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domingo, 16 de febrero de 2020

Cuida tu dignidad

“Y a los ángeles que no conservaron su señorío original, sino que abandonaron su morada legítima, los ha guardado en eternas, bajo tinieblas para el juicio del gran día” (JUDAS 1:6).

La palabra dignidad no está en el original, pero sí implicada; la que se usa significa principio, origen, comienzo, e indica una posición, digna por supuesto. Tu dignidad es algo que tiene que importarte mucho; o como dice más bien el texto tu preeminencia, origen, tu primer lugar. Las dos palabras están relacionadas, pero la dignidad es más que el testimonio o la reputación, que ya es mucho, demasiado decir. El uso bíblico de la palabra tiene que ver con la obra de gracia.
Eres digno por la posición que has ocupado como resultado de la gracia de Señor. Lo que hizo que el diablo perdiera su dignidad fue el pecado. No hay otra cosa. Cuando el diablo perdió su dignidad arrastró con él a millares de otros ángeles que lo admiraban y confiaban en él. Cuando un venerable hermano pierde su dignidad, en su caída se lleva con él a otros. Cuando un padre o una madre pierde su dignidad, sea una parte o casi toda, el daño no lo reciben sólo ellos sino los hijos también. Es una gloria que les quitan. Aun ellos ya no son mirados como antes. Ya no les ciñe las sienes la aureola patero-maternal. Quizás se les compadece pero eso ya es otra cosa. La dignidad es una posición correspondiente a un estado de salvación. Esa dignidad es la posición que ocupas en tu “propia morada” (habitación o casa), la cual si la pudieras abandonar perderías tu salvación.
Por eso debes guardar tu dignidad, que debes completamente al evangelio (Apc. 3:4). Mientras más digno seas, más celoso tienes que mostrarte por tu dignidad. Hay ejemplos en la Escritura para advertirnos solemnemente a ser guardián de tu dignidad: Los ángeles y Judas; lo que pasó a aquellos también le ocurrió a éste (Hch. 1:25). Si estrictamente dicho, perdieras tu dignidad, perderías tu misma salvación. Como la salvación no se pierde, el que pierde su dignidad tiene que resignarse a vivir sin la gloria de Dios que lo envolvía, y no tiene otro remedio que esconderse todo lo que pueda detrás de sus delantales de hojas de higuera. En fin, borrar su nombre todo y existir en el anonimato.
Si los ángeles no fueron perdonados al dejar su dignidad, no lo serías tú tampoco (2 Pe.2:4). Jesucristo ha comenzado una buena obra en ti; guarda eso. Con tu salvación has empezado a vivir un estilo de vida cristiana correspondiente con esa dignidad; se trata de tu “primer amor” (Apc. 2:4). Guarda todas esas cosas con temor y temblor. En cuanto a las prisiones de oscuridad, la palabra no indica necesariamente estar detrás de rejas sino engrillado, encadenado; y eso se corresponde espiritualmente bien con el estado de los demonios e impíos, están presos en sus vicios, codicias y dentro de sus concupiscencias.
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sábado, 15 de febrero de 2020

Tu misión en este mundo apague el fuego de tus pasiones


1 CRONICAS 28: 9,10
“Y tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario; porque Jehová escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos. Si tú le buscares, lo hallarás; mas si lo dejares, él te desechará para siempre”. “Y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario”. 

“Hijo mío no sirvas a Dios por fuera como hacen los hipócritas, trata de tener el corazón más puro que puedas; dentro de él siempre hallarás la posibilidad de convertirte en un apóstata. Dios te sostenga con la visión con que viniste a este mundo y el objetivo para el que fuiste elegido, hazlo con deseos (como sugiere la palabra). Sea la visión de mi misión en este mundo la que apague el fuego de mis pasiones, etc. Dios está al tanto de tu vida eterna y listo para arreglártela, avivarla y corregirla. Mira la obra que Dios te da para que hagas, haz tuyas estas palabras a Salomón “esfuérzate y hazla”, según el modelo del carácter de Dios

domingo, 9 de febrero de 2020

Sal del gabinete del psiquiatra



"Entonces, cuando habían acabado de desayunar, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Pedro le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Apacienta mis corderos".

Todo esto para sanarlo espiritualmente y para confirmar su llamamiento; Pedro, herido y maltrecho por su negación del Señor, había decidido ponerse a un lado y no mencionar ni acordarse (como Jeremías) más de su Nombre. Nota que Jesús no inició un proceso de recuperación psicológica, aunque su mente tenía que estar terriblemente afectada por su pecado; no inició con él un programa de asimilación de la experiencia vivida, algún modo para ir sacándolo poco a poco del cisma emocional donde había caído, para retornarle su "autoestima", el sentido de su valor y su confianza en sí mismo. Así en parte es como obra la consejería humana. Pedro no ingresó a ningún programa de esa clase, no pasó por ninguna de esas etapas de sanidad de su personalidad ni progresiva evolución de sus conflictos, sino que como un todo se puso en pie, instantáneamente dejó atrás su pasado y todo lo que hubiera podido conseguirse con un prolongado tratamiento de hombres él lo recibió en sólo unos instantes de conversación personal con Jesús.

