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miércoles, 23 de diciembre de 2015

Le sonreía a los publicanos y hablaba con respeto a las rameras

Lucas 2:6-8

"Y dio a luz a su hijo primogénito; le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón". 

Hacia el establo pueden mirar los ricos y los pobres, porque un Príncipe amado, anunciado por la Escritura yace envuelto en pañales, entre pajas en un pesebre. Era en el cielo muy rico, y voluntariamente mirando a los pobres dejó su gloria arriba y hecho semejante a los hombres se hizo pobre para que con su pobreza fuésemos enriquecidos (2Co.8: 9). No nació en una noble cuna ni perteneció a una familia distinguida en Israel; ni su ciudad fue una capital sino una aldea y su oficio carpintero. Se llamó Jesús. Sus mejores amigos eran los pobres y se inclinaba para salvar a los pecadores y desheredados del orden social; le sonreía a los publicanos y hablaba con respeto con las rameras; les echaba los demonios y las volvía castas, perdonándolas. A muchos enriqueció pero murió pobre y sin tumba propia. ¿Te ha hecho rica, oh alma, este Jesús pobre, en cuyo nacimiento tuvo un coro de ángeles cantando alegres? Ten por seguro que su vituperio es una riqueza mayor que los tesoros de los egipcios (He.11:26). 

martes, 22 de diciembre de 2015

Usted no tiene el derecho a criticar a Dios porque escoge algunos y a otros no

ROMANOS 9:6-24
“No es que haya fallado la palabra de Dios; porque no todos los nacidos de Israel son de Israel,  ni por ser descendientes de Abraham son todos hijos suyos, sino que en Isaac será llamada tu descendencia.  Esto quiere decir que no son los hijos de la carne los que son hijos de Dios; más bien, los hijos de la promesa son contados como descendencia.  Porque la palabra de la promesa es ésta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo. Y no sólo esto, sino que también cuando Rebeca concibió de un hombre, de Isaac nuestro padre,  y aunque todavía no habían nacido sus hijos ni habían hecho bien o mal--para que el propósito de Dios dependiese de su elección,  no de las obras sino del que llama--, a ella se le dijo: "El mayor servirá al menor",  como está escrito: A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí.  ¿Qué, pues, diremos? ¿Acaso hay injusticia en Dios? ¡De ninguna manera!  Porque dice a Moisés: Tendré misericordia de quien tenga misericordia, y me compadeceré de quien me compadezca. Por lo tanto, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios quien tiene misericordia.  Porque la Escritura dice al Faraón: Para esto mismo te levanté, para mostrar en ti mi poder y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra.  De manera que de quien quiere, tiene misericordia; pero a quien quiere, endurece.  Luego me dirás: " ¿Por qué todavía inculpa? Porque, ¿quién ha resistido a su voluntad?" Antes que nada, oh hombre, ¿quién eres tú para que contradigas a Dios? ¿Dirá el vaso formado al que lo formó: ¿por qué me hiciste así?" ¿O no tiene autoridad el alfarero sobre el barro para hacer de la misma masa un vaso para uso honroso y otro para uso común?  ¿Y qué hay si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los vasos de ira que han sido preparados para destrucción? ¿Y qué hay si él hizo esto, para dar a conocer las riquezas de su gloria sobre los vasos de misericordia que había preparado de antemano para gloria,  a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles?”.

Estos son dos grandes temas: la salvación y reprobación divina. ¿Por qué algunos hombres se salvan y otros no? Para poder entender la elección y reprobación divina hay que entender a Pablo; este hombre habla un lenguaje muy alto y tiene una espléndida formación bíblica de la cual deriva su concepto de un Dios que es absoluto soberano. El que quiera entender, y mayormente estar de acuerdo con lo que expone, tiene  como él, asegurar su fe en ese punto, Dios es un Rey Soberano y Absoluto; y nada queda fuera de su dominio, ni el bien ni el mal, incluyendo al hombre. Para poder entenderlo y estar de acuerdo con él hay que tener fe en ese Dios Absoluto y Soberano, o sea, ser un siervo suyo y vivir dentro de los dominios de su gracia. Por otra parte, para poder exponer correctamente la elección y la reprobación, como Pablo, es preciso circunscribirse al lenguaje de la revelación bíblica, no con el de Aristóteles; y exponerla con sus argumentos hasta sus últimas consecuencias, que es el lenguaje de la fe y el servicio cristiano.
Notarás que el apóstol para responder esto no recurre al llamado “libre albedrío” porque eso cae dentro de la filosofía de los hombres y él no la usa para nada. Para responder lo hace con una Biblia abierta en su mano, no con las opiniones de los grandes pensadores de todos los tiempos.  Va, e iremos con él, al meollo mismo del asunto. Entremos al mundo de la revelación. El contexto de la doctrina es el aparente fracaso en la salvación de los judíos.
El asunto de la salvación de los judíos es un tema muy sensible para el apóstol y por eso para explicar la incredulidad de ellos toma tanto espacio en su epístola. En la porción que sigue el apóstol expone su criterio de porqué algunos judíos han creído y otros no. Formado y educado dentro del pueblo elegido por Dios y del mundo de las Escrituras judías, tiene una sola razón para explicar la reprobación de muchos judíos y la salvación de sólo un remanente, la elección. Los argumentos que siguen forman la superestructura sobre esta doctrina básica.

