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jueves, 12 de diciembre de 2013

Suficiencia y confianza en el Nuevo Testamento (II)

2Pedro 1: 17-21
“Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo. Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”.

Ya vimos que tanto el Nuevo Testamento como el Antiguo sus documentos son confiables y que por ser inspirados por Dios podemos hallar en ellos la salvación, pero ahora se hace necesario que insista en algunos aspectos (1) Que la profecía a la que Pedro se refiere que debemos estar atentos como inspirada por Dios, actualmente es la canónica, hállese en el Antiguo o en el Nuevo Testamento. El don de profecía concedido por Dios a la iglesia apostólica ya cesó o mejor dicho, es el actual ministerio de predicación de la Palabra. (2) Que la palabra “profética más segura” (v.19), no se compara con el evangelismo sino con las leyendas y los mitos que de toda suerte han corrido en referencia a Nuestro Señor. (3) Que ambos, A. T.y N.T. como palabra inspirada por Dios y no por voluntad de hombre, deben ser nuestra antorcha hasta que muramos y entremos en el amanecer de la eternidad. Pedro mismo estaba próximo a su muerte cuando escribe esto. (4) Aunque tenemos “también” la palabra profética, la Persona y obra de Jesucristo es el testimonio más seguro de nuestra Salvación (vv.17, 18) ,“fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo Amado en el cual tengo complacencia”, porque Dios mismo, en el evento a que Pedro se refiere, dijo: “A él oíd”, y de todo lo que Pedro vio allí, Moisés y a Elías, y lo que oyó, lo que más impresión le produjo fue oír a Dios llamarle su Hijo Amado. Más de 30 años después.

Que la profecía que hoy tenemos como inspirada por Dios es la que ha quedado en el canon. Sin contender, vemos que la profecía a que Pedro se refiere y desea que sus hermanos vuelvan los ojos y le presten atención es  la que se halla en la Escritura (v. 20), “entendiendo esto que ninguna profecía de la Escritura”. En tiempo de Pedro estaba activo el don de profecía y los profetas eran los fieles colaboradores de los apóstoles y sus ayudantes más próximos, “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas” (Efe. 2:20; 4:11). Pedro no se refiere a ellos aquí, porque la misión de estos consistía en interpretar y aplicar las enseñanzas de los apóstoles (1 Co.14:24, 25). Pedro es un apóstol y no necesita de ellos para autentificar el mensaje de Jesús.

Podemos decir entonces que el mensaje de todos aquellos profetas colaboradores de los apóstoles es el mismo que tenemos concentrado y seguro en todo el N.T., y al que se refiere Pedro es el de los profetas del A.T., y de un modo o de otro podemos afirmar que la profecía inspirada por Dios es la que tenemos escrita en ambos Testamentos y que ahora puede ser lícitamente llamado “profeta” el que interpreta y aplica el mensaje del Señor, el que en nombre de Dios con la autoridad de la Escritura en sus labios, y su autoridad es dependiente de la fidelidad y apego que muestra hacia ella. 
No el que adivina el futuro o el pasado de alguien. Hoy los “profetas” son los que revelan el corazón de los que los escuchan y predicen el futuro de las almas sobre la base de las doctrinas reveladas en las Escrituras. Si Dios concedió el don de profecía a su iglesia cuando solamente eran 12 los apóstoles y no existía el N.T. para un mundo ampliamente necesitado, si actualmente el N.T. ya recoge todo lo necesario para la salvación y no necesita su autoridad ser autentificada por revelaciones extras, si es suficiente para la edificación de la iglesia, ¿qué necesidad habría de una asistencia extra?
 
Aceptar que Dios levante profetas como aquellos, ¿no es retroceder hasta el punto inicial de la historia? Ya la iglesia está edificada sobre la doctrina de los apóstoles y profetas, ¿para qué necesitamos más material de edificación? ¿Harán faltas enseñanzas nuevas? La iglesia no tiene necesidad de ellos y admitirlos es equivalente a subestimar el N.T. ¿Y no abriría la puerta de la iglesia a hombres y mujeres arrogantes de todas las clases para que nos pidan que tengamos como palabras de Dios sus propias visiones, sueños, discursos, o invenciones? ¿No es eso compartir la confianza y el respeto que tenemos al N.T. con hombres y mujeres actuales? ¿Quién asegura que el diablo no les haya hablado? Los profetas auténticos hoy son los leales expositores de la Biblia.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Sáquese eso de la cabeza, la Biblia no es un libro de mitos (I)


2Pedro 1:16-21
“Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo. Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones;  entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”.

