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viernes, 6 de junio de 2014

Cómo se urdía la destitución de un pastor



Salmo 56: 6
“Atacan, se esconden, espían mis pasos”. 

¿No has tenido esa experiencia en tu ministerio, siervo de Dios? Los perversos y malos que por muchos años han dominado la iglesia antes que tú llegaras se reúnen sin ti, escondidos en casa de alguno y allí hablan de los otros hermanos y a quienes quieren sumar a la rebelión que planean y a quienes obstaculizar y evitar, los que sostienen tu vida. Miran atentamente con quienes hablas, a quienes sonríes, en quienes confías, las palabras que dices, cómo te vistes, lo que recibes como salario, lo que predicas, cómo predicas, pero todo eso no para tomar buen ejemplo para sus almas sino para inventar rumores en contra de tu ministerio. No te preocupes, ten fe, no irán adelante, serán dispersados, lucharán contra ti pero no te vencerán. Sufres pero Dios esconde en su libro tus lágrimas y las deposita como perlas dentro de su corazón (v. 8). Algún día sabrás como el viento los arrebató como a tamo. El viento del tiempo y las ocasiones. Y te contarán los fieles sobre aquellas reuniones secretas y cómo urdían tu destitución. En fin de cuentas dieron coces contra el aguijón. Lamentarán y quizás quieren que regreses. No vuelvas, capítulo cerrado. Que se arrepientan con tu perdón está bien, pero sin tu regreso. El castigo, aparte de las consecuencias, les será tener siempre abierta en sus memorias las heridas de tus recuerdos.

No te enamores de las grandes ciudades, ora por ellas

Salmo 55:9-11
Destrúyelos, oh Señor; confunde la lengua de ellos;
porque he visto violencia y rencilla en la ciudad. Día y noche la rodean sobre sus muros, e iniquidad y trabajo hay en medio de ella. Maldad hay en medio de ella, y el fraude y el engaño no se apartan de sus plazas”.


He visto violencia y rencilla en la ciudad”. ¿De qué ciudad habla aquí, de la antigua Sodoma, de  la capital de los sirios, Damasco? ¿De Tebas en Egipto, de Gaza en Filistea? ¿O de las modernas Miami, New York, Ciudad Méjico, Los Ángeles, Madrid, Londres o Montevideo? No, está hablando de la ciudad de David, la ciudad amada, del gozo de Dios donde puso su residencia en el monte Sion, el orgullo religioso y arquitectónico de todo israelita (Sal. 48:12,13). Sí, Jerusalén, la llamada “Ciudad Santa” la que se ha llenado de tantos pecados; sobre ella cayeron los caldeos y la redujeron a escombros, sobre cada una de sus piedras lloró Jesús, lamentándose que no había conocido “el día de su visitación” y sería de nuevo derribada hasta el infierno. En ella, afuera, murió el Salvador, resucitó y ascendió al cielo. A ella amó Cristo y ordenó a sus discípulos que comenzaran a evangelizar a sus ciudadanos, los que lo habían crucificado (Hch. 1:8).
 
¿Por qué quieres, para qué quieres vivir en la ciudad y no en las aldeas, en el campo? ¿Por qué prefieres la urbanización de una metrópolis en vez de la vida rural? ¿Por qué se aglomeran los pueblos en las grandes ciudades, qué buscan dentro de ellas? No hay ninguna ciudad santa, ninguna ciudad donde se viva por las leyes de Dios y la contaminación ambiental de ellas no es tan grande como la espiritual y moral donde apenas se puede respirar un poco de aire puro. Se hallan las mismas cosas que en las antiguas y un poco más, porque en ellas radican los aborrecedores de Dios y los  inventores de males (Ro. 1:30): drogadicción, violación, engaños, robo, secuestros, etc. En ese ambiente la iglesia vive y la iglesia testifica. Las metrópolis presentan más peligro espiritual que las zonas rurales. El diablo anda por lugares secos, pero no vive en los lugares secos y apartados. Oh Señor fortalece tus iglesias en las grandes ciudades, llénalas con tu Espíritu, bendice la obra urbana y que cuando digamos: “Vayamos hasta aquella ciudad y traficaremos y ganaremos” (Sgo. 4:13), no pequemos, no nos enfriemos, no pertenezcamos a ese mundo, no nos materialicemos, no nos corrompamos. ¿No afligimos nuestra alma justificada al ver la conducta nefanda de nuestros ciudadanos? (2 Pe. 2:6-9). ¿No lloraremos por ella como Lot dentro de Sodoma? ¿No intercederemos ante Dios por la salvación de ellas como Abraham, que trataba de salvarlas con sus oraciones? ¿O nuestro corazón se enamora de sus vanidades, de sus modas, de sus adelantos y tecnologías, de sus teatros, de sus cines, de sus calles llenas de comercios y sitios prohibidos para un santo? ¿O se enardecerá nuestro corazón como el de Pablo cuando miraba Atenas entregada a la idolatría? ¿Amamos tanto las ciudades como para clamar a Dios por ellas y trabajamos incansablemente para salvarlas? (Hch. 17: 16) ¿No nos es una carga sus crímenes, sus asesinatos por robo, toda injusticia, sus prostitutas en las calles, la inseguridad ciudadana, sus guetos? Oh Dios del cielo, ayúdanos a testificar de tu Hijo en las ciudades, y bendice tu Jerusalén, la celestial, la iglesia. Amén.

