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domingo, 4 de marzo de 2012

Échale pólvora a tu lenguaje



Aún hay lugar, fuérzalos a entrar para que se llene mi casa (Luc.14:22).

Hemos aprendido que la salvación es voluntaria, porque el pecador se ofrece voluntariamente para ser salvo en el día de Su poder (Sal.110:3). ¿Por qué el Señor nos envía a obligarlos a entrar, forzarlos? Porque quiere que seamos más impetuosos y fervientes en nuestro evangelismo. Muchas veces somos demasiado corteses, excesivamente delicados y por eso fallamos. Aceptamos  excusas fácilmente, admitimos que se escondan en sus refugios y no los sacamos de ahí, nada le voceamos, empleamos poco para persuadirlos hacerse cristianos (Hch. 26: 28). Para salvar un alma hay que asediarla, rondar en su búsqueda, perseguirla, acosarla, empujarla a fuerza de oración y argumento afuera de su pecado.

Las casas del Señor se hallan vacías, hay lugar aún para muchos, la comida allí es deliciosa, pero los comisionados a buscar las almas y traerlas para que oigan el mensaje apenas ofenden a nadie ni lo entusiasman, no dicen nada que pueda ser tenido como un reproche y compunja el corazón. Por eso todavía las sillas vacías son testimonio de que aún hay lugar.

No es el deseo del Señor que su casa esté vacía, sino que se llene, si hoy somos pocos  debiéramos ser más, si faltan asientos para ser ocupados hay que llenarlos, el Señor no se regocija mirando su casa desierta o semillena, ni nosotros tampoco, él quiere que se llene y que muchos vengan a compartir con los que ya han entrado, el delicioso alimento que ha preparado su Espíritu Santo.

Saca toda tu artillería mensajero de salvación, pregona a voz en cuello que Jesús reina, afila tu espada,  llena de plomo tu arma, échale pólvora a tu lenguaje, empapa tu esponja con vinagre (recuerda que la miel en los sacrificios estuvo prohibida, Lev. 2: 11), impúlsate tú mismo hacia delante en un combate frente a frente en la línea de batalla, con la bayoneta de la Palabra calada y pon en jaque, con tus conocimientos, a los enemigos de tu Rey. Hay que salir por ellos, oblígalos con las armas espirituales, que expresan el amor de Dios, a que se postren ante el Rey de reyes, empújalos con frases bíblicas a que traspasen la puerta estrecha.

sábado, 3 de marzo de 2012

Los ministros y sus labores



1 Corintios 3:5-8.
“¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor”.

Si usted toma el cuchillo de la verdad y le aplica un corte a las contiendas y divisiones entre hermanos hallará seguramente un poco más profundo en la carne, celos y envidias. El apóstol al principio del primer capítulo habló acerca de las contiendas, preludio de la división, pero abandonó el asunto para dedicar espacio a los profesores de sabiduría mundana, ahora retorna al tema, invocándolo con alguna longitud para su análisis con detalle.
Aquellos hermanos juzgaban erróneamente a sus ministros y lo mismo al trabajo que ellos hacían. ¿Quién es mi ministro, qué es lo que está haciendo? ¿Lo hace lo mejor que él puede? ¿Cuál es tu regla de valores para tu ministro y su labor?

No mires así a un ministro

Comienza por el meollo de la cuestión, sus propios líderes. Veamos como no se miran los ministros de Dios. Empieza preguntándoles si ellos conocen, no quiénes son, sino qué son. Ellos saben quiénes son, pero esa no es la pregunta, sino la función que tienen en la iglesia y estrictamente lo que son ante Dios. No entendían lo que era el ministerio pastoral y misionero. Conocían pastores, evangelistas, misioneros, pero no sabían lo que ellos eran. No los entendían.