A primera vista nos parece como si el apóstol tratara de justificar su apostolado o sus enseñanzas afirmando su autenticidad apostólica; y puede que haya algo de eso en su intención, aunque el caso de él, es diferente al de Pablo, que se le ponía en tela de juicio su apostolado. Es indudable que si sus ovejas recuerdan su apostolado, su comisión por Cristo, su relación íntima con el Señor, estarán mucho más dispuestos a recibir sus doctrinas como venidas del cielo y más dóciles también a dejarse educar doctrinalmente y exhortar pastoralmente. Es esa la ventaja cuando un buen pastor es tenido por su iglesia como un varón enviado por Dios.

¿Por dónde empieza el apóstol? Asegurándonos que el legado que nos han trasmitido los profetas y apóstoles es la auténtica Palabra de Dios, “porque no os hemos dado a conocer el poder... porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana sino que los santos hombres de Dios hablaron…”. Esa es la primera cosa que un hombre sincero que está buscando la verdad quisiera conocer, si lo que está leyendo, si aquello a lo cual va a dar su asentimiento y confiar su vida entera en este mundo y más allá de él, es la pura verdad de Dios o son las ilusiones, tradiciones y experiencias religiosas de hombres de la antigüedad. ¿Es la Biblia la auténtica palabra de Dios? ¿Son los profetas los reales mensajeros de Dios? ¿Son los evangelios las palabras exactas que Aquél Jesús pronunció o la interpretación de la iglesia a su mensaje ya perdido? Quiera Dios que mis palabras hoy ayuden a confirmar la fe de aquellos que ya han creído en la Biblia y contribuya a aceptarla a los que todavía no lo han hecho.

Pedro afirma que la historia de la vida de Cristo no es una fábula artificiosa “porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de…” (v.16). La palabra original griega que se traduce “artificiosa” es la que conocemos como “mito”. ¿Es la vida de Cristo un mito hábilmente tejido? ¿Son los cuatro evangelios una colección inocente de mitos populares? ¿Existen solamente unos gramos de verdad en ellos y el resto falacias de incultos y asombrados? ¿Estaremos nosotros, dos mil años después, confiando nuestras vidas y las almas de nuestros familiares a leyendas?

Las evidencias internas de esos cuatro evangelios nos permiten comprobar que la vida de Cristo y sus hechos que leemos en ellos son absolutamente verdaderos, porque los cuatro tienen las características de narraciones históricas y no de fábulas sin fundamento. Se dan fechas, se nombran personajes históricos, se mencionan los nombre de los lugares donde han tenido lugar los sucesos que cuentan, sus autores, y sus escritores se declaran haber sido fieles investigadores de todo lo que cuentan o testigos oculares que se limitan a narrar lo que han visto con sus ojos natural y sencillamente sin exagerar en tributo a la fascinación religiosa ni para hacer coincidir la narración con los parámetros admisibles de la razón humana (Luc. 1:1-4; 2: 2-4).
Cuando Pedro nos dice que el evangelio que predicaba ya entre las iglesias no eran fábulas artificiosas se puede deducir que sí existían fábulas artificiosas en relación con la vida de Jesús, pero que ya la iglesia estaba informada de cuales lo eran y cuales no lo eran y los apóstoles mismos ya certificaban lo que era cierto y lo que era espurio, de modo que desde el principio mismo del origen de la iglesia ésta supo cuál era la verdad revelada por Dios y cuales los ingenuos cuentos y mitos que empezaban a tejerse en la fantasía popular. Estos documentos que cuentan las verdades auténticas son los que nosotros hemos recibido y el resto, verídicos o falsos, la iglesia temprana, en la mañana de su historia los puso a un lado como innecesarios para creer en Cristo como el Hijo de Dios. ¿Quisieras creer estas cosa que como dijo Lucas, entre nosotros han sido certísimas?

Tanto el evangelio como la Ley y los Profetas han sido inspirados por el Espíritu Santo, “porque los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (v. 21). Aquí se mencionan tanto la Ley como los evangelios y lo que se dice de uno también se aplica al otro. Lo que afirmamos es que el asiento literario de nuestra fe no sólo no es un mito sino que además son palabras inspiradas por Dios; quiere decir que lo que se dice es estrictamente cierto, lo que se dijo es rigurosamente verdadero aunque se cuente con otras palabras, con más palabras o con menos palabras, aunque haya habido cambio en algunas palabras, adiciones de algunas frases e incluso equivocaciones de alguna palabra al copiarla algún escribano, la Biblia sigue siendo la Palabra de Dios e inspirada por él, su mensaje sigue intacto, la verdad no está corrompida, los hechos no se hallan falsificados, el camino sigue siendo el mismo para la gloria y para reconciliar al hombre con Dios.