jueves, 5 de junio de 2014

El buen testimonio evangeliza

Salmo 37:6
“Hará resplandecer tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía”.   
No te aflijas porque a tu espalda se hable injustamente de ti, sólo será por un tiempo; hay promesa de que exhibirá tu justicia como la luz y tu derecho como el mediodía. Aunque no te enteres del cambio de opinión. Pero, ¿por qué quieres que eso ocurra? ¿No será que lo que quieres es rescatar la buena opinión de los hombres? ¿Que ellos piensen bien de ti? Ese no es un buen sentimiento para que Dios exhiba tu justicia; ¿de qué te sirve ser admirado por los que no creen si no es para evangelizarlos? ¿Qué reportará a la gloria de Cristo? No, no es un cambio en la opinión humana lo principal; el Señor te exaltará porque su obra necesita de ello. Tu buen testimonio, tu buen nombre, tu fama, es importante porque junto con esa buena opinión la obra de Jesucristo crecerá. Si el Señor hace eso y tu justicia es exhibida no es para glorificarte a ti sino a él y porque haciéndolo así tu vida, tus éxitos, serán notorios como una señal de gracia divina para contigo y buscarán tu palabra y a tu Dios. Dios nos perdone mil veces cuando buscamos la gloria de los hombres, en la exhibición de nuestras justicias. (Lee seriamente Jn. 5:41). Alégrate cuando digan “toda clase de mal contra vosotros mintiendo porque grande es vuestro galardón en los cielos” (Mt.5:11,12); si siempre se recibe la favorable opinión de todos se pudiera sospechar que nos pasa lo mismo que a los falsos profetas. Pero eso pasará por un tiempo, las aguas se aclaran solas al paso de la corriente.

miércoles, 4 de junio de 2014

Cuándo el pecado está verdaderamente oculto

Salmo 32:1
“Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado”. “Transgresión perdonada, pecado cubierto”. 

Consiste en una bienaventuranza que eso le pase a alguien. David habla para otros lo que él sintió, lo que Dios le dijo y lo que aconseja. La situación personal parece ser el pecado de adulterio que cometió con la mujer de Urías. El pecado es verdaderamente ocultado cuando es perdonado porque ya Dios no lo mira más, como dijera el profeta, los pone sobre sus espaldas donde no los vea (Isa. 38:17). O los ahoga en el fondo del mar (Miq.7:19). Lo importante no es cubrirlo de los ojos de la gente sino de los de Dios. El pecado se disfruta pero no hace feliz. La doctrina que hay detrás de cubrir el pecado se llama justificación, cuando el pecador es cubierto con la justicia de Cristo. Adán no fue justificado cuando él trató de cubrir su vergüenza con hojas de higuera sino cuando Dios con pieles lo tapó. Es una felicidad ser perdonado; es bienaventurado a quien Dios borra de su conciencia la iniquidad e inscribe su nombre en el libro de la vida del Cordero. David al fin descubrió su iniquidad ante Dios pero ante los hombres quiso ocultarla. Y el que oculta su pecado por sí mismo, no prosperará (Prov. 28:13). Dios es quien cubre el pecado y la desnudez, no con hojas de árboles  sino con la piel de Jesucristo. Si lees el v.5 lo confiesa, “no encubrí mi iniquidad”.

martes, 3 de junio de 2014

A David lo criaron como un elegido de Dios, a otros elegidos no


Salmo 22:6-10
“Pero tú eres el que me sacó del vientre; el que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre. Sobre ti fui echado desde antes de nacer; desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios”. 

