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jueves, 19 de mayo de 2011

Una mujer con la mente en el cielo y los pies en la tierra


Lucas 8:40-48
(Mt. 9:18-26; Mr. 5:21-43)
 40 Cuando volvió Jesús, le recibió la multitud con gozo; porque todos le esperaban. 41 Entonces vino un varón llamado Jairo, que era principal de la sinagoga, y postrándose a los pies de Jesús, le rogaba que entrase en su casa; 42 porque tenía una hija única, como de doce años, que se estaba muriendo. Y mientras iba, la multitud le oprimía.43 Pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía doce años, y que había gastado en médicos todo cuanto tenía, y por ninguno había podido ser curada, 44 se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; y al instante se detuvo el flujo de su sangre.45 Entonces Jesús dijo: ¿Quién es el que me ha tocado? Y negando todos, dijo Pedro y los que con él estaban: Maestro, la multitud te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el que me ha tocado? 46 Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado; porque yo he conocido que ha salido poder de mí. 47 Entonces, cuando la mujer vio que no había quedado oculta, vino temblando, y postrándose a sus pies, le declaró delante de todo el pueblo por qué causa le había tocado, y cómo al instante había sido sanada. 48 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz.


¡Pobre mujer, cuánto me alegro que se haya sanado! Pensó que Jesús tenía su solución y la encontró. Hay una palabra que ella odiaría, “flujo” y por ella todos los días tener que lidiar con ese problema. Cada vez que se mudaba los paños, se lamentaba y deseaba que fuera la última vez que tuviera que hacerlo; y eso no pasaba, nunca. Pálida, demacrada y con poca hemoglobina, se acercó como un espectro por detrás de Jesús y en el gentío, con menos dinero que esperanza. 

Cuánto no esperaba el día que dijera, “se cerró, estoy seca, hoy no tuve nada, sólo unas gotas, me estoy poniendo buena, ya casi lo estoy, ¡viva la vida!”. Y lo logró, el flujo se detuvo, cesó, paró, cuando casi sin levantar los pies llegó al borde de la ropa del Señor. Y entonces, adiós a los médicos y al gastadero de dinero.

Era una mujer virtuosa, pertinaz y con mucho sentido común. ¿Hizo mal en no dejar un solo nombre del catálogo de médicos que no fuera a ver?  En ninguna manera, era una mujer sensata y sabía lo que hacía. Uno da por recobrar la salud todo lo que tenga, y eso lo sabe hasta el diablo quien dijo, “piel por piel, todo lo que el hombre tenga lo dará por su vida” (Job 2:4). No dice que gastara su dinero en ropas, joyas, vinos y banquetes. 

Era una judía creyente; y bien investigada, sin fanatismo religioso. Supongo que había orado por sí misma, y otros creyentes acompañarla, y con todo, ni la familia, ni los consejeros les dijeron que no gastara más el dinero en vano. Sería todavía joven a juzgar por su ímpetu y lucha por su salud.

Dondequiera que supiera de un médico, lo visitaba y seguía sus concejos y tomaba sus medicinas.  No hallaba contradicción entre los médicos y la Biblia, que era su Pentateuco. Tenía fe y creía lo que los médicos decían. Oraba y se bebía el compuesto preparado. ¿Por qué no gastar dinero en farmacia si lo tenía? ¿Por qué no visitar médicos caros si podía costearlos? Y nada. Y en doce años todos fallaron. Dejaba uno por incompetente y se iba a otro con mejor recomendación. Visitaba el otro y cuando se iba pensaba que la había hecho sentir como un cliente y no como un paciente. Algunos de los tratamientos fueron dolorosos porque se dice que “había padecido mucho” con ellos. Y se supone. No sería cirugía ni quimioterapia, sino otra cosa peor y sin anestésicos.

Si se cuenta un médico por año visitó a doce. O estuvo ingresada en doce imaginarios hospitales. Y en cada consulta y en cada hospital, y  con cada tratamiento dejaba algo de su dinero, y con todo, la salud no volvió. No renegó de los médicos ni de las medicinas, ni tampoco de Dios. Siguió yendo a los médicos y creyendo en Dios, se sanara o no se sanara. Cuando se acercó a Jesús la sostenía mejor que los pies una gran fe y se dijo que tocando, siquiera el borde del manto del Señor, se sanaría. Al instante su enfermedad cesó y confirmó dentro de sí que entre la ciencia, la religión, las oraciones no contestadas, la fe, y el poder de Jesús, no había contradicción; que los discípulos del Carismático nazareno, contrario a los llamados Testigos de Jehová, podrían continuar yendo a la iglesia y a la consulta de su médico, y si se hubiera descubierto la circulación de la sangre, los tipos de ella y la transfusión cuando son compatibles, hubiera pagado sin pensarlo dos veces, por un litro o dos;  y por ese acople tan sabio en su experiencia espiritual, por tener la mente en el cielo y los pies en la tierra, era un valioso testimonio de balance doctrinal que Jesús no permitió que fuera a quedarse oculto.