Para Pedro inspiración divina es primeramente lo contrario a fábulas artificiosas. La iglesia desde hace mucho reconoce como inspirados solamente sesenta y seis libros. Y es interesante no sólo de que hable como inspiración de Dios esos escritos, porque ya todos los profetas habían muerto, el récord, sino que también menciona sus predicaciones o profecías. No cabe duda que desea que el mensaje del evangelio de nuestro Señor Jesucristo sea recibido como tan inspirado por Dios como el de los Antiguos profetas. Aceptar el Antiguo Testamento y rechazar el Nuevo no es justo, ambos son inspirados por Dios.

El apóstol  opone inspiración de Dios al origen humano de la profecía, “entendiendo que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada porque nunca fue traída por voluntad humana” (vv.20-21). El apóstol piensa que la profecía es de origen divino y que nació no en el corazón del hombre, ninguno de los profetas o de los evangelistas predicaron otra cosa que no fuese la verdad inspirada por Dios. El origen de la Biblia está en la mente de Dios. Ninguna profecía fue traída por la voluntad de algún hombre. Le llama “interpretación” porque ningún sueño, visión, o mensaje les salió a ellos de sus propias mentes sino que Dios les revelaba y les interpretaba su mensaje. Es una gran concesión entonces a nuestra fe saber que el mensaje de la Biblia y ella misma es de Dios. Los hombres han sido instrumentos en confeccionar la Biblia, pero lo que ellos han hecho sólo es reunir esos documentos, comprobar su autenticidad y tratar de que se preserven para la posteridad. La iglesia tuvo necesidad de la Biblia y Dios se la dio. Y nosotros podemos confiar enteramente en lo que ella dice, sin dudas, ni atender a sus calumniadores, porque su mensaje inspirado ha bajado del mismo cielo.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Los sufrimientos no duran para siempre


1Pedro 5: 10-14
“Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca. A él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén. Por conducto de Silvano, a quien tengo por hermano fiel, os he escrito brevemente, amonestándoos, y testificando que ésta es la verdadera gracia de Dios, en la cual estáis. La iglesia que está en Babilonia, elegida juntamente con vosotros, y Marcos mi hijo, os saludan. Saludaos unos a otros con ósculo de amor. Paz sea con todos vosotros los que estáis en Jesucristo. Amén”.

Para aquellos hermanos que estaban sujetos a tantos sufrimientos, estas palabras que siguen tuvieron que resultarles muy dulces y consoladora (vv.10,11). El consuelo está en decirles que los sufrimientos de ellos no durarán para siempre (v.10), "por un poco de tiempo". Pedro trata que ellos lo comprendan, porque uno de los mayores motivos de ansiedad del que sufre es que le parece que su mala situación nunca se va acabar. ¿No es eso lo que nos pasa a todos que miramos los días hacia delante, y nos parecen no transcurrir y las nubes negras del sufrimiento no tienen prisa por marcharse? Ciertamente cuando Dios le da gracia a los hijos suyos, los padecimientos no tienen que ser tan largos para que logren su divino propósito (Apc.2:10).

¿Cuál es el deseo y oración del apóstol? Que pasada la aflicción de ellos sus vidas cristianas se hallen en mejores condiciones, y para ello usa estas palabras, "perfeccione, afirme, fortalezca y establezca". Nosotros suponemos que una persona después de ser abatida por el sol del sufrimiento se encontrará en condiciones que den lástima, completamente abatida y destrozada, llena de recuerdos amargos y de traumas. Y ciertamente eso pasa a los que sufren según el mundo porque Pablo nos informa que para ellos es de destrucción. Pero no para los que sus padecimientos son programados por la providencia y limitados, y los suspiros y lágrimas contadas (2Co.7:10).

Si pudiéramos hacer un dibujo de la vida cristiana de un hijo de Dios que acaba de pasar por la gran tribulación, ¿qué veríamos? Un perfeccionamiento de su gracia, de su fe que brilla como el oro y está depurada de cualquier confianza carnal, su paciencia ha sido alargada de modo que ahora espera tranquilo las promesas de Dios, una firmeza y fortaleza mucho mayor. Se nota que ahora tiene más seguridad en lo que había aprendido, su resolución de seguir al Señor más firme, su consagración y dedicación ya no es más intermitente, y como un estanque que durante las noches se ha llenado de aguas subterráneas ahora es una fuente de consuelo para que beban, porque ha sido muy consolado por Cristo.

La palabra "establecerá" también se puede traducir "cimentará". Algunas veces tememos que algunos hermanos nuevos en la fe no puedan asimilar lo que les está ocurriendo y se aflojen totalmente, pero Pedro pide en oración que eso no pase sino que queden endurecidos como un cemento, como cimentados. Por la gracia de Dios los padecimientos no remueven los cimientos, no sacan los fundamento y las raíces afuera, al contrario vuelven como de concreto las bases mismas de la vida espiritual.