Primero explica el problema trayendo un ejemplo escritural, la elección de Jacob y la reprobación de Esaú (vv. 6-13). Es su convicción que no todos los judíos son judíos, o sea, que los verdaderamente judíos a los cuales hay que aplicarles las promesas de Dios son los descendientes de Isaac, no los de Esaú; con ello lo que pretende es afirmar que una conexión carnal con Israel de nada sirve.
Si penetro bien dentro de su pensamiento, me parece que insinúa que los judíos que no han creído es porque espiritualmente están más en relación con Esaú que con Isaac. Su argumento, por su puesto, tenía que resultar ofensivo para los judíos incrédulos; pero ellos no leyeron su carta. Para Pablo, como hemos visto, es importante que permanezca intacta la infalibilidad de la Palabra de Dios. Así que, si muchos, muchísimos judíos no han creído, no es porque la palabra de Dios haya fallado sino porque en realidad ellos tienen sólo una relación sanguínea, no espiritual, con las promesas divinas.
Redondeando lo que he dicho. Es curioso su argumento, lo que quiere decir es que los judíos que se pierden, los que son enemigos de Cristo y de su gracia, no son realmente judíos (como ya afirmó en 2:28,29), que ellos aunque están dentro del pueblo judío nada tienen que ver con el provecho que trae ser hijo de patriarcas, y miembro de un pueblo adoptado como hijo de Dios y receptor de las promesas, que ha hecho un pacto con Dios. O que Dios le ha asegurado la constancia de su misericordia por medio de un pacto.
Digo que el argumento es curioso porque lo desarrolla como si tales judíos fueran descendientes de Esaú, lo cual según la carne no lo eran, y no de Isaac. La fuerza principal de su argumento la extrae de la doctrina de la elección, mencionada en el v.11. Dios eligió a Israel en lugar de Esaú.  Los elegidos sí alcanzan la salvación, los otros no, los que son espiritualmente más hijos del profano Esaú que de Isaac (11:7); alcanzan la salvación sólo unos pocos a los cuales llama “remanente (v.27). Este es el misterio de la perdición y salvación de Israel. Pablo no reposa su argumento sobre el mal comportamiento de ellos sino sobre la elección divina, para un lado o para el otro.
Una vez que les ha mostrado el ejemplo de Isaac y Esaú, explica la elección divina.  La doctrina de la elección la explica así: Dios  los que elige, los llama (v.11; lo cual es una reminiscencia de 8:30), y  a los que llama los justifica por la fe (v.11); a lo cual retorna en los versículos 30-32. Es importante notar que la enunciación de la elección no es solitaria, es parte de un complejo de doctrinas salvadoras que explican la ejecución del plan de Dios para la salvación de los pecadores. Nota que la elección no procede de una filosofía o ciencia humana; es un acontecimiento histórico-cultural dentro de Israel; y aparece sin hacer esfuerzo alguno para satisfacer la problemática intelectual que ella ocasione. No, para Pablo, las doctrinas son la forma de Dios obrar y la elección es eminentemente opuesta a las obras como se ve en el v. 11; y la reprobación no es una consecuencia de su selección sino un procedimiento activo dentro de ella y de su desechamiento, mostrado en Esaú (v.12).
El apóstol es un firme defensor de la elección y no halla en ella ni trazas siquiera de injusticia, como se supone por sus palabras que algunos pensaban (v.14). He ahí el asunto. El amor de Dios es libre, y libre de modo absoluto; y esa es la palabra que nos cuesta comprender si es que podemos aproximarnos intelectualmente a su comprensión. No queremos admitir que su única razón sea su voluntad sin nuestros deseos y limitada lógica, y sin embargo, la elección está en el centro mismo deslumbrante de su soberanía. Los dejo con esa palabra para que a su sombra meditéis en ella toda vuestra vida.

