miércoles, 10 de octubre de 2018

No saques a Dios para poner a Satanás


JOB 32:1
Cesaron estos tres varones de responder a Job, por cuanto él era justo a sus propios ojos”.
Los amigos de Job no pudieron negarle lo que afirmó, no pudieron probarle lo opuesto, entonces se callaron. Job se esforzó en probarles no que Dios era injusto o que se había equivocado con él, sino que le había castigado por alguna otra razón desconocida pero no por su pecado. Esa fue su principal defensa. Los amigos le decían: Si Dios te ha castigado ha de haber sido por algo, por tu pecado. Y él les respondía: Me ha castigado, pero soy inocente, no ha sido por mi pecado. Pero ignora porqué. Job nunca supo por qué Dios lo había arruinado ni siquiera cuando pudo recuperar todo lo que había perdido. Para él el motivo de sus sufrimientos siempre resultó un insondable misterio.
El prólogo lo dice, Satanás, pero el prólogo pertenece a quien le dio forma al libro y juzgó las vivencias de Job. No pongo en dudas que Dios pudo haberle hablado por revelación y dicho lo que ocurrió en el cielo, más Job de eso nunca nada supo; y, es más, prefiero quedarme con la incertidumbre de Job, y estar seguro que Dios no me castiga por mi pecado, que atribuir a Satanás el origen de mis sufrimientos; luego diré mis razones.
El prólogo del libro trata de desenrollar el rollo y dice que las calamidades le vinieron por la mano del diablo, con el permiso de Dios, pero al tratar de explicar el sufrimiento de los justos compromete el carácter de Dios presentándolo como si complaciera al diablo y fuera él y no un plan divino quien lo incitó a ello (2:3). Job desconocía a Satanás, nunca lo menciona en sus discursos ni presenta su persona como la verdadera causa de sus acumulativas desgracias. Conocía a Dios y conocía su pecado. Uno no halla el nombre de Satanás ni una sola vez en los labios de Job ni jamás se defendió echándole a él la culpa. El nombre de Satanás no aparece más allá 2:7.
Como he dicho, hubiera sido mejor dejarnos en la incertidumbre, dentro de las cosas secretas que pertenecen a Jehová, para decir: “Sí Padre porque así te agradó” o “Si la voluntad de Dios así lo quiere” (1 Pe.3:17). Una explicación satánica para el origen de los sufrimientos de los justos puede traer cierto alivio mental y tranquilidad en las dudas, pero saca ignorantemente a Dios del problema, produce conformidad, pero hace nulo el propósito divino de la aflicción, acercarnos a Dios, someternos incondicional a su soberanía, paraliza la esperanza y la fe. Es mejor discutir, en buen sentido, con Dios, responsabilizarlo directamente de las aflicciones del justo, examinarnos para estar seguros que no sufrimos por nuestros pecados antes que echarle la culpa a otra criatura mala. El origen del dolor no tiene una explicación filosófica, es algo inexplicable con lo cual tenemos que bregar y aprender a usar sin comprenderlo, porque somos pecadores que existimos bajo una justa sentencia de muerte y lo que con ella esté asociado. Nunca digamos, “no me merezco estar así y que me pase esto”. Sino “he aquí, aunque él me matare, en él esperaré; no obstante, defenderé delante de él mis caminos, y él mismo será mi salvación” (13:15,16), y estas “Jehová dio, Jehová quitó, sea el nombre de Jehová bendito” (1:21,22), no hablar como la mujer de Lot, como una fatua (porque ¿tendremos experiencias buenas y no malas? 2:10) que pudieran colocarse al final del libro y no en su prólogo. El cambio de Dios por Satanás no ayuda mucho a la fe, y aunque el diablo pudiera tener alguna culpa, posiblemente sacando a Dios de la ecuación, estés equivocado.

            Lo vence Dios
JOB 32:13
Para que no digáis: Nosotros hemos hallado sabiduría; lo vence Dios, no el hombre”.

¿No has oído a los difamadores de nuestra religión desalentando a quien muestra interés espiritual viniendo a nuestras reuniones, decir que le “han lavado el cerebro” o le “han comido el coco”, que lo están engañando y le sacan ventajas? 
El Espíritu nos dice que una persona se vuelve religiosa y fervorosa creyente cuando la vence Dios, lo “dispersa Dios” o “lo echa al piso Dios”, que nunca lo puede hacer el hombre. Job se justificaba a sí mismo y con sus retóricos argumentos dejó mudo a sus contrincantes, pero luego Dios y no los abogados contrarios, lo puso en silencio y tuvo que confesar que nada sabía de nada, que estaba equivocado, que hablaba lo que no sabía y se postró ante él confesando su pecado.
Es Dios quien vence al pecador no son los santos. El Espíritu Santo lo convence de pecado (Jn.16:8) y lleva cautivo “todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Co.10:3-5); y aunque las palabras se las digan los hombres, aunque sean los sermones de ellos y los argumentos de ellos, son las armas espirituales con las cuales un pecador es vencido, sobre todo la palabra de Dios que como espada aguda lo traspasa (He.4:12). La Escritura enseña que cuando un pecador ha sido vencido por Dios, él queda capacitado para vencer a Dios (Ge.32:24-28); Dios lo vence una sola vez y él vive toda la vida venciendo a Dios, o tomando de él las bendiciones que desea, y no solamente venciendo a Dios sino también a los hombres, al mundo, mediante su fe (1Jn. 5:4,5). Dios le sirve, Dios le da todo lo que tiene. Son tantos los favores y misericordias que Dios me ha hecho que yo no sé ya quién sirve a quien, si yo soy su siervo o Dios, siendo el Amo y mi dueño, me recompensa tanto y me sirve a mí.