Dice Calvino que en algunos manuscritos estas palabras están en el modo “ablativo” (que indica temporal y local), y que podrían traducirse en gerundio, así como "perfeccionando, afirmando, fortaleciendo, cimentando". Con eso indicaría que el apóstol ya está orando para que, no al concluir los padecimientos sino delante de ellos, se vayan operando esos cambios en la vida cristiana. Es como para que tengamos una garantía que el cincel y el martillo que con horror sentimos que nos arranca lascas vivas del corazón, no nos aniquilará porque es la mano de la providencia en nuestra perfección, que el mazo que siempre golpea la cabeza de la estaca y la hunde en la tierra no la quebrará sino que la hará más capaz de sujetar el tabernáculo de Dios, para que el viento que furioso sopla sobre sus cortinas no lo desarmará. El árbol plantado junto a las corrientes del rio de la vida no tiene hojas que se caigan, no hay viento furioso que pueda desarraigarlo como a otros otoñales, ni una ni dos veces (Jud.1:12).  Si alguna rama se parte no será más que una rama inútil, y todo eso porque se halla supervisado por la gracia divina.

No sé si él v.11 conectarlo con lo anterior o es una cláusula separada pero sí veo que el apóstol tiene el gran deseo de que Dios reciba toda la gloria y el dominio del mundo, eternamente. ¿No es ese también nuestro deseo, que ventura y desventura, en salud o enfermedad, en pobreza y en riqueza, en honra y deshonra, en la quietud y la tempestad, en la vida y en la muerte, Dios sea glorificado y se reconozca su dominio? ¡Que nuestra iglesia, más que en ningún otro lugar se vea esto!

Ahora miremos lo que debemos aprender de los saludos finales (vv.12-14). (1) que Pedro no quiere que duden ni tengan vacilaciones, si se halla uno en la verdadera fe o doctrina (v.12). Teniendo tantas fatigas y hostilidades podrían ser tentados a decir entre ellos mismos "¿estaremos realmente creyendo lo que agrada Dios y todo esto nos sobreviene?". Pedro les dice que esa es la verdadera gracia de Dios y que aunque realmente no puedan medir si algo es correcto o falso por la aprobación o desaprobación del mundo, ellos están en la verdad. (2) fíjese hasta que remotos lugares llegó el apóstol con su evangelio (v. 13), "Babilonia" (Hch.2: 9), "medos, partos, elamitas y los que habitamos en Mesopotamia". Contrario a como algunos piensan, Babilonia estaba poblada en tiempos apostólicos.

No se trata, sin que se pueda poner en duda, de un lenguaje simbólico para llamar a Roma. Realmente que aquellos apóstoles eran evangelistas y misioneros. ¿Qué pasa que las congregaciones de hoy tienen tan pocos misioneros y no se les habla siquiera a los que tienen en la puerta de la casa? (3) La maravilla de la gracia y los propósitos de Dios. La ciudad de Babilonia, aceptando la discusión de que se trata literalmente de esa región, para los judíos era recuerdo de tristeza, opresión y corrupción, donde estuvieron 70 años cautivos. Los judíos antiguos contaban que dichosos aquellos que estrellaran sus niños contra las piedras. Sin embargo ahora allí había una iglesia, escogida por gracia. ¿No es una maravilla y que envíe saludos a sus hermanos del mundo entero? Cuando los lugares menos probables para ver resplandecer la gloria de Dios, vemos cómo nace y crece una congregación no podemos sino honrar y magnificar su plan de salvación y bendecir su eterna elección. Juan Marcos, ya conocemos que fue el compañero de Pedro, y de quien aprendió el evangelio que hoy lleva su nombre.

Dios bendiga estos estudios y hagamos al final, después de la oración local, lo que el apóstol manda, que nos saludemos unos a otros con un ósculo de amor. Paz sea con todos vosotros los que estáis en Jesucristo. Amén

sábado, 7 de diciembre de 2013

Los apóstoles jamás inventarían a Jesús

1Pedro 2:4,7
 (Segunda parte)
La posición única e insustituible de Jesús en la religión cristiana no se la ha dado la iglesia, ni sus constructores ni menos sus enemigos (vv.4,7), “desechada ciertamente por los hombres mas para Dios escogida y preciosa. La piedra que los edificadores desecharon ha venido a ser la cabeza del ángulo”. Ni Cristo ni la historia de la salvación por la gracia es un invento de la Iglesia; o de un grupo asombrado por sus milagros. La Iglesia no fue la que hizo a Jesucristo, no produjo su Persona. Por parte de sus adversarios, los contemporáneos maestros religiosos, lo desecharon hasta la muerte y por parte de sus seguidores mismos, ya hemos sabido que eran tan débiles, insuficientes e incultos que jamás hubieran podido crear una persona como la del Señor. La iglesia cristiana no nace con Cristo, ella con él. Lo que hoy conocemos de él no es lo que la Iglesia opinó, ni lo que el mundo de aquel entonces oyó decir, sino lo que él revelaba de sí mismo. Algunas veces, muchas, mas bien ella se tardaba en creerlo y admitirlo. El Nuevo Testamento no son las  opiniones de aquellos hermanos sobre su persona, no esculpieron a Jesús con el cincel de sus sentimientos ni lo veían como querían verlo. ¿Es él la cabeza del ángulo de tu vida? ¿O la construyes sin él? Si Jesús no edificare la casa en vano trabajan los que la edifican.  