Aquí hallamos a un hijo que se considera un elegido por Dios, que es de Dios desde el parto y antes del parto (vv.9,10); un hijo que está viviendo momentos difíciles cuya vida espiritual no está edificada sobre la llamada autoestima (v.6) porque lo hallamos deprimido y triste, sino sobre la gracia de Dios, un hijo que camina con Dios a pesar que pertenece a una minoría (v.6); con una fe resistente al desprecio, las muecas, las burlas y el desaire (vv.6,7); que confiesa su creencia en Dios puesto que todos lo saben (v.8), y con una vida de fe que realmente disfruta sin aburrirse (v.8); los otros no pero él sí.

Con un par de padres que lo criaron más dependiente de Dios que de ellos mismos, “sobre ti fue echado” (v.10), un hijo que no les perteneciera y que pudiera vivir solo “cuando mi padre y mi madre me dejaren” (27:10); y por último, David decía,  “amo a Dios porque me amó primero, creo porque tengo Dios antes de nacer”.

Pero hay un cuadro distinto. David tenía el privilegio de tener padres santos que lo llevaban al tabernáculo, le enseñaban la ley de Dios, no se oponían cuando lo oían cantando himnos, aprendió a orar con ellos. Lo criaron como un elegido por Dios porque ellos así se tenían, como todos los judíos, pero ¿qué de aquellos que hemos nacido de padres sin religión, que sí hemos vivido en pecado, que no fuimos echados sobre Dios sino al mundo y a los deseos pecaminosos, que aprendimos a pecar desde chicos y viendo malos ejemplos? No buscábamos a Dios, no preguntábamos por él, ni sabíamos tocar la lira, el arpa y cantar. Lo último que hubiéramos pensado sería en dedicar el talento a la religión; estábamos muertos en delitos y pecados.

Pero ocurrió una cosa extraña, una “extraña obra” (Isa. 28:21), llegó hasta nosotros la palabra de Dios y el efecto que produjo fue especial, no el mismo que en otros que estaban a nuestro lado; ellos oyeron la voz pero no entendieron “ni vieron a nadie” (Hch.9:7) y a nosotros nos hablaba Cristo. Ocurrió un milagro en el gusto, nos encantó lo que oímos y nos pareció verdadera y la creímos, era algo distinto a lo que conocíamos por crianza, superior y mejor, un mundo maravilloso sin manchas y puro, y completamente cierto. Después nos dimos cuenta que habíamos sido “paridos” para creer aquello, descubrimos que nuestro “embrión vieron sus ojos” (Sal. 139:16), siempre nos había estado cuidando aunque “éramos hijos de ira lo mismo que los demás”, sin embargo no fuimos pasados por alto como la mayoría, y  nos sentimos privilegiados y escogidos por Dios para la salvación desde y antes de alojarnos en el vientre de nuestra madre (Ga. 1:15; 2 Te. 2:13).                                                                 

lunes, 2 de junio de 2014

El pecado es el que convierte a uno en gusano, no la opinión de otros

Salmo 22:6-8 
Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía".  

“Gusano soy y no hombre”. Esto diría David: “ojalá estuviera con mejor ánimo pero no puedo, la gente se ríe de mí y me dice que mi vida cristiana no me ha servido, me consideran como un gusano. Ese no es mi concepto dentro de la gracia de Dios, porque el que se deleita en Dios como ellos reconocen que yo lo hago, no se siente tan bajo sino un privilegiado hijo, predestinado, llamado, justificado, glorificado. El amor que Dios me tiene me hace sentir que tengo para él valor. Por más que ellos quieran que yo me considere un gusano se equivocan, esa es la opinión de ellos sobre mí y no la que yo tengo. A Saúl le pregunté por qué perseguía a un “perro muerto o a una pulga” pero no que yo crea que lo soy (1 Sa. 24:14). El pecado es el que me hace sentir que soy un gusano porque convierte a los hombres en gusanos, pero no a mí, si hago la voluntad de Dios. Así ven los impíos a mi nación y comentan que somos “gusano de Jacob”, quizás porque somos pequeños (Isa. 41:14). Ya he dicho que reconocen que en Dios me deleito, y me tienen envidia porque no pueden, no les late el corazón por Jesucristo, como a mí”.
No te sientas gusano, ni diablo, sino elegido y privilegiado.

  1 Juan Mayormente el contenido de esta carta, si es que a pesar de la repetición de asuntos, se puede considerar de esa manera y no como...