lunes, 16 de mayo de 2011

Tiró al suelo la última piedra, y se sentó sobre ella


Lucas 8:26-39

(Mt. 8:28-34; Mr. 5:1-20)
 26 Y arribaron a la tierra de los gadarenos, que está en la ribera opuesta a Galilea. 27 Al llegar él a tierra, vino a su encuentro un hombre de la ciudad, endemoniado desde hacía mucho tiempo; y no vestía ropa, ni moraba en casa, sino en los sepulcros. 28 Este, al ver a Jesús, lanzó un gran grito, y postrándose a sus pies exclamó a gran voz: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes. 29 (Porque mandaba al espíritu inmundo que saliese del hombre, pues hacía mucho tiempo que se había apoderado de él; y le ataban con cadenas y grillos, pero rompiendo las cadenas, era impelido por el demonio a los desiertos.) 30 Y le preguntó Jesús, diciendo: ¿Cómo te llamas? Y él dijo: Legión. Porque muchos demonios habían entrado en él. 31 Y le rogaban que no los mandase ir al abismo. 32 Había allí un hato de muchos cerdos que pacían en el monte; y le rogaron que los dejase entrar en ellos; y les dio permiso. 33 Y los demonios, salidos del hombre, entraron en los cerdos; y el hato se precipitó por un despeñadero al lago, y se ahogó. 34 Y los que apacentaban los cerdos, cuando vieron lo que había acontecido, huyeron, y yendo dieron aviso en la ciudad y por los campos. 35 Y salieron a ver lo que había sucedido; y vinieron a Jesús, y hallaron al hombre de quien habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal juicio; y tuvieron miedo. 36 Y los que lo habían visto, les contaron cómo había sido salvado el endemoniado. 37 Entonces toda la multitud de la región alrededor de los gadarenos le rogó que se marchase de ellos, pues tenían gran temor. Y Jesús, entrando en la barca, se volvió. 38 Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba que le dejase estar con él; pero Jesús le despidió, diciendo: 39 Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo. Y él se fue, publicando por toda la ciudad cuán grandes cosas había hecho Jesús con él.



Intencionalmente él fue en busca de ese hombre, y desembarcó en la costa de Gadara con el propósito de sanarlo y que sirviera de salvación a toda la comarca. No logró todo lo que quiso y aunque la impresión fue grandísima le pidieron que se marchara y no volviera por allí.

El relato menciona el abismo o infierno, sin describirlo. Pero los demonios se ponen a temblar si ya les llega el tiempo en que los metan allí. Debe ser espantoso ese pozo sin fondo. Ellos, para quienes se abrió ese abismo, se espantan, y los hombres, idos de remate, no le hacen caso y ni siquiera creen en su existencia.

Este gadareno es una obra maestra del diablo donde pregona sus principales deseos para toda la sociedad, el nudismo, la locura y la violencia. Cuando este señor perdió su mente, perdió el pudor y la vergüenza, y se despojó de la ropa. Fuera de sus cabales se volvió una amenaza pública y rompía todas las cadenas con las cuales la ley lo sujetaba. Las autoridades no sabían qué hacer con él y con los semejantes que también pierden el juicio y sin vergüenza en la cara se quitan la ropa en clubes y playas y andan en cueros. ¡Ay de aquella donde el libre albedrío lo tolera! La solución, en el caso, no fue enviarlo, ni enviarlos a un siquiatra ni darle electrochoques sino ponerlo en contacto personal con Jesús, entonces los diablos, se ve, se fugan.

Parece la cura cristiana, un poco simplista, si no se distingue de ese remedio populista llamado en abstracto y sin doctrinas, “aceptar a Jesús”. Si se enseñan los pensamientos de la existencia del abismo y del Altísimo, y entran a su mente y sustituyen los propios, el individuo se pone “en sus cabales” y no comete tantas locuras y bobadas, se le calman sus nervios y aparece el rubor en sus patilludas mejillas, al mirarse sin la hermosura de la ropa. Enseguida pedirá qué ponerse o se esconderá espantado, para tejerse siquiera con hojas de árboles, un taparrabos.