Por sus palabras notamos que los corintios miraban el liderazgo de sus ministros de forma muy personal, como algo que correspondía totalmente a ellos mismos, en forma de capacidad, talentos y “potenciales” (como hoy se dice) provenientes del interior; de modo similar a como el mundo mira sus líderes. Cuando analizaban a Cefas, a Pablo o a Apolos, lo hacían humanamente, como algo que ellos eran o hacían por sí mismos, sin pensar en la gracia de Dios. Situaban el éxito o el fracaso en virtudes o fallas humanas, no juzgaban por supuesto, espiritualmente, a sus líderes. Ese juicio carnal sobre sus líderes desembocó en celos, envidias y la formación de bandos. No podían aprovechar sus ministros porque no sabían tenerlos.

Mira de este modo a un ministro

Primeramente debes mirar a un ministro como un servidor, servidores por medio de los cuales habéis creído (v.5). Los hermanos corintios no deseaban tanto humillar a los otros ministros como exaltar a los suyos, a los que ellos pensaban que eran superiores. Es casi lo contrario hoy cuando no pocos tienen un concepto pequeño del ministro. Se han apropiado de esta definición bíblica “servidor” y eso es lo que pretenden constantemente que su ministro sea como un esclavo al servicio de ellos, sin la consideración, estima y reconocimiento que le debieran, porque lo miran como asalariado. Como aquellos antiguos consideraban a sus ministros no estaba bien, eran algo así como semidioses, al menos para sus admiradores.

¿Qué se preferiría hoy, que pensaran así alto o tan bajo como un empleado que se contrata para que realice funciones religiosas? Aquellas congregaciones no se juzgaban mejores que los siervos de Dios. Es cierto que es un instrumento en las manos divinas y no las manos mismas porque dice, “por medio de los cuales”; pero un instrumento precioso por medio del cual se nos ha dado la salvación. Un instrumento que predica, pero no para predicar, sino para creer por medio de su predicación, para obtener la fe, para desarrollarla, para avanzar en gracia y progresar en santificación. Es un embajador de Dios, no alguien a quien Dios ha delegado su bendición sino por medio del cual la otorga. Alguien valioso que nos ayuda en nuestro camino al cielo. No un productor de sermones sino un mensajero de las palabras de vida a quien la salvación y condenación eterna de los hombres se haya asociada. Que no se idolatra ni se adula, pero se ama y reconoce.

El apóstol les pide que sean graciosamente objetivos y no carnalmente comparativos. Que cada uno mire a su ministro “según lo que a cada uno concedió el Señor” (v.5). Lo que un ministro es lo es por la gracia de Dios y lo que tiene lo ha recibido, y lo que no tiene no lo ha recibido. Eso lo dice, para que ellos aprendan a alabar al Señor por su ministro (“solamente oían decir: Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba. Y glorificaban a Dios en mí” Ga.1:23-24). Y ese es siempre el propósito de la gracia, honrar a Dios.

Hay otros ministros igualmente siervos de la gracia que pueden tener las mismas gracias que el nuestro, aun mejores, y que las que cualquiera no tenga es porque no las ha recibido. ¿No es mejor entonces ser de juicio condescendiente con el propio y con los ajenos?

¿Cuál es el período más importante?

Ya he dicho que el apóstol quiere que juzguen espiritualmente a los ministros, a los dones que ellos poseen y ahora, al trabajo que hacen, yo planté, Apolos regó (v.6). Por sus palabras  veo  que el trabajo de los ministros es complementario. ¿Qué pasaría a la viña si no hubiera quién regara? ¿Podría la semilla crecer? Quizás, pero es mejor que hayan regadores. Y si sólo hubiera regadores y no sembradores ¿podría del suelo vacío brotar algo? Actualmente como la mayoría de las iglesias tienen un solo pastor, éste tiene que hacer las dos cosas, sembrar y regar, pero de todos modos, hay ministros que son mejores sembradores que regadores y viceversa, los que como Apolos son de gran provecho “para los que por la gracia habían creído”.