2. Una prueba de su valor inmenso y celestial, es que los edificadores de la Iglesia lo desecharon (v.7), “la piedra que los edificadores desecharon”. Según ellos Jesús no era una pieza apropiada para la continuación de un viejo programa religioso, según la forma de ver de sus contemporáneos él era inadecuado, contraproducente y opuesto a la perspectiva espiritual. Su cruz prueba que no fue una confección de su época. Jesús edifica su Iglesia sobre la Escritura no sobre interpretaciones o gustos humanos. El apóstol Pablo que vino después se cuidó mucho de que las congregaciones no pusieran “otro fundamento que el que está puesto”, y filosofías no sacaran dicho fundamento de su lugar.  Si observas las palabras del apóstol verás que tres textos de la Escritura son citados para probar su conexión con ella. El rechazo de Jesús es una prueba de su comisión divina; en ese mismo lugar de desprecio humano es donde Dios lo declara su escogido, la piedra angular de su iglesia, joya preciosa de valor insuperable.

El apóstol les cita la Escritura para que conozcan la importancia sin límites que tendrá la fe en Cristo en el momento de la vida eterna. Cuando el apóstol dice “el que creyere en él no será avergonzado” (v.6), pienso que se refiere al momento final cuando tendremos que comparecer ante el tribunal de Dios. Es una expresión que recoge los acontecimientos del juicio final. El juicio por los pecados es una exposición de las vergüenzas humanas. Los pecados de los hombres avergüenzan. ¡Qué delicioso es pensar en él en esos momentos, cuando no tenemos que temer pasar un mal rato por nuestros pecados! Eso quiere decir que no usará ningún reproche que nos avergüence, y sobre todo que no se expondrá a la vista de nadie nuestra desnudez espiritual porque ella está asociada a la vergüenza.

No seremos desnudados. Estaremos vestidos como escogidos de Dios, “vestidos del Señor Jesucristo por medio de la fe”, “el que creyere”. Sólo la fe, es suficiente para adquirir la encubridora justicia de Jesucristo. No necesitas más para ser cubierto tu pecado. Quien vaya a la sala del juicio esperando oír nuestras vergüenzas está equivocado, allí no se verá nada que desacredite a nuestra salvación, el lino fino de sus obras nos cubrirá por completo y la ropa de nuestra justificación será perfecta. Cam, el hijo de Noé no podrá reírse de vernos desnudos. Cuando se salva un alma de la muerte, dice Santiago, se “cubre multitud de pecados”. ¡Qué vergüenza sufrirán aquellos que no estén vestidos por Jesús! ¡Ser expuestos todo por dentro, sentimientos, pensamientos y hechos a la luz del día y a ojos del mundo entero! ¿Has pensado en eso? ¿Y no harás nada para ser cubierto por la justicia del Señor?

Entonces llegamos al texto donde se muestra que Jesús es todo nuestro honor, palabra que se ha traducido “precioso”. Nuestro honor será él, ser cubiertos por él, usar la ropa de su vida intachable, cubrirnos con sus acciones justas. El valor de Jesús se vuelve sin límites para los que creen en él porque Pedro les dice que “es precioso” (de mucho valor; v.7). ¿Hay algo que tenga más valor que nuestra salvación? No digo que tenga algún valor para los que no creen. De esos también el apóstol habla, pero yo no me ocupo hoy de los que los disminuyen. Él es nuestra completa fortuna, nuestra suerte, nuestra perla de gran precio, nuestro tesoro en vaso de barro, nuestra herencia. Con él somos ricos, hemos sido “enriquecidos con su pobreza”, como dice Pablo, somos redimidos por su sangre preciosa, creemos su evangelio precioso, somos propagadores de su precioso mensaje. ¡Qué afortunados somos con Jesús! ¡Qué pobres son los que no lo tienen! Vivimos mejor con él que si estuviéramos en la casa de César, un día con él en sus atrios es mejor que mil fuera de ellos.

Cómo se nos hacen grises los días claros


                             JUAN 8: 55-59
 “Vuestro padre Abraham se regocijó esperando ver mi día; y lo vio y se alegró”. 