No hay muestra de un juicio cabal si la incredulidad persiste y los osados no temen el abismo cuando a los demonios lo espantan.  Ni puede volver la expulsada vergüenza a una sociedad donde no se habla de infierno, ni se le dice a los violentos que el Juez de vivos y muertos les dará sentencia de por vida, a su alma inmortal en prisiones de oscuridad (Judas 1:6).

El nudismo no era solo su problema, también su violencia, sus gritos, peligrosidad y manías. Destrozar las cadenas legales era para él como jugar con ellas, y no había un decreto ni una jurisdicción que no destrozara; vivir sin ley era su deleite y andaba cómodo así en su ambiente violento de abrir y cerrar tumbas, y dicen, comer su contenido. Cuando llegó hasta él la Palabra de Dios, arrojó al suelo la última piedra con que se hería y le tiraba a la sociedad de Gadara, y se sentó sobre ella, vestido y conversando como un ciudadano reeducado y normal (v.35).

sábado, 14 de mayo de 2011

Es mejor ser un buen cristiano que primo de Jesús

Lucas 8: 19-21
  (Mt. 12:46-50; Mr. 3:31-35)
 19 Entonces su madre y sus hermanos vinieron a él; pero no podían llegar hasta él por causa de la multitud. 20 Y se le avisó, diciendo: Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte. 21 Él entonces respondiendo, les dijo: Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen.


Jesús dijo que nadie es profeta en su propia tierra, “entre sus parientes y en su casa” (Mr. 6: 4); y este momento contiene una temporal referencia a ese asunto sobre los parientes de Jesús. La razón por la que interrumpieron su predicación parece hallarse en Mr. 3:20,21, su súbita revelación y éxito, o su imparable tren de trabajo que no le permitía comer. Está feo eso que dijeron, que se hallaba fuera de sí y lo quisiera encerrar en casa como un demente. Es increíble pensar eso. Se sabe que Jesús sí tenía parientes que no creían en él, y es posible que fueran ellos los que lo desacreditaran de ese modo (Jn. 7: 5).

Cualquiera que sea el móvil de la interrupción, fue inapropiada y los sentimientos con que Jesús responde parece que siente alguna molestia con ellos y los destituye del honor del lazo familiar para dárselo a los que tenía alrededor, “mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la hacen” (v. 25). Es justificado ese humor contra cualquiera que intente interrumpir la predicación de la Palabra de Dios y haga comentarios desfavorables sobre el Santo Predicador. Si Jesús puso sobre su familia al más humilde cristiano, ¿cómo se le puede ocurrir a alguien hacerle peticiones y rezos a ella pensando que porque salieron de un mismo vientre (o sean primos), se les pueden nombrar mediadores, invocándolos como “Santa María, San Jacobo, San José, San Judas y San Simón” (Mr. 6:3)?

El hecho de que hayan vivido santamente en la tierra y sean llamados “santos” no los diviniza, ni con sus vidas piadosas se ganaron el título de mediadores entre Dios y los creyentes, haciendo debajo del tercer cielo, cola detrás de Jesús en el oficio, o empujándolo a un lado. Jesús dijo lo que dijo, que un discípulo obediente del evangelio establecía una relación espiritual con él superior a la de los otros que les venía con la sangre. 

Sus palabras parecen poco caritativas, pero son determinantes y no fue la única vez (vea 2:48,49; Mt. 16:22,23; y Jn. 2:4), y si lo fueran, tiene razón porque estaban interrumpiendo su ministerio y enseñanzas. No es una excusa para darle malas respuestas a la familia sino una confesión doctrinal importante con respecto a ellos, especialmente con su madre, y la iglesia que es su familia. No sé qué hicieron después que oyeron su respuesta, si esperaron a que terminara la predicación o se fueron pensando que ya era el momento de que ellos igual que los demás pusieran en práctica sus sermones, y que era mejor ser un buen cristiano que primito de Jesús.

jueves, 12 de mayo de 2011

No fueron caricias sino adoración


Lucas 7: 36-50

 36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa.37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; 38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. 39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. 40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. 41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; 42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? 43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. 44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. 45 No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. 48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. 49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados? 50 Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz.
   


La identidad de esta mujer ha sido motivo de discusión, y para abreviarme el esfuerzo de las suposiciones, es mejor mencionar a alguien que le dedicó tiempo a descifrar el enigma: "No se trata de María Magdalena de la cual se habla en Lucas 8:2 descrita de otra forma y el evangelista no lo había mencionado antes. Tampoco es María la hermana de Lázaro quien también se menciona que ungió los pies de Cristo y los secó con sus cabellos (Jn. 12: 3). La clase de mujer descrita aquí no concuerda con aquella María, y además hay otras diferencias, que esta se encontraba en Galilea y la otra María la hermana de Lázaro en Betania; está en casa de Simón el fariseo y la otra en casa de su hermano; esta lo hizo antes de la muerte de Cristo y después de eso él salió a predicar por los alrededores; y después de eso no volvió por esos contornos. Tampoco se trata de la historia que se menciona en Mateo 22:6 porque también ese hecho fue en Betania y este en Galilea en la casa de Simón: el leproso, este en la casa de Simón el fariseo, el perfumé fue derramado sobre la cabeza del Señor y este sobre sus pies. De qué mujer se trata en este relato no se sabe sino que era en la casa de un fariseo, y no hay duda que en alguna de las ciudades de Galilea como Naín, Capernaum, o cualquiera otra" (Gill).