La intención del apóstol no es acrecentar el trabajo de ninguno de los dos, ni afirmar que son mejores los plantadores de iglesias, como los evangelistas y misioneros que los pastores, sino de nuevo, que miren lo que se está haciendo como parte de la obra de Dios y que el mérito mayor es el suyo. Es importante plantar, regar con buenos sermones, pero ¿adónde iría todo si la semilla aunque nazca no crece ni llega jamás a espiga? La parte más importante es el crecimiento y corresponde a Dios. El crecimiento hay que asociarlo no al nombre de Pablo o de Apolos sino de Dios. Si la iglesia crece a Dios se lo debe. El crecimiento es una obra de gracia. Muchos sermones se mueren en el corazón, jamás nacen ni espigan. Sea el crecimiento numérico o espiritual, es de Dios. Después que hayamos hecho lo que debíamos viene la paciente espera, la espera de fe, de oración, de súplica a Dios para que la semilla regada, quiero decir, los sermones oídos, nazcan y crezcan. ¿Por qué pensar algo sobre nosotros mismos, gloriarnos en preparar el terreno, abonarlo, sembrarlo, regarlo si es Dios el que hace lo más importante?  Bien el apóstol lo dice para todos nosotros, ni el que planta es algo, ni el que riega” (v.7). Dios podría hacer crecer la semilla y obtener los frutos que quisiera sin usar la agencia humana para siembra o para riego ¿no le basta el viento y las nubes? De muchos modos el Señor podría salvar un alma sin que nadie le hablara y edificarla sin que algún ministro interviniera. Habla el apóstol de ese modo no para menospreciar el trabajo del que siembra y siega, sino para que los hermanos quiten sus ojos de ellos y honren la palabra de Dios y a su Espíritu que la prospera. Ese es el período más importante.

En fin de cuentas todos los ministros están al mismo nivel ante Dios, cada uno ha recibido su propia gracia y no se le exigirá que responda por el uso de un don que no tuvo. El juicio sobre su trabajo, su recompensa estará ligada a su trabajo, conforme a su labor (v.8). Un ministro puede ser más dotado que otro ¿pero trabaja más? Uno podrá tener más “triunfo” que otro. ¿Recibirá más recompensa por ese “triunfo”? No, porque su triunfo, si es considerado eso como “crecimiento” no es suyo, sino de Dios. En el cielo no se conoce la palabra éxito sino bendición y fidelidad. No son los triunfadores sino los fieles.  El que ha triunfado realmente, por la recompensa juzgado, no es el que más bendición ha tenido sobre su trabajo, sino el que ha laborado más. Dios no recompensa a un infiel e indolente. Un misionero que trabaja arduamente por amor del nombre de Cristo, pero no obtiene casi ningún crecimiento de su trabajo de años ¿no recibirá recompensa pues? Sí la recibirá, no en base al crecimiento sino a la fidelidad que desempeñó responsablemente en su trabajo. Si alguien duda que el trabajo sea la regla de medida para el éxito y la recompensa, lea 15:10, donde el trabajo es el auténtico motivo de comparación del apóstol y no los creyentes que ha bautizado.

viernes, 2 de marzo de 2012

Bastaría un rugido de Aslam


Porque he aquí ha pasado el invierno, el tiempo de la canción ha venido, en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola (Cant.2:11-12).

Se ha ido el invierno hermana mía, el duro invierno de las tentaciones ha pasado y el diablo se ha alejado de tu alma por un tiempo, ¡qué feliz se siente el alma cuando se da cuenta que ya el enemigo no se halla a las puertas y que sus embates fueron al fin rechazados! No fue fácil convencerlo que no podría entrar y que no caerías fácil presa en su mandíbulas. “El invierno se ha ido, el tiempo de la canción ha llegado”, es primavera para tu alma y ahora podrás disfrutar del fresco rocío matinal, aspirar los más diversos perfumes que la nueva vegetación traerá a tu rostro, toda clase de insectos alados aparecerán y comenzarán las sinfonías matinales y vespertinas alegrando tu derredor. Las aves empollarán y nuevos críos retozarán en sus nidos y cantares por acá y por allá alegrarán tu alma que vivió tiempos de dura tragedia y encerramiento. Tus lágrimas fueron enjugadas y la sonrisa bordea de gratitud tus preciosos labios. ¡Oh cuánto has orado!