También se puede traducir que Abraham estaba deseoso de ver el día del mesías. Sería mejor invertir el orden de la oración y decir que Abraham vio el día del Señor y se regocijó, porque deseaba verlo y lo vio en figura cuando creyó y nació su hijo Isaac, cuando el ángel le habló del cielo e intervino para que no lo sacrificara sobre la leña, que fue una forma de muerte y resurrección del Hijo de Dios y vio el anti tipo de Jesús en el sacerdote Melquisedec a quien le dio los diezmos. Gill dice estas mismas cosas y yo me regocijé leyéndolas. Está la teoría de que el profeta tuvo alguna ambición de la venida del mesías, pero lo que he mencionado es más escritural o bíblico. Y si alguna aplicación tiene este texto sería mostrarnos que debiéramos regocijarnos por la fe en aquellas cosas que Dios nos ha prometido, para salir de la tristeza lo antes posible, en espíritu y esperanza y se hagan más claros nuestros días grises.

Si quieres leer algo bonito y encadenado con oro a este tópico, oprime este enlace y disfrútalo con la bendición del Altísimo, https://pastorhp.blogspot.com/2018/10/que-las-penas-y-dolores-salgan-de.html






viernes, 6 de diciembre de 2013

El judaísmo sin Trinidad no ha ganado el mundo



1 Pedro 1:20,21
“Ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios”.

Inmediatamente que el apóstol enseña a sus hermanos el corazón mismo de la redención, que es la muerte de Cristo, pasa a indicarnos el tiempo en que Jesucristo fue designado o escogido para expiar la culpa de su pueblo y redimirlo de la esclavitud. Escribe que ya destinado desde antes de la fundación del mundo. El apóstol les dice eso para que pudieran alejarse pronto de aquella otrora vana manera de vivir y responder sabiamente a los que les objetaran las nuevas costumbres separadas de ceremonias y ritos legales. Aquí tendrían un buen fundamento para acallar toda objeción a su nueva profesión, porque si Cristo murió como un sacrificio puro y anterior a todos los otros, anterior incluso a la creación del mundo; no hay nada malo ir directamente al más antiguo de los cuales los sacrificios actuales de la ley eran sólo copias que lo anunciaban para el tiempo.

Es algo maravilloso pensar que el plan de nuestra salvación es anterior al de la creación del mundo y que este fue creado como un medio para cumplimentar el propósito de Dios de rescatarnos y que fuésemos depositarios de su gloria. Si no hubiera habido un plan de salvación no habría habido jamás creación del mundo, porque todo fue creado por él, para él y para su gloria (Col.1:16).
La preservación del evangelio, de la historia de Cristo, la supervivencia de la iglesia es más importante para Dios que cualquier preocupación humana sobre el medio ambiente, la capa de ozono o el mar. Si alguien quisiera apartarnos del temor de Dios podríamos responderle de esta manera: “Cristo murió por mis pecados antes de crearlo todo. Que yo viva para él es más importante que el mundo siga existiendo”.

También el texto nos indica un privilegio, que tenían aquellos hermanos, que se les manifestara Cristo en aquella época. Sus predecesores sólo podían palpar en la obscuridad de aquellas sombras la silueta del Hijo de Dios, pero sin poder aprehenderla plenamente, en cambio, aquellos dispersados, como nosotros, tenemos el privilegio de que por la historia evangélica se nos presente él mismo a cara descubierta. Podemos agradecer al Señor el momento que escogió para nuestro nacimiento físico y espiritual, siendo nosotros anónimos gentiles nunca habríamos tenido alguna conexión con aquellas sombras judías, ni aun habiendo vivido dos mil años atrás.

Nuestra condenación hubiera sido segura si Dios en su amor no hubiera predestinado la aparición nuestra en este mundo, en los postreros tiempos y que nos hubiese revelado a su Hijo por la gracia. Quizás la principal razón para que haya habido un gran adelanto de la ciencia moderna sea el alcance de los oídos de los escogidos que por miles de medios visuales, sonoros y escritos son alcanzados diariamente mientras se completa la iglesia. El móvil de toda nuestra salvación es el amor de Dios, “por amor a vosotros”, dice él. La aparición oportuna de Jesucristo en el cumplimiento del tiempo, su muerte en la cruz cuando hubo llegado su hora, su revelación al mundo, todo es producto de su amor.