Observa de nuevo, que la autoridad que el apóstol usa para hablar así es la Escritura (v.15), y la interpretación que saca de ella excede a cualquier límite yéndose más allá de cualquier extremo concebible, para dejar mudo a los más acalorados disputadores de este siglo, “no depende del que quiere ni del que corre sino de Dios que tiene misericordia” (v.16). La misericordia no es un premio que se alcanza, no se logra por habilidad y fortaleza; y esto lo dice, según pienso entender, para deshacer “el ejercicio corporal que para poco es provechoso”, es decir, la elaboración de la salvación por medio de las obras. El gran problema del desechamiento de Israel es ése, la búsqueda de su fin en las obras y no en la fe (vv.30-32).
Pero si eso fue lo que pensó, lo pensó sólo por un momento porque inmediatamente no muestra ningún temor en enfrentar el espinoso razonamiento con respecto a la soberana decisión divina y aquellos que perecen (vv.18-24). Prosigue en la misma línea de la soberana elección para la salvación pero en sentido opuesto, al mismo nivel, y aún con un énfasis mucho más absoluto, sin parpadear, sin retroceder una pulgada, sin una gota de concesión, en el mismo espíritu del Dios Absoluto. Ni una palabra se halla en el texto para defender a Dios ante los filósofos; ellos no tienen el derecho de imputarle injusticia, no pueden pedirle explicaciones a su soberana elección. La afirmación  que “si Dios quiere puede salvar a todo el mundo porque nadie puede resistir su voluntad, nadie puede oponerse a sus propósitos” (vv.19,20), no la considera válida y en sumo grado no es bíblicamente explicable. Pablo razona como un súbdito del Dios soberano, y esa pregunta en todos los ámbitos de su reino, nunca tuvo lugar en sus labios.
Para Pablo, Dios es absolutamente soberano, y como la salvación depende enteramente de él, porque sin él nadie podrá salvarse, tiene que explicar la decisión divina de su elección y lo hace a través de la misericordia soberana. De nuevo enraíza su argumento no en la lógica griega sino en la revelación histórica de Israel y el levantamiento del faraón egipcio. Según Pablo, Dios no puede ser criticado por sus procedimientos y el que no esté de acuerdo tiene que “cerrar su boca” (3:19; y 9:20). Nadie tiene derecho a protestar cuando se trata de una misericordia soberana.
Jamás otro hombre ha ignorado tanto la sabiduría del mundo para establecer sus argumentos (v.14). No, no es injusto si aparece dentro de la revelación divina, si pertenece como parte de los hechos de misericordia de Dios para su pueblo. Su argumento parece extenderse y llevarse innecesariamente hasta una ilógica extrema, que “a quien quiere endurece” (v.18); no era necesario, no hacía falta, pero lo hace para aplastar cualquier protesta contra su soberanía y aparente arbitrariedad. Los que han sido educados dentro de los griegos y están fuera del pueblo judío no podrán estar de acuerdo con él, como usted y cualquier gentil; pero Pablo es completamente ciego para esa clase de sabiduría. La elección divina y la reprobación no pueden sacarse afuera de la revelación, tienen que pasar del AT al NT dentro de la Escritura, sin atender para nada las corrientes de pensamientos en Atenas. Filosóficamente inaceptable. Es increíble lo lejos que lleva su argumentación (vv.19-29), tratando a los hombres como vasos de barro, no como criaturas razonables hechas a la imagen divina; para decir lo mismo: ante la soberanía de Dios el hombre es nada, barro.
En su combate se vuelve  a quienes hablan y dirige sus palabras al hombre, para desplomar, desde su posición, el orgullo, la jactancia, la arrogancia y la vanagloria humana (vv.20-23). El hombre es tierra, es polvo, mísero barro por quien Dios se humilla al tenerlo en su mano. Nada de considerarlo igual que Dios, nada de tener en cuenta o pretender hacer valer sus preguntas y sus razones; simplemente no le concede derecho a criticar la elección para salvación y la reprobación. Primero, es imposible que un simple hombre tenga capacidad para juzgar a su Creador y segundo es demasiado indigno y espantosamente ingrato para hacerlo. ¿Quién te crees que eres, oh hombre, un dios? No eres más que barro, todos tus muy brillantes pensamientos salen de tu barro.

A Pablo no le importa lo que habla y en su vehemencia prosigue; y con su defensa parece más acentuar la arbitrariedad divina y la injusticia que su soberanía. Pero no ceja, continúa, Dios es siempre soberano y parece repetir, “de modo absoluto”, con el mismo lenguaje de la Escritura ¡Oh Pablo, con la lengua de la Sagrada Escritura!, que Dios crea el bien y la adversidad. Vierte las cosas en el lenguaje de la revelación y deja para la teología y para los intérpretes la apreciación que el hombre es el responsable de su pecado y actúa por su propia voluntad y no empujado por alguna influencia divina. En Pablo, Dios es Rey, y su teología es de fe y sumisión. Al hombre sólo le consta obedecer, humillarse y darle gloria. Jamás ningún filósofo cuerdo hubiera hablado así, sin embargo Pablo lo hace de modo que sus palabras puedan aplicarlas todos los santos a sus vidas cotidianas, aquellos que estiman la Palabra de Dios y en quienes Jesucristo es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos (9:5).
Ha sido un error y seguirá siéndolo, tratar de explicar la salvación y la reprobación fuera de los parámetros bíblicos y usando otro lenguaje que no sea el revelado e inspirado por el Espíritu Santo.  El apóstol habla para hombres que piensan, porque de lo contrario no hubiera escrito así, pero para hombres que deben subordinar la razón a la Escritura, y pensar y teologizar como siervos del Rey,  que se hallan por debajo, pero muy por debajo de su Soberano.
Parece sentir así: “pensad como queráis, hombres, que Dios es injusto y cruel, porque crea vasos para luego destruirlos, para exaltar su poder en aniquilarlos, que aunque él los haya formado para eso, como a Esaú y a faraón, sabemos que fueron ellos mismos los que buscaron su propia destrucción, porque el lenguaje de la soberana misericordia no lo convierte a él en un déspota injusto”.

Es necesario hablar tal lenguaje en nuestra predicación, en nuestra teología y aplicarlo en nuestra vida práctica, como siervos suyos, porque es el lenguaje de la fe, de la absoluta sumisión, (incluyendo la rebelde razón humana) y del Espíritu Santo. Amén.

