Páginas

viernes, 22 de abril de 2011

El Rey coronado con espinas


Marcos 15: 21-41
 (Mt. 27:32-56; Luc. 23:26-49; Jn. 19:17-30)
 21 Y obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que le llevase la cruz.22 Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera. 23 Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó. 24 Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes sobre ellos para ver qué se llevaría cada uno. 25 Era la hora tercera cuando le crucificaron. 26 Y el título escrito de su causa era: EL REY DE LOS JUDÍOS. 27 Crucificaron también con él a dos ladrones, uno a su derecha, y el otro a su izquierda.28 Y se cumplió la Escritura que dice: Y fue contado con los inicuos. 29 Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: ¡Bah! tú que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas,30 sálvate a ti mismo, y desciende de la cruz.31 De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciendo, se decían unos a otros, con los escribas: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. 32 El Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos. También los que estaban crucificados con él le injuriaban. 33 Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.34 Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? 35 Y algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: Mirad, llama a Elías.36 Y corrió uno, y empapando una esponja en vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a bajarle.37 Mas Jesús, dando una gran voz, expiró. 38 Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. 39 Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. 40 También había algunas mujeres mirando de lejos, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé, 41quienes, cuando él estaba en Galilea, le seguían y le servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.



De las torturas a que sometieron a Jesús las morales fueron superiores a las corporales, y las heridas que le hicieron en su espíritu y en su carácter sangraban más que las venas que destrozaron los clavos. Cuando se dice que su sangre nos limpia de todo pecado hay que pensar que antes que le destrozaran a latigazos su piel sus poros la dejaron salir. Todo el espacio del enjuiciamiento y de la crucifixión estuvo relleno con burlas y chistes de mal gusto, y maldiciones, que acumulaban más condena sobre su persona que las bofetadas y las salivas sucias de aquellas bestias humanadas que no espumaban siquiera sus propias vergüenzas (Jud. 1:13). El precio de nuestro perdón tiene más tantos de burlas y humillaciones en el cuerpo que de maltrato físico.

Al fin se salieron con la suya y el que querían clavar clavaron, deseaban su muerte y la obtuvieron, querían verlo colgando en una cruz y lo vieron, y fueron tantas las ansias de muerte que tenían, que siguieron la procesión hasta el monte Gólgota; y todavía como ya he dicho, las burlas continuaban, riéndose de sus sermones, extrayendo de ellos alguna parte que le pareciera ridícula, improbable y jocosa, o que hubiera servido para condenarle (v. 29); y les pedían sin fe milagros, y por sus propias bocas confesaban que él había hecho muchos (vv. 31, 32), y querían extras pero no para ellos sino para sí mismo; y no les contestó ni una palabra porque no era una oración sino injurias moviendo la cabeza, el cuerpo, y las manos con gestos obscenos y diciendo palabrotas juntas con residuos de sus predicaciones que aún quedaban en sus memorias (vv. 29-32).

Así continuaban burlándose de sus clamores, y por reírse de sus oraciones o por ignorancia del idioma hebreo cambiaban las letras de sus palabras para confeccionar un chiste y pasar un buen rato divirtiéndose en frente de sus padecimientos (vv. 34-36). Ignoraban por completo estos desmedidos, la teología de lo que allí estaba ocurriendo, que el Unigénito Hijos de Dios estaba muriendo amargamente sin querer quitarle algo a su consumado dolor, y por eso rechazó de sus labios el soporífero que quisieron darle para calmar la sed, y tragando completa la copa del juicio divino por nuestras faltas, la completa condena cumplió.

Si lo hubieran conocido hubieran recibido bendiciones con otro grupo, y postrados ante su majestad les habrían pedido mil disculpas, y golpeándose el pecho confesarían sus barbaridades ante el trono de la gracia pidiendo misericordia y perdones (Luc. 23:48). Pero el clima de burla y de desprecio permaneció durante todas esas horas que el Siervo Sufriente profetizado por Isaías iba expirando y agotando por nosotros toda sentencia y maldición.

Y las sorbió en justicia porque cuando hubo entregado su espíritu, allá lejos entre el lugar santo y el lugar santísimo dentro del templo, la cortina que separaba los dos sitios fue rasgada de arriba abajo indicando el acceso que con su muerte ya tendríamos a la presencia de Dios y que lo que había hecho, en aquel símbolo destruido, se había abierto una puerta que permitía a él, el sumo sacerdote entrar con su sangre y heridas ante la justicia divina y pagar hasta el último cuadrante por nuestra liberación espiritual (He. 9:7).