Acaso tu invierno ha sido enfermedad. Por mucho tiempo has tenido que guardar cama. Estás recuperada,  el invierno ha pasado, te asomas a la ventana, débil aún y contemplas agradecida los primeros rayos de luz y piensas “¡suave ciertamente es la luz y agradable a los ojos ver el sol!” (Ecl.11:7). Ya no tienes fiebre, no más termómetro, ni píldoras y dolorosas inyecciones, ni análisis, no más dolor, el invierno pasó. Te mudas la ropa de invierno por la de primavera, puedes tomar un baño y te sentirás nueva, resucitada como un lirio de los valles, como una rosa de Sarón, lista para salir a meditar como Isaac al campo a la hora de la tarde y decir a tus doncellas “veamos si brotan las vides,  si han florecido los granados” (Cant.7:12). Retoñas. 

Tu corazón siente deseos de cantar uno de los cánticos de Sion, junto a la tórtola, uno que ella no sabe. Dice la esposa de Cantares que en su país “se ha ido el invierno” y la paloma de la primavera, la de la paz ha cantado. ¡Cuánto más si en su país hubiera cesado la guerra, la violencia y el derramamiento de sangre! Sólo bastaría un rugido de Aslam (personaje de C.S. Lewis que simboliza a Jesucristo) para que el invierno en la patria querida, cesara.

Algo similar en:



A pie juntillas y al pie de la letra



Juan 12: 44-50
44 Jesús clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; 45 y el que me ve, ve al que me envió. 46 Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas.  47 Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo.  48 El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero.
 49 Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar. 50 Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho.


Las palabras de Jesús hay que prestarles suficiente atención, y en cada frase uno tiene que preguntarse ¿qué quiso decir con eso?, y ese es el caso que a continuación leemos. Jesús dijo "el que cree en mí, no cree en mí", queriendo decir "no sólo" o tal vez enfatizando el hecho que lo que estaba diciendo se lo habían dicho a él; y su propósito con ese ir y venir en su lenguaje le pone énfasis a que el mandamiento que recibió de Dios, esto es, el evangelio que predicaba era de origen divino, y el que rechazaba su palabra estaba rechazando la palabra de Dios.

Aunque la palabra mandamiento pudiera referirse a la orden de Dios de que predicara, más bien se refiere al hecho mismo de que el evangelio constituye "un mandamiento nuevo" o un "nuevo pacto", es una adición a los Diez mosaico y se corresponde con lo que explicó con relación a Moisés, el "mas yo os digo". Tanto el evangelio como la vida cristiana son de origen divino.

Cuando hablar de luz y de tinieblas se está refiriendo a conocimiento e ignorancia; y su proposición consiste en alumbrar con el evangelio los primeros diez mandamientos. De esa forma dejó claro que la ley mosaica tenía que ser alumbrada con el evangelio, y que en los diez mandamientos no había vida eterna sino en la predicación del evangelio, quiero decir en el mensaje portador de la gracia de Dios como no lo hay en la ley.

Con todo eso hay algo interesante que es necesario suponer en cuanto al efecto que produjo la predicación del evangelio en relación con la vida eterna. Los judíos se sentían acusados con la predicación del evangelio, aunque esa no fue su intención. El testimonio de él los hacía sentir culpables. 

No les estaba predicando la ley sino el evangelio, y sin embargo se sentían mal en sus conciencias, culpables y avergonzados. Jesús dijo enfáticamente que el propósito especial del evangelio no era engendrar esas dos cosas, sino pasar de ellas e inspirar un modo de vida superior. Si el propósito del evangelio fuera solamente engendrar arrepentimiento y culpa no sería el evangelio sino la ley de Moisés. La razón por la cual se sintieron culpables y juzgados fue por el contenido moral que tenía su evangelio. No predicaba sin ese contenido. Y no obstante con todo el amor y la misericordia que él les hablara, el evangelio no quedaba disminuido ni moralmente amputado, porque de haber sido así no se hubieran sentido juzgados, al decirles que "sus obras eran malas" (3:19).