lunes, 21 de diciembre de 2015

El primer paso no es aprender la Biblia y comenzar a practicarla sino creerla

ROMANOS 7:1-25
“Hermanos (hablo con los que conocen la ley), ¿ignoráis que la ley se enseñorea del hombre entre tanto que vive? Porque la mujer casada está ligada por la ley a su esposo mientras vive; pero si su esposo muere, ella está libre de la ley del esposo. Por lo tanto, si ella se une con otro hombre mientras vive su esposo, será llamada adúltera. Pero si su esposo muere, ella es libre de la ley; y si se une con otro esposo, no es adúltera. De manera semejante, hermanos míos, vosotros también habéis muerto a la ley por medio del cuerpo de Cristo, para ser unidos con otro, el mismo que resucitó de entre los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios. Porque mientras vivíamos en la carne, las pasiones pecaminosas despertadas por medio de la ley actuaban en nuestros miembros, a fin de llevar fruto para muerte. Pero ahora, habiendo muerto a lo que nos tenía sujetos, hemos sido liberados de la ley, para que sirvamos en lo nuevo del Espíritu y no en lo antiguo de la letra. ¿Qué, pues, diremos? ¿Que la ley es pecado? ¡De ninguna manera! Al contrario, yo no habría conocido el pecado sino por medio de la ley; porque no estaría consciente de la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. Pero el pecado, tomando ocasión en el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. Así que, yo vivía en un tiempo sin la ley; pero cuando vino el mandamiento, el pecado revivió; y yo morí. Y descubrí que el mismo mandamiento que era para vida me resultó en muerte; porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó; y por él, me mató. De manera que la ley ciertamente es santa; y el mandamiento es santo, justo y bueno. Luego, ¿lo que es bueno llegó a ser muerte para mí? ¡De ninguna manera! Más bien, el pecado, para mostrarse pecado, mediante lo bueno produjo muerte en mí; a fin de que mediante el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso. Porque sabemos que la ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido a la sujeción del pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo, pues no practico lo que quiero; al contrario, lo que aborrezco, eso hago. Y ya que hago lo que no quiero, concuerdo con que la ley es buena. De manera que ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que mora en mí. Yo sé que en mí, a saber, en mi carne, no mora el bien. Porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero; sino al contrario, el mal que no quiero, eso practico. Y si hago lo que yo no quiero, ya no lo llevo a cabo yo, sino el pecado que mora en mí. Por lo tanto, hallo esta ley: Aunque quiero hacer el bien, el mal está presente en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo en mis miembros una ley diferente que combate contra la ley de mi mente y me encadena con la ley del pecado que está en mis miembros.  ¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Doy gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor! Así que yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios; pero con la carne, a la ley del pecado”.



Esencialmente todo este capítulo es una defensa y prolongación de lo que dijo en el 6:14; una contundente defensa para los que no confían en las obras de la ley para la salvación sino en la gracia de Dios por medio de la fe. Compara el versículo anterior con 7:6, “de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra”. La palabra “régimen” es una interpretación del traductor y no aparece en las palabras de Pablo. Una traducción mejor sería “para que sirvamos en lo nuevo del Espíritu y no en lo antiguo de la letra”. Incluye la palabra “régimen” pero es mucho más amplio.
En la primera porción del 7:1-6 da un ejemplo, como una alegoría tomada del matrimonio. Mientras el esposo vive no le es lícito a la mujer tomar otro marido pero si él muere ella queda libre de su sincero voto matrimonial y puede casarse con otro varón. La alegoría consiste en que si un pecador ha muerto con Cristo en la cruz, si Cristo murió en representación suya y resucitó, cumpliendo todos los decretos y actas que eran contrarias (Col.2:14); ya está libre de cualquier obligación con la ley y de cualquier voto matrimonial que anteriormente hubiera hecho con ella. La sinceridad, obligación y fidelidad matrimonial con la ley quedan rotas al morir en la cruz. Los judíos para quienes habla (v.1), debían entender ese misterio. Muchos de ellos fallaban en hacer eso. No le daban ese significado a la muerte de Cristo ni identificaban al creyente de ese modo con la cruz. Pero el apóstol continúa alargando su argumento y pasa más allá de la comparación al poder de la letra de la Escritura en la vida del creyente. A mí me parece importante este asunto, para los que queremos vivir fielmente como enseña la Escritura. La leemos, la tenemos como palabra divina, inspirada por Dios. De ella extraemos el conocimiento para saber lo que es bueno y malo, lo que agrada a Dios y lo que no le agrada.  


