jueves, 3 de agosto de 2017

No te alabes tú, alaba al Señor



JEREMIAS 9:23, 24
 “Alábese en esto: en entenderme y conocerme” (Lectura paralela, 1 Co. 1:31; 2 Co. 10:17; Ga. 6.:4). 
En tiempos donde hay mucho pecado y el juicio de Dios se avecina, lo único que tendrá valor es el haber conocido a Dios; de eso dice el profeta que se alabe en esto el que se hubiere de alabar, y añade: en entenderme y conocerme. Parece que en los tiempos del profeta la gente acostumbraba alabarse los unos a los otros y eso precisamente les gustaba mucho, aplaudir y ser aplaudidos, lisonjear y ser lisonjeados; tenían un altar como los atenienses, para cada dios, para cada vanidad que hubiere en este mundo. El culto a las cosas y a la personalidad estaba a la orden del día, era una religión de tontas o hipócritas pleitesías. Pero había un altar solitario, sin nadie enfrente suyo, el altar “al Dios no conocido”; nadie alababa a Dios, reinaba una espantosa ingratitud hacia él y una horrible y fría indiferencia hacia su genuina religión. Jeremías protesta en nombre de Dios y les dice: Alábense, si quieren alabarse, si eso es lo que les da gusto, enorgullézcanse si es lo que desean, en conocerme y entenderme. Yo te doy gracias, Señor, por entenderte y conocerte. Primero supe de ti por la creación y después por tu Palabra revelada en las Santas Escrituras, hasta hoy. Oh, ¡cuánto amo yo tu Ley! (Salmo 119:97, 113), todo el día es ella mi meditación.