Ojo que, si al evangelio se le sustrae su ética o si se disimula su moral, ya no es el evangelio porque no reproduce la imagen y semejanza con Dios; si sólo produce alegría y satisfacción, realización personal sin convicción de pecados, sin convertir en nueva criatura al oyente, es otro evangelio y no el auténtico. La sociedad moderna con la navaja afilada de la psicología secular se ha acercado al cristianismo para cercenarle su moral y que sea aceptado sin problema por el gusto popular. La pura gracia contiene ética.

A pesar de todo eso que no se puede negar, Jesús dijo que la meta de la predicación del evangelio no era producir culpa y vergüenza, ni siquiera un solitario arrepentimiento, sino una vida de fe, por cuanto dijo que sus mandamientos debían ser guardados, es decir vividos. Y esa modalidad de vida en el creyente cristiano consiste en su preparación para ser juzgado por las enseñanzas del evangelio, y que el resultado satisfactorio ha de ser vida eterna; y fue lo que dijo con "la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero" (v. 48). Jesús le estaba predicando a una audiencia incrédula y recelosa que escuchaba con suspicacia sus sermones, y aunque algunos lo oyeran de buena gana,  para Jesús no era satisfactorio si no estaba creando un pueblo que no sólo a pie juntillas creyera su evangelio sino que lo viviera al pie de la letra, para vida eterna.

jueves, 1 de marzo de 2012

Viendo al que nadie jamás ha visto


"Es pues la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve"  (He.11:1).

Hay una palabra en nuestro texto que es la quintaesencia de la fe, convicción que indica seguridad. La fe es algo más que saber. La seguridad de lo impalpable y real. Ese elemento de seguridad en lo que se sabe es lo que nos permite disfrutar, deleitarnos y hacer grandes decisiones a favor del mundo invisible. Todos estos héroes y heroínas de este capítulo tenían la convicción que lo conocieron era certísimo.

La seguridad en las realidades eternas es lo que llamamos fe o certeza, algo que no se puede alcanzar por métodos humanos pues es don de Dios. El Señor no revela que hay otro mundo sino a sus escogidos, los otros ni palpando pueden estar jamás seguros. Si Jehová contesta la oración de fe de Eliseo, su siervo verá el mundo invisible y no antes aunque agrande  sus ojos de carne. Es comunión  espiritual y acercamiento a esas realidades: El monte de Sión, Jerusalén la celestial, la compañía de millares de ángeles, los espíritus de los justos hechos perfectos, Jesucristo el mediador del nuevo pacto y la sangre suya, rociada, que habla mejor que de Abel. Lo que no se ve no se siente en la distancia.Se ven con el lente de la fe y puestos de rodillas; y el Espíritu nos dibuja lo celestial con pasajes bíblicos en la memoria.

De todos los medios de gracia usados por Dios para aumentar esa convicción uno de los mejores es oír sermones sobre estos temas, ungidos por el Espíritu y salidos de la Escritura; a esos siervos de Dios que predican creyéndola; y en verdad la creen, y tienen fe para sí mismos y para transmitirla. ¡Oh si yo tuviera la mitad de la fe de ellos, de esos que vivían como “viendo al Invisible”!

No es ver cosas en la noche o mediante el sueño sino ver la Escritura. Ver el cielo en ella, el infierno, el alma, el trono de Dios y a Jesucristo el Mediador. Cuando los antiguos bereanos oyeron a Pablo no pudieron creerlo ni tener convicción de esas cosas hasta que se dispusieron a ver si estas cosas eran así. Tenían que ver para creerlas, verlas con los ojos del entendimiento, escudriñando cada día las Escrituras (Hch.17:11; Efe.1:18); y de ese modo obtuvieron certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve. Dios nos forme a la imagen de Jessucristo, no solamente con palabras de la Biblia sino con convicciones bíblicas, y aunque nos saquen los ojos de carne, sigamos viendo al que nadie jamás ha visto.

  1 Juan Mayormente el contenido de esta carta, si es que a pesar de la repetición de asuntos, se puede considerar de esa manera y no como...