Por lo que Pablo enseña, si leemos la Palabra y tratamos de obedecerla, fallamos. Por lo menos, lo que indica es que ese no es el primer paso, el primer paso no es aprenderla y comenzar a practicarla sino creerla; y al oírla ir por el Espíritu a Dios. El fin del mandamiento no es la obediencia sino la fe. En tiempos anteriores a la venida de Cristo la letra decía, “haz esto y vivirás”, pero ahora en el Espíritu, cuando el Espíritu de Cristo se derrama sobre toda carne, se dice más bien, cree esto y vivirás (Ga.3:10-12). La fuerza para cumplir la ley no la da ella misma ni la puede comunicar al que la lee sino la fe. La ley lo que hace es colocar demandas y grita con voz sinaítica, “¡has esto y aquello!” pero el lector no puede cumplir las órdenes aunque lo desee, “porque el querer hacer el bien está en mi pero no el hacerlo” (v.18). Ahí está todo el problema, el lector de la ley necesita un poder interno que no puede extraer de las páginas que tiene enfrente; y ese poder se lo da el Espíritu si se separa de la letra para obediencia y busca gracia, que es como se entrega el auxilio solicitado. Dice ¡ay de mí!, la Biblia está por encima de mí ¿qué hago?  Gracia, gracia, Espíritu, Espíritu. Te encuentras, entonces, que la función de la ley es presentar las cosas como están, (1) la imposibilidad humana para cumplir lo que se aprende de la Escritura (2) estimular el pecado, “pero el pecado, tomando ocasión en el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. Así que, yo vivía en un tiempo sin la ley; pero cuando vino el mandamiento, el pecado revivió; y yo morí. Y descubrí que el mismo mandamiento que era para vida me resultó en muerte” (7:8-10).  Por la lectura del libro de la ley el lector comienza a conocer su propio pecado y es estimulado a que se lo que quite pero cuanto más lo intenta más abundante se hace; se le vuelve “sobremanera pecaminoso”. Se lo estimula. La respuesta al “no hagas” de los mandamientos, es sí. El esfuerzo por limpiarse se lo reproduce y cuanto más empeño ponga en deshacerse del pecado más fortaleza le comunica con su esfuerzo. Luego, Dios que conoce todas las cosas, sabe esto, y envía la ley y reclama la obediencia para que el hombre se conozca a sí mismo que necesita un Salvador. Para sí mismo el pecado es persistente e infinitamente poderoso.  En ese sentido la Escritura no es el fin sino un medio para acercarnos a Dios. El sacar conocimientos de ella no es el fin sino el acercarse a Dios.
Nota que en su lucha interna por la santidad física, dispone de una mentalidad cristiana bien definida, “lo que aborrezco, eso hago” (v.14). En eso se ve bien que es un hombre sincero que trata de actuar a favor de la ley; que alumbrado por el conocimiento de la ley sabe lo que es bueno y lo que es malo, “pues yo no conocí el pecado sino por la ley” (v.7); pero no puede. Sabe mentalmente lo que es bueno y malo y se dispone a cumplir lo que el Señor le pide, “porque según el hombre interior me deleito en la ley de Dios” (v.22), “así que yo con la mente me deleito en la ley de Dios  mas con la carne a la ley del pecado” (v.25). Tiene dentro de él una problemática con tres aspectos: su mente, su voluntad y su cuerpo. El problema para él, se halla en su cuerpo, dentro del cual existe una ley perversa y rebelde que lo gobierna contra su mente, “pero veo otra ley en mis miembros” (v.23). Cuando dice “veo” quiere decir “siento”, y por ley quiere dar a entender una fuerza compulsoria que lo obliga a actuar como no quisiera hacerlo. Pablo no está citando ningún texto de la Escritura para afirmar todo eso sino su propia experiencia cuando quiere cumplir la ley.  Es la experiencia de un fariseo sincero, convertido a Cristo.  En sus devocionales podría decir: “Oh Señor qué bella es tu ley, cuánto te amo” y con placer continuar leyéndola. Inclusive, podría hablar, enseñar, escribir contra el pecado, sinceramente; pero sin poder para vencerlo.
Comoquiera, para Pablo la imposibilidad que siente para poder cumplir los deseos de Dios se genera en su cuerpo “porque mientras vivíamos en la carne, las pasiones pecaminosas despertadas por medio de la ley actuaban en nuestros miembros, a fin de llevar fruto para muerte” (v.5); “pero veo en mis miembros una ley diferente que combate contra la ley de mi mente y me encadena con la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (vv.23,24).
Su problema no es mental sino corporal. Aquí “cuerpo” y “carne” o naturaleza humana es lo mismo. Un cuerpo biológicamente desobediente a la Escritura. Esa es la fatal realidad del ser humano: su cuerpo pecaminoso que actúa poderosamente contra las buenas resoluciones mentales y fuerza la voluntad para cometer actos que si no se hubiera estado bajo semejantes presiones internas, no se hubieran cometido ya que  luego pesan.
Muchos han descubierto que en el cuerpo y particularmente en la mente carnal, se halla el problema de la mala inclinación hacia el mal; pero han errado tratando de castigar el cuerpo para forzarlo a obrar el bien. El remedio para desobedecer la ley corporal no es físico sino espiritual, pero no por medio de la espiritualidad de la demanda y los mandamientos (v.14) sino por lo espiritual, mucho más abarcador, el Espíritu Santo. Desecha como inútiles los remedios religiosos aplicados al cuerpo para aplacar sus pasiones, “tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne” (Col.2:23). Ni tampoco la voz de la obediencia a la Escritura, porque las pasiones pecaminosas se fortalecen con la ley (v. 5).
El cuerpo tiene que ser entregado como propiedad del Espíritu Santo y dejado a su administración. La tarea del creyente que quiere santificar su cuerpo es entregarse a las palabras del Espíritu y a fortalecer su fe: orar y buscar sermones. Es un error tratar de obedecer lo que pide Dios quitándose esto y lo otro, haciendo esto y aquello, o esto sí y lo demás no. Se lee o se oye la “palabra de fe predicada”, y se procura creerla y de esa fe, cuando llene el corazón, brota como un manantial poderoso, las buenas obras y la capacidad para someter el cuerpo y colocarlo en la servidumbre de la fe y del Espíritu Santo.


¿De quién habla aquí, del cristiano que lucha con la carne o del inconverso? Pablo habla con los que conocen la ley (v.1); es decir, con los que quieren cumplir la ley de Dios. No está hablando para los paganos cuyas conciencias están corrompidas, ni para los idólatras que no conocen a Dios o para la gente maldita que no sabe su ley. No, sino para aquellos que “desde la niñez han aprendido la Escritura” o para los que siendo adultos se han hecho prosélitos judíos. Se dirige a personas que lo mismo que él tienen de qué gloriarse en la carne (Flp.3:4) y que tratan de alcanzar la promesa por las obras de la ley (Ro.9:30,31). Estas son palabras para la salvación. Aclaro que son dirigidas a judíos cristianos que se congregan en la iglesia romana y están bajo la influencia de doctores de la ley y de aquellos que piensan que para ser salvo, aunque se crea en Cristo, hay que guardar la ley dada por Moisés. Eso quiere decir que son aplicables tanto a los que buscan la salvación como aquellos que ya se encuentran en Cristo, y su análisis sirve tanto para uno como para otro. Ya sabes, el primer paso no es aprender la Biblia y comenzar a practicarla sino creerla. No es hacer sino creer, estar bajo la gracia y al cuidado de la misericordia de Dios.









sábado, 19 de diciembre de 2015

Orando no a la virgen María sino con la virgen María

Lucas 1: 38
"Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra".