Esto es un acto de adoración; no recuerdo que a ningún profeta alguien del pueblo, por admiración que le tuviera, le haya hecho esta clase de homenaje. La mujer derramó ese perfume y besó sus pies, y sobre todo vino buscando perdón porque creía que era el Hijo de Dios, que podría perdonarle sus pecados, cambiarle su vida, y podía amarlo como a Dios y adorarlo. El amor que ella le tenía no era como a un hombre porque lo que sentía por él era lo mismo que se sentiría por Dios y el Señor lo entendió de esa manera y le dijo al final “mujer, tu fe te ha salvado”.  

La mujer sin saberlo estaba adorando a Dios encarnado, no lo había aprendido por la definición de los teólogos en los concilios ecuménicos sino por el carácter de él, por su Persona cuando se acercaba a ella y sintiendo “la forma de Dios” y lo veía “estando en la condición de hombre” (Flp. 2). No por textos bíblicos donde sus autores lo dijeran. No por el aprendizaje de la teología sistemática. No es que le oyera (o leyera) que perdonaba pecados y dedujera que se trataba de Dios. Lo adoraban como a Dios porque lo sentían como Dios, y esa forma de conocimiento sobre su deidad fijada a la experiencia personal en el NT es tan o más importante que las posteriores declaraciones que al respecto se hicieron, porque ellos vivieron la presencia de la encarnación.

Por su parte Jesús estaba recibiendo adoración y no caricias de parte de ella, e identificó la clase de amor que ella sentía como de la misma esencia que se siente por la Deidad y no por otro ser humano. La palabra griega que se usa aquí es “agapao” que generalmente es un amor diferente al amor filial, "filo”, y completamente distinto a la clase de amor conocida como erótico entre un hombre y una mujer, "eros”, que nunca se usa.

Cuando el Señor le preguntó al apóstol Pedro que si lo amaba, y se lo repitió tres veces, el apóstol siempre respondió con la palabra "filo" que tiene que ver con el aspecto personal que se siente para un hombre (Jn. 21); Jesús usó dos veces la palabra "agapao" y Pedro siempre le contestó que sentía por él una clase profunda de amor filial; entonces la tercera vez Jesús le preguntó usando esa misma palabra y no la superior "agapao”, casi siempre reservada para Dios.

Las lágrimas y los besos que daba a sus pies brotaban de un corazón puro que expresaban sus sentimientos al Hijo de Dios, que podía remitirle sus pecados. El amor que ella sentía por Jesús era igual al del Padre. Y Jesús como respuesta no le dio un abrazo ni un ósculo santo sino el perdón de sus pecados, actuando como Hijo de Dios y no como Jesús, "el hijo de José", el carpintero.

La adoración a Dios en la persona de Jesús no es algo inventado dentro de las declaraciones de los concilios de obispos sino que se halla en el Nuevo Testamento y se encuentra, por ejemplo en este caso. Jesús igualó el amor expresado por esta mujer a la fe que ella tenía porque aunque dijo que sus pecados les eran perdonados porque había amado mucho, le dijo "tu fe te ha salvado" (v. 50). Es decir esencialmente su fe es expresada en un acto de adoración, en un hecho de amor, porque ella si no hubiera creído no hubiera venido ni tampoco amado. Jesús en la mayor parte de la conversación, y en la ilustración que puso acerca de los deudores, no mencionó la fe sino el amor porque era lo que estaban pensando Simón el fariseo y todos los que allí estaban, para que supieran que aquella mujer de mala fama no había venido con su perfume como un regalo que se le hacía a un hombre más sino como un acto de adoración entregado a la divinidad, y que el móvil de ella era el arrepentimiento y expresaba su culpa con lágrimas de confesión. No besaba sus mejillas, ni su frente, ni sus manos, ni sus labios, sino sus pies para demostrarle su indignidad. No fueron caricias sino adoración.


  1 Juan Mayormente el contenido de esta carta, si es que a pesar de la repetición de asuntos, se puede considerar de esa manera y no como...