Y el Lugar de la Calavera se estremeció, negros nubarrones se presentaron delante del sol y ocultaron su faz desde las doce del día hasta las tres de la tarde, la hora en que supuestamente murió, y los que estaban abajo se estremecieron con miedo y aún el valiente centurión cambió de forma de pensar y exclamó sin importarle ofender a nadie que el que había visto morir era Hijo de Dios (v. 39), y cuando éste clamó, "Padre perdónalos porque no saben lo que hacen", este militar pudo haber sido uno de los que se beneficiara con el perdón pedido sin un nombre en particular, y entonces lo haría suyo.

Simón de Cirene (vv. 21,22) llevó una cruz impuesta hasta donde le dijeron, y la puso allí y se quedó por alrededor mirando lo que pasaba, pero él no fue colocado en ella sino el Otro, el Cansado, el que no pudo llevarla; a ese sería al que clavarían y le despojarían de su ropa dejándolo desnudo y avergonzado hasta el extremo (v. 24) delante de las mujeres piadosas que para no aumentar la vergüenza a que lo sometían, y porque no las dejarían, prefirieron quedarse lejos y que sólo de entre ellas la madre se acercara a ver al hijo así sin ropas en público (vv. 40,41; Luc. 23:49).

Y no fue el centurión el único que fue evangelizado y convertido por su testimonio y su fortaleza moral, sino que también en otro lugar donde se hace una historia más abundante, dice que uno de los ladrones impresionado también por el comportamiento del que estaba en medio de ellos dos, regañó al otro que continuaba llenando su boca con maldiciones y lamentos, y volviéndose al Señor le pidió por favor que cuando viniera en su reino en el cual ya creía, no lo olvidara, y Jesús le dijo que antes que acabara el día estarían ambos en el paraíso. Y cuando Jesús entró, como quien dice, dejó la puerta abierta para que aquel recién creyente entrara sin impedimento, siguiendo el mismo camino que su espíritu exhalado abrió. Por ella entraremos.

Y detrás de él entró Simón de Cirene, este militar que acabo de mencionar, María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé, y todos los que han muerto confiando sus espíritus y cuerpos a la muerte Suya, y el de otras muchas mujeres que han vivido después de esas y creyendo como ellas que Jesús Nazareno, coronado con espinas, es el Rey de los judíos y el Salvador del mundo (vv. 21,39-41).

jueves, 21 de abril de 2011

Jueces, acusadores, y burlones

Marcos 15:6-20

(Mt. 27:15-31; Luc. 23:13-25; Jn. 18:38--19.16)
 6 Ahora bien, en el día de la fiesta les soltaba un preso, cualquiera que pidiesen.7 Y había uno que se llamaba Barrabás, preso con sus compañeros de motín que habían cometido homicidio en una revuelta.8 Y viniendo la multitud, comenzó a pedir que hiciese como siempre les había hecho. 9 Y Pilato les respondió diciendo: ¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos? 10 Porque conocía que por envidia le habían entregado los principales sacerdotes.11 Mas los principales sacerdotes incitaron a la multitud para que les soltase más bien a Barrabás. 1213 Y ellos volvieron a dar voces: ¡Crucifícale! 14 Pilato les decía: ¿Pues qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aun más: ¡Crucifícale! 15 Y Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a Barrabás, y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuese crucificado. 16 Entonces los soldados le llevaron dentro del atrio, esto es, al pretorio, y convocaron a toda la compañía.17 Y le vistieron de púrpura, y poniéndole una corona tejida de espinas, 18 comenzaron luego a saludarle: ¡Salve, Rey de los judíos! 19 Y le golpeaban en la cabeza con una caña, y le escupían, y puestos de rodillas le hacían reverencias.20 Después de haberle escarnecido, le desnudaron la púrpura, y le pusieron sus propios vestidos, y le sacaron para crucificarle. Respondiendo Pilato, les dijo otra vez: ¿Qué, pues, queréis que haga del que llamáis Rey de los judíos?




Esta es una porción bastante amplia, pienso yo para mis resumidos comentarios; y aunque a primera vista me parece que los exceden trataré entonces de verter lo indispensable sin que afecte la emoción que me produce, siendo compacto. Causa pesar ver el comportamiento de los soldados romanos influidos a tal modo por el bajo espíritu de los judíos, o comprados por ellos, que no es justificable que le trataran de ese modo con tanto desprecio y crueldad, uniendo las burlas a los malos tratos, y haciendo una fiesta penosa sin ningún sentimiento humano de compasión y justicia.