  1. Señor danos semejante disposición para cuando oigamos cuál es tu voluntad en nuestras vidas, la de José y la mía, que no nos parezca que es poca cosa o insignificante, pero que tampoco, si es sublime y privilegiada, sepamos enfrentarla, porque la sombra de tu Espíritu nos cubrió y si nos calumnian que lo hagan, tú tienes todas las explicaciones.
  2. Hemos orado que tú ordenes nuestros caminos, que no temamos andar por donde nos llevan tus pasos (Sal.37:23; 119:132), a Nazaret, a Belén, a Egipto, que no seamos impacientes para apurarnos, ni miedosos para continuar. Si la carpintería no da más que no dé más, viviremos conforme provea tu providencia. Si nos quedamos sin clientes, otros vendrán.
  3. Oh Dios que no menosprecie el día de las pequeñeces; que tu voluntad sea mi deseo, mi ilusión, mi energía. Pase lo que pase soy una mujer bienaventurada. Señor si llego a pensar falsamente, perdóname porque todos los pensamientos que salen de la incredulidad, son mentiras. No tenemos ni siquiera para ti, sino dos tórtolas y dos palominos mientras otros tienen corderos y becerros. No sienta yo celos ni envidia por lo que otros tienen. Ellos mucho dinero y yo y José la sombra de tu Espíritu; más bien debieran envidiarnos.
  4. Haz conmigo conforme a tu palabra, me iré a la montaña a casa de dos amigos que me comprendan y me consuelen. No esconderé mi vientre ni daré explicaciones a los preguntones. No tengo cuna, ni pañales, ni biberón para mi criatura. ¡Qué pobre somos Señor! No sea yo ingrata ni inconforme con lo que sea, lo que tenga o no tenga, dondequiera y comoquiera. Una estrella siempre tendré sobre mi casa.

Tal vez he hecho orar a María como una de nuestras hermanas, en cualquier parte del mundo lo haría. Cualesquiera que hayan sido los momentos y circunstancias que vivía, mirado su pasado, aunque una espada traspasó su alma, todo le salió bien conforme a la voluntad de Dios, y el Dios que la puso en aprieto la llevó a lugar espacioso, y no fue trasladada al cielo viva pero encaneció y murió reuniéndose con la iglesia de Su Hijo.
Pudiéramos unirnos esta Navidad con ella, mirar su pesebre, su estrella, sus amigos pastores y admirables magos, no temerle al matón Herodes, ni viajar al extranjero por su culpa, cualquiera que sea el destino de esta Navidad, seremos bienaventuradas, mujeres y hombres. Repasando lo que hemos vivido, tenido o perdido, insomnios y reposos, paz y sobresaltos, guardamos todas esas cosas meditándolas en el corazón, y quizás de forma particular con la madre del Señor podamos decir, hágase conmigo  conforme a tu palabra.


viernes, 18 de diciembre de 2015

Navidad y santa cena en Pablo

2Corintios 5:16

“De manera que nosotros de ahora en adelante ya no conocemos a nadie según la carne; aunque hemos conocido a Cristo según la carne, sin embargo, ahora ya no le conocemos así”. 

No son dos cristos, uno judío y otro gentil o griego, uno histórico y otro glorificado, sino que está pensando en su salvación y su mal juicio, el carnal, de Cristo y los cristianos, y como esas cosas cambiaron, pasaron, cuando fue reconciliado con Dios. Pablo en sus cartas cita muy poco la tradición histórica de Jesús, apenas hace referencia a cualquiera de los evangelios; para él Jesús de Nazaret fue el encargado de cumplir la ley; el Cristo que conoció fue el resucitado, el que estaba investido con la gloria de Dios; para este apóstol la historicidad de Jesús es importante, interesante, necesaria, pero el desarrollo de su cristología se centra más en su obra que en la vida humana del Mediador. Pablo no fue del grupo de los doce y no anduvo con Jesús antes de su resurrección; el contacto fue con su secta, con sus discípulos, a los cuales consideraba adversarios ideológicos del judaísmo, blasfemos. Por una parte este orden histórico de su salvación y por la otra su ministerio a los gentiles hicieron, cuando aplicó la obra de Cristo en la cruz a la vida griega y romana, repito, fueron determinantes para completar su cristología y tener una visión clara del panorama divino y de la historia de la redención del hombre. Pablo no se sentía inclinado a mencionar a Jesús según la carne, al hijo de María, a la cual él le llama “mujer” (Ga.4:4,5); ni siquiera menciona el nacimiento virginal; para él, el meollo de la venida del Hijo de Dios al mundo fue reconciliar al hombre con Dios. Eso  no quiere decir que porque no  hizo uso de esos eventos históricos no los conociera o no los creyera, todo lo contrario. 
En realidad aunque la vida de Jesús según la carne es importante porque revela su carácter como hombre, y cuenta cómo se ciñó a la ley para cumplirla, ese conocimiento no es suficiente para la salvación, todos los historiadores la escriben,  a menos que se relacione ese conocimiento con lo sucedido en los últimos días, desde que fue detenido hasta que murió y resucitó. Los hermanos de Jesús, ni María, mencionaron su nacimiento virginal, y Jesús no dijo que celebraran la navidad sino la santa cena. Si ama a Jesús y no discute si es una fiesta pagana, si se goza en familia por estas fechas, le deseo feliz navidad. Y si alguno quiere contender sobre estas nimiedades  yo no tengo tal costumbre ni las iglesias de Dios, como diría el mismo Pablo.

martes, 15 de diciembre de 2015

Sean cuales sean los obstáculos, se pueden vencer

Romanos 4:13-19
“Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe. Porque si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe, y anulada la promesa. Pues la ley produce ira pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión. Por tanto, es por fe para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley sino  también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros, (como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida  los muertos, y llama las cosas que son, como si fuesen. El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara”.  

