerusalén de abajo, y cambian por completo la esencia de la palabra de Dios. Quieren hacer más carnal el culto y hacerlo más sazonado, pero no con la sal de la gracia sino con los ingredientes del mundo, con sus cebollas, con sus ajos y con pimienta pecaminosa, o tal vez con la prohibida miel en los sermones dulzones y los saludos con melaza (Lev.2:11); en este caso no podían vivir sólo con la palabra de Dios como el Señor había dicho (Deu.8.3).