Podemos descubrir que el texto cómo se puede realmente creer en Dios, mediante Jesucristo, “y mediante el cual creéis en Dios” (v.21). Esa misma importancia de tener a Cristo para acercarnos a Dios la subraya Pablo en su epístola a los Efesios 2:12,13. Una y otra vez el Espíritu nos hace ver en los evangelios que nadie puede acercarse al Padre sino por él, que ninguno podrá realmente conocer a Dios sin su Hijo. El privilegio de ser salvo es el mayor que alguien puede tener en el mundo.
Si aquellos hermanos eran sinceros sabrían que el apóstol estaba diciendo la verdad. ¿Qué concepto tendríamos de Dios si alguno? Cuando la fe cristiana llegó a aquellos gentiles romanos, griegos, o bárbaros, vivían en la más grosera idolatría. El monoteísmo actual de los gentiles es un don del cristianismo.

En dos mil años de existencia la iglesia ha demostrado que su cristianismo trinitario no destroza el monoteísmo mosaico, sino que ha hecho que Dios sea esencialmente manifestado en el mundo y que de otro modo hubiera permanecido incognoscible, en regiones tan obscuras espiritualmente en el planeta como la nuestra, donde estábamos. El judaísmo sin trinidad no ha ganado al mundo. Lo cierto es que el hombre, como dice Calvino, le es imposible pensar en las profundidades del ser divino, sin Jesucristo.

Y nosotros agradecemos haber heredado toda la riqueza que Israel hasta el momento ha desechado, a Jesucristo y  sus apóstoles. Pedro comenzó con Cristo, muriendo en la eternidad, revelado por amor en el tiempo, pero lo regresa a donde estaba primero, junto a la gloria del Padre, no sin antes ver muerte, pero no corrupción y ahí mismo señala el centro de la fe y la esperanza en Dios, la resurrección de Cristo (v.21). Me parece que la intención del apóstol es hacer énfasis en la unión entre el Padre y el Hijo, o como él mejor lo dice, entre Dios y Cristo. El Nuevo testamento en otros sitios habla de la fe en Cristo (Efe.1:5; Col.1:4,2:5; 2Ti..3:15;Sgo.2:1), pero aquí se nos dice, “para que vuestra fe y esperanza sean en Dios”. No hay ninguna contradicción y concuerda perfectamente desde los mismos reclamos que Jesús hizo hacia sí mismo para conocer al Padre o para llegar a él como lo que dicen otros escritores. Cristo es el autor de la fe, su consumador, es lógico que para poder creer en Dios, mediante él, hay que confiar en lo que revela. Lo mismo se puede decir de la esperanza (Col.1:27). Pero de un modo o de otro siempre ambos están unidos. El evangelio no es un apéndice extraño al judaísmo, no es otro Dios el que Cristo revela. Es el mismo del Antiguo Testamento no conocido hasta ese momento en la Persona eterna de Jesús.

El Nuevo Testamento es enfático en eso, no es una negación de la revelación   veterotestamentaria, sino un avance y complemento de ella. Pero quizás el elemento más sorprendente en el naciente cristianismo, el evento más pasmoso para el judaísmo fue la afirmación de que Dios había resucitado a Cristo; las implicaciones que ese hecho encerraba eran casi infinitas, era un testimonio inmenso a su veracidad, un sello a todas sus obras y discursos. La resurrección es la señal de la conmutación de nuestra condena y el hecho más sobresaliente de nuestra esperanza. Tener fe sólo en sus señales lo convertiría en un milagrero, tener fe sólo en aquel varón que echaba demonios con su palabra lo haría un exorcista, confiar en la certeza de su doctrina nada más lo haría para nosotros en un conspicuo reformador o tal vez un profeta, pero tener fe que Dios lo alzó de la tumba y lo subió a su diestra colocándolo sobre todo principado y potestad como medianero del linaje humano es la garantía más firme de la admisión de su muerte substituta y de la seguridad de la vida eterna.

Para un hombre de poca fe no hay cosa que le abrume más que su cada vez más cercana desaparición de esta tierra, pero tampoco hay una doctrina que nos traiga más alegría y esperanza de regresar a la vida como el levantamiento de Jesucristo. Esa fe, esa esperanza, hacen germinar el concepto de fe en Dios a toda su amplitud soteriológica. Esta doctrina es el nervio central de la seguridad de la vida eterna.

Con una sola cita bíblica es suficiente


1 Pedro 1:15,16
“Sino como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir, porque escrito esta: Sed santos porque yo soy santo”.

Aquí se me da la oportunidad de explicarles de modo doctrinal la santificación del creyente, que no consiste en una esforzada separación externa sin que medie, como motivación, otras acciones de la gracia de Dios. No se puede negar que la influencia vivificadora del Espíritu Santo y su presencia misma en el cristiano es la fuente de su santificación. Siendo así el Espíritu nos “conduce a toda verdad”, nos “recuerda lo que él nos ha dicho” para que seamos santos en relación con la obediencia a sus mandamientos. La santificación no es un estado interno de beatífica paz, sino más bien una victoria que el creyente gana tras un arduo y continuado combate, quedando a veces, coronado pero herida su memoria, y cansado.