SALTANDO OBSTACULOS
¿Has leído eso que la ley produce ira? (v.15). Este punto es importante para la argumentación del apóstol oponiéndose a la justificación por la ley. Si ella produce la ira divina, ¿cómo podrá alguien justificarse con algo que le enoja? Vea como se explica eso. Si alguien oye la ley y la escucha atentamente abriéndole sus oídos y corazón, suponiendo que vaya a darle obediencia a esos mandamientos y ordenanzas, al poco tiempo transcurrido se dará cuenta que no puede cumplirlos, por una razón, es muy débil y las demandas son muy fuertes; aunque sienta deseos de hacer lo que se le pide la voluntad no acompaña y acaba por no hacerlo más. Pero no queda eso ahí sino que como en sí misma es represiva, prohibitiva, aflige la carne, lo encierra todo bajo pecado y como si le pusiera un freno o un cabestro para acercarse a Dios. Lo que hace es revivir el pecado, despertarlo y lo que se hallaba escondido saca su cabeza y lo subyugado se enfurece y domina. Naturalmente, la persona se pone peor tratando de cumplir la ley más que mejorarse, aunque sus actos no lleguen a ejecutarse, para sí misma se percata que ahora es peor y no mejor. O sea, se ve como ella misma es y se muestra a sí misma como en un espejo. La represión por la ley hace crecer el pecado y trae como consecuencia que la ira de Dios aumenta. Más pecado más ira que se acumula. Los que quieren justificarse por la ley lo que hacen es enojar más a Dios, es imposible por medio de ella agradarle. Cualquier pretensión es hipocresía. Entonces dirás: ¿Para qué la dio pues?” Eso lo responderemos al llegar al séptimo capítulo.
¿Qué quiere decir que, donde no hay ley tampoco hay transgresión”? (v.15). ¿Que si alguien no oye la ley no peca? No. Aunque una persona no oiga en toda su vida ni un solo mandamiento, aunque no se le juzgue por ellos, perecerá de todos modos, siempre la violará. Pero Pablo habla como hombre y acomoda su lenguaje a las leyes civiles. Si no hay una ley que condene el robo, si alguien roba no será sancionado, pero robó. El hecho de haber delinquido permanece, violó la ley divina aunque no la conozca. Su pensamiento es éste: Si una persona está tratando de justificarse por las obras, se halla bajo su ira no bajo su amor, sus esfuerzos más bien lo condenan y lo convierten en un transgresor. Mejor fuera que no tratara de justificarse por las obras, que desconociera la ley divina que conociéndola buscar la salvación de su alma fuera de la fe.
Con estas palabras: “como está escrito: te he puesto por padre de muchas gentes, delante de Dios a quien creyó, el cual da vida a los muertos y llama las cosas que son como si fuesen” (v.17). Cuando Abraham creyó tenía casi cien años (v.19), lo cual representaba una gran dificultad biológica para el cumplimiento de la promesa, un obstáculo natural. Si hubiera mirado su cuerpo, “considerarlo” atentamente, sus arrugas, su desgaste, su andar lento, más próximo a la muerte que a la vida, hubiera exclamado que era imposible que de sus lomos saliesen pueblos y reyes. ¿Cómo puede un árbol seco reverdecer y echar frutos en tanta abundancia? Pero el patriarca no consideró los obstáculos, ¡Ay como debilitan nuestra fe los cálculos, y los obstáculos que vemos en el camino! Dios le había dicho: “te he puesto por padre de naciones”, como si ya lo fuera, pero aún no tenía ni un hijo. Y lo fue. Pablo lo que hace es explicar el uso del verbo en pasado. No hay futuro para el Dios eterno. Basta que quiera algo y ya existe, lo que no existe aún lo nombra como si ya existiera, lo que no está en el tiempo como si hubiera entrado en él. Eso es indudable que lo dice para exaltarlo a él y animar la fe nuestra.


Y ¿cuándo uno puede saber que actúa por fe y no por imprudencia o fanatismo? Pienso que cuando lo que vamos es a creer alguna promesa divina, algo que se nos ha prometido. Si uno cree algo que él no ha prometido, no tiene por qué cumplirlo. La fe tiene que fundamentarse en la Palabra de Dios no en un capricho. Ese es el primer paso. Una vez comprobado eso los obstáculos ni siquiera se consideran, sean cuales sean se pueden vencer, no existen. La fe llama lo que es como si no fuera. Lo natural, lo lógico, no tiene validez alguna si contradice la palabra de Dios. Lo que dice el apóstol enseña que los obstáculos debilitan la fe, “no se debilitó en la fe” (v.19). Siempre ese ha sido el error nuestro, considerar los obstáculos y hasta al visualizarlos agrandarlos. Uno no tiene realmente fe hasta que no tiene nada en qué apoyarse que no sea la misericordia y la Palabra de Dios. Dios abate todo otro punto de apoyo. Y esos son momentos desagradables y mucho miedo. Si se ponen los ojos en los obstáculos, se pasa por ser natural, sensato, sabio, pero incrédulo.  

