lunes, 11 de septiembre de 2017

La iglesia refugio de los pecadores



SALMO 48:1-14

“Los príncipes de los pueblos se reunieron como pueblo del Dios de Abraham; porque de Dios son los escudos de la tierra; él es muy exaltado. Cántico. Salmo de los hijos de Coré. Grande es Jehová, y digno de ser en gran manera alabado en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo. Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion, a los lados del norte, la ciudad del gran Rey. En sus palacios Dios es conocido por refugio. Porque he aquí los reyes de la tierra se reunieron; pasaron todos. Y viéndola ellos así, se maravillaron, se turbaron, se apresuraron a huir. Les tomó allí temblor; dolor como de mujer que da a luz. Con viento solano quiebras tú las naves de Tarsis. Como lo oímos, así lo hemos visto en la ciudad de Jehová de los ejércitos, en la ciudad de nuestro Dios; la afirmará Dios para siempre. Nos acordamos de tu misericordia, oh Dios, en medio de tu templo. Conforme a tu nombre, oh Dios, así es tu loor hasta los fines de la tierra; de justicia está llena tu diestra. Se alegrará el monte de Sion; se gozarán las hijas de Judá por tus juicios. Andad alrededor de Sion, y rodeadla; contad sus torres. Considerad atentamente su antemuro, mirad sus palacios; para que lo contéis a la generación venidera. Porque este Dios es Dios nuestro eternamente y para siempre; él nos guiará aún más allá de la muerte”.

Los judíos soñaban con una Jerusalén eterna, victoriosa, inexpugnable, y fracasó porque era terrenal. Si leyeras este salmo sólo como un documento histórico, notarías que se trata de un himno a Jerusalén donde su autor, un judío piadoso, canta su fe en Dios con alabanzas hacia la ciudad amada y su hermosura. No es precisamente a la patria a quien le canta sino a la ciudad de Dios que para nosotros es la iglesia. Jerusalén e Israel son una misma cosa y ambos la iglesia. No es patriotismo lo que se nota en este salmo y en otros como él, es devoción, es piedad, amor hacia aquellas cosas que fueron “figuras de lo verdadero” (He. 9: 23,24). Mucho más verdadera que la Jerusalén terrenal es la Celestial, y más que el templo, Jesucristo (He.9:11). Los sentimientos que el salmista experimenta por Jerusalén son los que el cristiano siente por la iglesia y su Señor; que es hermosa. No hay otra como ella; acapara su admiración y pide a los que le oyen que rodeen la ciudad, que cuenten sus torres y consideren con atención sus muros, sus antemuros y miren sus hermosos palacios. Es una gran obra de arquitectura (vv.12,13). Pero más que su hermosura el tema del salmo es su no expugnable fortaleza; en la mente judía no cabía la posibilidad que Jerusalén fuera hollada por los gentiles; no, la amaban y admiraban mucho para concebir eso. Sería como el fin del mundo si de aquello no quedara “piedra sobre piedra”. Y así fue porque el pecado la hizo vulnerable. Y se hace necesario que descienda del cielo la nueva Jerusalén, esto es la iglesia, cuyo Arquitecto y Constructor es Dios, cuyo fundamento son los patriarcas y los doce apóstoles, o sea sus doctrinas. Aquella es la vieja Jerusalén y la iglesia es la nueva, la inmensa, la que está hecha cada piedra con la palabra del Señor. Los creyentes morimos, pero la iglesia continúa con Dios “aún más allá de la muerte” (v.14), o “hasta la muerte”, sin escatología, que es una mejor traducción. “La muerte” o Mut-labén, se corresponde al título del salmo 9, no como interjección ni para descender a un tono lúgubre sino una forma musical. Los cristianos pasan, la iglesia no, las funestas dictaduras, la iglesia sigue, las sociedades cambian, el evangelio no. La traducción “eternamente” se acoge con gusto, pero el salmista dijo “siempre y siempre” habrá iglesia.