Según nuestro texto la razón que hace posible nuestra santificación es la adopción. Conocemos que Pedro se halla hablándoles a hijos de Dios, a hijos obedientes, a hijos que poseen el Espíritu del Unigénito. Cuando se habla de santificación, como proceso interno de separación del mundo, como triunfo sobre el pecado, hay que referirse a los hijos de Dios. La Confesión de 1689 define la adopción así, “con aquellos que son justificados, Dios se compromete, en su Unigénito Hijo Jesucristo y por éste a hacerlos participantes de la gracia de la adopción, por la cual son recibidos en el número y gozan de las libertades y privilegios de los hijos de Dios, tienen su nombre escrito en ellos, reciben el Espíritu de adopción…” (Efe.1:5; Ga.4:4-5,6; Jn.1:12; “La Confesión de Fe de Londres de 1689”).

Sobre ese fundamento Pedro les apela al ejemplo paternal. Pero tampoco dice “son hijos, vivan como vuestro Padre” sino que introduce una nueva razón doctrinal juntamente con la adopción, el llamamiento eficaz, “como aquel que os llamó es santo”. Eso es ir al origen mismo de la salvación, la regeneración. La santificación empieza allí mismo, en la implantación del principio de vida divina en el alma del creyente.

¿Quiere ser santo? Tiene que nacer de nuevo. Dios tiene que en su infinita misericordia llamarle, atraerlo hacia él. El apóstol les recuerda eso, que han sido llamados, término que por un lado se acerca a la elección eterna, “porque muchos son llamados más pocos escogidos”  (Mt.20:16), y por el otro al propósito suyo, porque ese es su plan antes de que el mundo se fundara, “estos es a los que conforme a su propósito son llamados y a los que predestinó a estos también llamó y a los que llamó a estos también justificó” (Ro.8:28,30).

Si Dios nos ha llamado a salvación, como él debemos vivir. Oh hermanos, empecemos por eso, implorándole al Señor esa gracia, la de que nos reciba por hijos, la de que nos admita dentro de su familia y nos haga coherederos con Cristo. Siendo hijos, ¿no hemos de reflejar nuestro linaje?; “linaje de Dios” le llama Pablo. ¿No debemos honrar el nombre de nuestro Padre con nuestro estilo de vida puro? La santificación es parte del propósito de Dios para nosotros concebido en la eternidad. No es nuestra justificación, no es nuestra adopción, no es la regeneración, pero está relacionada con todo eso.

En segundo lugar el apóstol señala la autoridad sobre la cual hace el llamamiento a la santificación, la Escritura, “porque escrito está”. Esa cita está tomada de Lev.11:45,46, “porque yo soy Jehová que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: Seréis, pues santos, porque yo soy santo”.
Pedro pudo haber apelado a la preciosa vida de Jesús como ejemplo para santidad, aunque ciertamente lo usa en otras aplicaciones (2:21,22), aquí demanda nuestra santificación de acuerdo a la autoridad de la revelación escrita. Bástenos que se nos diga “la Escritura dice” para que por respeto a su autoridad desistamos de cualquier deseo de pecar. Si nos dan una sola razón con ella en la mano para que seamos santos, no debemos pedir más ni necesitar otras, ni un sermón, ni diez. Con una sola razón escritural que Dios nos dé para dirigirnos en un sentido debe sernos suficiente.

La dureza de nuestros corazones es tal que el martillo de la palabra de Jehová tiene que golpearlos casi seguidamente. Nos vemos obligados a observar que se trata de la revelación escrita. La palabra de Dios era la Escritura. La Escritura era el Antiguo Testamento. La iglesia cristiana siempre ha seguido haciendo uso de la Ley, los Salmos y los Profetas. Aunque las iglesias del tiempo apostólico eran iglesias cristianas, el Antiguo Testamento y el “más yo os digo” de Jesús, eran sus únicas fuentes de autoridad. El Nuevo Testamento surge no tanto para abrogar el viejo, y con todo lo que diga He.8:13, que el nuevo tiene mejores promesas, sino para complementarlo; y hoy, interpretado de acuerdo a lo que el Señor dijo, hizo y fue, debe ocupar un puesto privilegiado en la enseñanza de la iglesia.

Pablo escribiendo a su discípulo dice, “y que dese la niñez has sabido las Sagradas Escrituras (o Santas) las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”  (2Ti.3:15). No se trata de  vivir agradando a Dios porque se tuvo un sueño o por alguna impresionante visión, sino porque la palabra del Señor lo pide. La Escritura es la única fuente de autoridad que puede ser llamada palabra de Dios.

  1 Juan Mayormente el contenido de esta carta, si es que a pesar de la repetición de asuntos, se puede considerar de esa manera y no como...