viernes, 2 de septiembre de 2016

El matrimonio no funciona automáticamente hay que hacerlo funcionar


Mateo 5:31-32
También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio”.

Habiéndose callado su voz el Maestro acerca del adulterio, habiéndolo enfocado como un mal de origen espiritual, pasa a tratar el mismo problema que ellos enfrentaban con el divorcio. En primer lugar veamos el enfoque judío del matrimonio.  Los judíos también erraban al enfocar el matrimonio como una unión civil, es decir como algo meramente social, de la misma naturaleza que un convenio comercial o un tratado recíproco de cooperación. Concebido de ese modo, sin sentido espiritual, se derivaban varios males entre los cuales la posibilidad inmediata era frecuente (la de divorcio). Se parapetaban detrás de la concesión hecha por Moisés en Deu.24:14; que fue dada por Dios más bien para proteger a la mujer que para autorizar el divorcio, reduciendo a esa sola cosa la excepción para despedir a la esposa y no por cualquier motivo.
Además, conocemos la variedad de justificaciones para divorciarse que ellos tenían. El espíritu divino de este mandamiento no es para obligar a la mujer a permanecer casada sino para protegerla y que no la dejen desamparada con sus hijos. Si el contexto histórico de la mujer cambia, por ejemplo que tenga dinero para subsistir sin el varón, el hecho del mandamiento y del divorcio sigue desagradando al Señor pero se suaviza. E indudablemente que el contexto ya no es el mismo aunque la piedad de Cristo es la misma, pero entonces no se puede ser tajante y tan severo cuando un problema de este tipo emerge. Razones aparentemente para divorciarse las tenían por millares, de modo que tomando ocasión en la propia Escritura rompían el sagrado vínculo matrimonial para dar rienda suelta a sus pasiones. Si alguien quiere separarse de su compañero o compañera seguro que no le van a faltar justificaciones para hacerlo.
Dios, conociendo cuánto es la depravación humana y carnal que envuelve el matrimonio, eligió una sola razón para disolver la unión: "la cosa indecente" que ya nadie sabe exactamente de qué  se trataba, y que Moisés indica, y que pudo haber sido algún rastro de inmoralidad previa al matrimonio o algún defecto orgánico que haría repugnante o imposible la consumación del acto matrimonial (el significado de la palabra original es desnudez, mancha). Sólo en ese caso, inmediatamente podría darle carta de divorcio, pero los judíos de antaño, como muchos en la actualidad, no hallaban nada indecente en su compañero o compañera la noche de bodas, ni durante la luna de miel, sino que a los dos años, ocho o quince, es cuando salían con el cuento de que tenían razones para divorciarse, pero la verdad ya para ese tiempo el divorcio no era justo. Para entonces ella había  gastado parte de su juventud al servicio de ese hombre, y le había  ofrecido lo más fresco de su vida, ese hombre era parte suya, la mitad de ella, posiblemente la mejor mitad de su corazón; ¡cuántos no serán los sentimientos de desgracia que invadirian su melancólico corazón! (en la actualidad no sufren tanto como antaño y recursos se buscan para sobrevivir al naufragio).
El Señor viendo todo eso y que el número de divorcios crecía de modo alarmante, prácticamente lo prohíbe por cualquiera otra causa del mundo: incomprensión, mal carácter, enfermedad, edad, etc., autorizándolo sólo por una razón: la infidelidad conyugal, es decir por un pecado que conduzca directo al infierno. La razón que tenga alguien para divorciarse tiene que ser merecedora de no heredar la vida eterna. ¿Porque tiene mal carácter? ¿No lo vio antes? ¿Porque está enfermo? ¿Porque se ha envejecido? Rara vez es la vieja la que le pide el divorcio al marido sino el viejo verde. Esta no son razones suficientes para divorciarse; aunque sí para lamentar el haberse casado.
¿Qué de otros pecados, como vicios de drogas, alcoholismo, idolatría, hechicería? ¿Violencia? ¿Debe dejarlo? ¿Está sometida a ese energúmeno? ¿Qué es lo mejor para los hijos (porque ellos cuentan)? Dice Pablo con espíritu de protección para la mujer, que puede separarse, pero no recasarse (1Co.7:10-16); y da su consentimiento sin su aprobación a pesar de la inconveniencia y por causa de los hijos.  Dios no creó el trueque, ni el comercio, pero sí la familia, y los que van a casarse deben conocer que su unión no es cuestión de firmar papeles y cambios de apellidos sino una unión espiritual para mientras vivan. No trato el asunto de aquellos que se han convertido a Cristo después de haber incurrido en el divorcio. En suma, lo dejo a la conciencia y a la exégesis bíblica de cada uno y no quiero se contencioso.
Siento miedo y me pregunto, ¿cuál será el futuro de la iglesia moderna con esta actual fragilidad en la unión matrimonial que ahora acontece y si nos será fácil soportar la tristeza de las parejas yéndose para adorar a Dios en iglesias distintas? Y más lamentable, ¿si la pareja que quiere divorciarse es el pastor y su mujer? ¿Con qué autoridad un pastor puede casar a sus jóvenes si él es divorciado? La vida de los casados no es toda felicidad, a veces es dura, y el matrimonio no funciona automáticamente sino que hay que hacerlo funcionar, y precisa de mucha paciencia y perdones. No se trata de mirar el matrimonio ni la familia como células sociales, sino como una unión espiritual hecha ante Dios. Y el que busca casarse debe saber con quién lo hace, cuándo lo hace y para qué lo hace, porque una vez sometidos bajo la voluntad de Dios ya no deben salirse de ella. Eso es todo sobre el divorcio según Jesús. Amén.