Si miras atentamente la conversación verás que ni siquiera se hace mención del pecado, el Señor Jesús no necesitaba una información "catárquica" de lo que a Pedro le pasó y por su parte, Pedro conocía que el Señor lo sabía todo y que no hacía falta un recuento de los sucesos. Jesús no sometió la mente de su amado apóstol a ningún interrogatorio para que él "descubriera su problema" porque lo conocía bien, sólo le preguntó por tres veces que si lo amaba; y él por su parte lo afirmó las tres veces. No hay que hablar más de lo que pasó hace unos días o unos años; no le pide que traiga a la memoria su falta porque viéndolo llorar ya lo había perdonado, por ello no le pide una serie e infinita sucesión de confesiones. No es la autoestima lo que trata el Señor que Pedro recupere, sino su sentimiento de utilidad, su vocación, la convicción de que todavía podía ser útil y por medio de eso, la autoestima, si fuere necesaria, se adquiere. La inutilidad es uno de los mayores sufrimientos del que ha pecado contra el Señor. No obstante, no fue por medio de su utilización, o su vocación reanudada, que Pedro se recupera, sino por medio del amor al Señor. No es una recuperación eclesiástica sino espiritual, no por medio del regreso a un cargo.

Amar al Señor, sentirse amado y que aún se es de provecho, es la solución para el que ha pecado. El que ama se siente amado, perdonado y feliz. Esa es la enorme garantía de no volverlo hacer, amarle más que al mundo, más que a todo, siempre en primer lugar.  El amor a Cristo no es el medio de la salvación, pero es el centro mismo de la vida cristiana, la sustancia y el perfume que la llena toda, la fuerza motriz de todas nuestras acciones, su meta diaria, su combustible eterno. Jesús le dijo a Pedro: ve y mira a los hermanos de frente, en sus caras, sin avergonzarte, pastoréalos. Esto para vencer en Pedro su sentimiento de vergüenza y culpa. "No tienes que sufrir constante vergüenza ni que te taladre la culpa por un pecado que ya te he perdonado". Si conocer el perdón de Dios no termina con la crisis mental, las psicologías humanas lograrían solamente crear muchas disculpas que alivien y adormezcan la conciencia, y en ese caso se irá muriendo la fe y desapareciendo el testimonio, a no ser que se salga del gabinete del psiquiatra y se entre pronto en la recámara personal y se le cuente a Dios a menudo las cosas que no le dejan vivir ni dormir tranquilo.

miércoles, 5 de febrero de 2020

La regla de oro no tiene promesa


MATEO 7:12
“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas”.

Este versículo se ve bien claro que se halla fuera de lugar, y los que dividieron la Biblia en porciones hicieron mal en dejarlo unido al anterior con el cual nada tiene que ver. Si yo le fuera a buscar alguna colocación la hallaría junto al v. 48 del capítulo cinco. Representa la llamada "Regla de Oro", que brilla por sí misma como una máxima separada del resto. Quizás se deba a eso, que por su contenido fue memorizada y practicada por todos aquellos primeros discípulos de modo que era la síntesis del amor al prójimo que Jesús les había pedido tener.
Trátalos, no estás arando en el mar. Cualquiera que sea el sector de la vida cristiana que se explore, la Regla de Oro convertida en pregunta hacia uno mismo, por su valor no tiene comparación. Si yo fuera a pedir a alguien sabiendo que tiene, ¿me gustaría que me lo negara? ¿Me gusta que siempre me estén mirando la mota de mi ojo? ¿Me gustan las respuestas ásperas?
Pero fíjate que Jesús no dice que no hagamos a los hombres lo que no quisiéramos que ellos nos hicieran, más bien dice que lo que queremos que nos hagan; hacerlo. De modo positivo no negativo. La regla es presentada no para reclamar o exigir un trato justo y afable de los demás sino para conceder y entregar un trato aceptable. Lo importante no es cómo te tratan sino como los tratas a ellos, y esto está condicionado no por la calidad de trato que ellos te darán, que puede ser indiferente, injusto, opaco y frío, sino por la calidad de trato que tú quisieras recibir.
La mayoría de la gente condiciona su trato con el prójimo a la inversa de como lo mandó Jesús, tratan según son tratados, si bien, bien, si mal, mal; esa regla lo que hará es llevar a la humanidad en retroceso, y los hombres no incitarán a los otros a un cambio, sino haciendo crecer el odio y las rencillas. La indiferencia se retribuye con un saludo afectuoso, la ira con la palabra suave, la maldición con la bendición, el odio con el amor. No debiéramos perder la esperanza que nuestros actos terminen por corregir la conducta de los malos prójimos, aunque nos parezca que es inútil y que estamos arando en el mar.
El buen trato pudiera o no cambiar a nadie. Invariablemente la Regla del Señor debe seguirse porque de todos modos, no hay ninguna promesa de que nuestros actos nobles harán cambiar al otro, y si él no colocó ninguna promesa al respecto tampoco debemos esperarla. Quizás por eso desistimos del buen trato porque inconscientemente aguardamos una transformación del que se beneficia de nuestra conducta, y si no ocurre nos defraudamos y cambiamos nuestro modo de ser y nos alejamos.
Tal vez no actuemos en contra suya pero dejamos de hacerlo a favor suyo, y la persona en cuestión es alejada de nuestro servicio y desterrada de nuestros afectos, y condenada a un desconocimiento indiferente. Realmente es sólo una forma de vida de amor al prójimo la que Dios quiere mostrar al mundo, y eso basta. No es para evangelizar, no es el evangelismo, sino el respaldo de nuestro esfuerzo misionero. No pidamos a los demás que nos traten a nuestro gusto, tratémosles como quisiéramos que lo hicieran. Aunque para dentro del corazón digamos "no me gusta el trato que me das", también añadamos esta resolución "pero te trataré como me gustaría que tú lo hicieras conmigo". La Regla de oro viene sin promesa para ganar al mundo, pero sin ella no se puede ganar al mundo.

  1 Juan Mayormente el contenido de esta carta, si es que a pesar de la repetición de asuntos, se puede considerar de esa manera y no como...