sábado, 12 de diciembre de 2015

No leeré libros, ni visitaré blogs cómplices con esta época

Romanos 3:5-8
“Y si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué diremos? ¿Será injusto Dios que da castigo? (Hablo como hombre.) En ninguna manera; de otro modo,  ¿cómo juzgaría Dios al mundo? Pero si por mi mentira la verdad de Dios abundó para su gloria,  ¿por qué aún soy juzgado como pecador?  ¿Y por qué no decir (como se nos calumnia, y como algunos, cuya condenación es justa, afirman que nosotros decimos): hagamos males para vengan bienes?”.

LO QUE SE VE ES OPUESTO, ES INVOLUCION 
Pablo predicaba un evangelio en términos muy elevados y lo exponía a sabios y no sabios para que le dieran consideración; y estaba estructurado para resistir el análisis de ellos, y aceptaba el desafío intelectual. Por supuesto que para cambiar el mundo hay que desafiarlo, sintiendo hondo y pensando alto. Comenzó afirmando que la infidelidad de ellos no anuló la fidelidad de él, ni las mentiras de ellos opacaron su veracidad. Pablo ve en el contraste algo más, que el pecado humano forma como un fondo oscuro que hace resaltar el relieve de quién es Dios, como si la noche humana ayudara al resplandor de su luz.
Dios siempre es glorificado, tanto cuando decimos la verdad como cuando mentimos. No porque ser infiel o mentiroso sea bueno. Cuando somos atrapados en los pasos de la infidelidad, cuando rompemos su pacto y quebramos su ley, cuando somos hallados fraudulentos y engañadores, pecamos y deshonramos su nombre y hacemos que los que no le conocen se confirmen en sus pecados y lo blasfemen. Sin embargo, Dios es glorificado. Esa es la sustancia del v.5,  “y si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios. ¿Será injusto Dios que da el castigo?”. Es una calumnia a nuestra teología decir que “hagamos mal para que vengan bienes”. Tienen una teología muy somera los que piensan que Dios solamente es glorificado por su gracia, dando perdones, conmutando penas; también es glorificado cuando castiga con merecido juicio.
El razonamiento de sus contemporáneos  era de este modo: “¿será injusto Dios que da castigo, cómo juzgará Dios al mundo? Si mi pecado glorifica a Dios, como tú nos has dicho, que el fin de cada hombre es glorificar su Nombre, creemos que ya lo estamos haciendo aunque vivamos en impiedad, y no debiera castigarnos por lo que ha traído su gloria”. Pablo (Hch.26:28), instruía la iglesia  en eso de glorificar el nombre de Dios en todo, y les enseñaba que todo en este mundo le glorifica incluyendo el mal. Aun los sinceros erraban porque miraban solamente la gloria de Dios en el perdón por la gracia y la fe, no por obras buenas o malas. Alguien pudiera hacer derivaciones equivocadas, como hacen con su doctrina de la elección eterna y la predestinación, para detener el interés  misionero y que se estime que es mejor dejar al hombre en impiedad y no ir a rescatarlo de la condenación porque de todos modos en el infierno le glorificará; y peor todavía por añadidura, que la doctrina centrada en la gloria de Dios, provee una excusa para endurecerse porque hace que se piense que si los pecados glorifican a Dios entonces aunque se viva dominado por ellos, pueden contar con la bendición de Dios a sus vidas.
La voluntad compasiva de Dios es ser glorificado en su gracia y no en su justicia y la prueba es lo mucho que siempre ha dilatado el castigo de sus enemigos. Si un pecador cualquiera escoge glorificar a Dios a costa de enfrentar su justicia ¿no es una prueba que ya está condenado? ¿Quién se tomará el trabajo de defenderlo? Los irónicos con sátira decían que “hagamos males para que vengan bienes” (v.8). Como a ellos nunca les importaba la gloria de Dios no podían entender lo que aquel hombre enseñaba y lo que oían lo retorcían completamente cambiándole desde el fondo su significado. La doctrina de la gloria de Dios no puede conducir a semejante retorcimiento y esperar que Dios bendiga a los que tiene que castigar por el hecho que al aplicarle el castigo su justicia sea ensalzada.

Si alguien hace resaltar el evangelio por su incredulidad, la santidad divina por sus impurezas, la fidelidad divina por su infidelidad será castigado, y no podrá ser  injusto Dios que da el castigo porque nada tiene que agradecer a los que resalten su justicia con injusticia. El juicio del mundo viene (v.6) y no hay ningún perdón ni salvación para los que exaltan la justicia de Dios recibiendo sus castigos (v.7),  ni  modo de esperar la bendición o la indulgencia si se vive en pecados, porque la ley dice que los que hacen males no recibirán bienes. El púlpito y la literatura de Pablo desafiaban las corrientes más fuertes de  la época. Yo no leeré  los libros ni oiré sermones, ni visitaré los blogs que les hagan guiños de cobarde complicidad a los enemigos de Pablo, y no dicen “gloria a Dios en las alturas” sino con otro evangelio antropocéntrico, gloria al yo en las alturas.

  1 Juan Mayormente el contenido de esta carta, si es que a pesar de la repetición de asuntos, se puede considerar de esa manera y no como...