Hacían méritos al burlón título dado por Pilato y los judíos, "Rey de los judíos" (v. 9); así se congraciaban con él, y con los otros estaban a sus anchas mofándose del desprotegido e inocente reyezuelo, y le pusieron no una corona de juguetes sino una dolorosa, tejida por ellos, de espinas (v. 17) y lo vistieron con un manto rojo similar al de los reyes. Humanamente todo eso parece un abuso desde un extremo al otro, sin ley y sin respeto alguno para un hombre y un ciudadano, que conociendo su inocencia haciéndole el juego a las autoridades y a la sociedad lo ofendían y torturaban, como si se tratara de un delincuente peor que Barrabás. La tortura de los presos siempre ha estado presente en las cárceles del mundo y este es un viejísimo ejemplo de esa barbarie perpetuada aún en este siglo XXI. La humillación, la burla y el desprecio fueron el trago más amargo que tuvo que beber Jesús, incluso hasta la cruz (v. 35), que sobrepasa las heridas sobre el cuerpo.

El papel que Pilato jugó en todo este proceso no merece la más pequeña defensa, que siendo un hombre con tanta autoridad se dejara llevar por complacencia hacia los judíos y satisfacerlos hasta el extremo de canjearlo por un asesino convicto que sí merecía la ejecución y no la libertad, pero él y los otros preferían ver en la calle a una amenaza pública que a un hombre honrado distribuyendo panes y peces a los hambrientos, devolviendo la vista a los ciegos, sanando a los leprosos y resucitando los muertos; porque no eran amantes de lo bueno (Tit 1:8). Tal benefactor según ellos no les convenía y merecía por tanta prodigalidad y bondad que lo mataran sin juicio alguno, como en una corte sumaria, mientras que al otro por una costumbre introducida por los romanos en la fiesta de la Pascua, lo ponen en la calle para que hiciera lo que le viniera en gana, es decir se juntara de nuevo con sus compañeros y continuara el trayecto de aterrorizar a los ciudadanos.

Pilato es indigno de ser procurador y representante de la ley y del orden cuando siendo más politiquero que juez, consulta a la odiosa turba qué sentencia le pondría al supuesto transgresor, y sin consultar ningún código legal los satisface cuando ellos de común acuerdo le piden la muerte por crucifixión. Ni aunque se lave las manos mil veces, quien reprochado por su mujer, puede quitarse la culpa y su total responsabilidad por haber actuado indignamente en la conducción de la liberación o muerte de Jesús. Poncio Pilato, los judíos y los soldados romanos formaron el conglomerado de jueces, acusadores y burlones, que en breve hicieron una cruz para clavarlo.

miércoles, 20 de abril de 2011

Quieren llevarlo al Gólgota




Marcos 15:1-5
(Mt. 27:1-2,11-14; Luc. 23:1-5; Jn. 18:28-38)
 1 Muy de mañana, habiendo tenido consejo los principales sacerdotes con los ancianos, con los escribas y con todo el concilio, llevaron a Jesús atado, y le entregaron a Pilato. 2 Pilato le preguntó: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondiendo él, le dijo: Tú lo dices.3 Y los principales sacerdotes le acusaban mucho. 4 Otra vez le preguntó Pilato, diciendo: ¿Nada respondes? Mira de cuántas cosas te acusan.5 Mas Jesús ni aun con eso respondió; de modo que Pilato se maravillaba.



Poncio Pilato ante todo está interesado en enterarse si Aquel Hombre que tienen enfrente representa algún peligro para su gobernación, y la pregunta que le hace es para despejar cualquier duda de la clase política, es decir que si es "rey de los judíos" (v. 2) y si pudiera dirigir contra él una sublevación. Por ahí tenía que empezar un hombre como él preocupado solamente por no encontrarse rivales de ninguna clase y si aparecen exterminarlos; y una vez que se ha convencido que Jesús no está tramando destituirlo de su cargo sino que es una cuestión espiritual que él no entiende, y que tiene que ver más bien con la envidia de los judíos, se queda tranquilo.

El Señor no le respondió con un categórico ¡no!, sino que le dijo "tú lo dices"; queriendo decirle “no anoten esto en el acta como una declaración mía, yo no he dicho tal cosa, quien la está diciendo eres tú”. No es difícil entender por qué Jesús no lo negó completamente, porque realmente de otra manera él habría de convertirse en Rey de los judíos, pero no a través de forcejeos y luchas políticas ni para gobernar o reinar del modo que Pilato lo estaba haciendo, o lo hacía Herodes, o lo hacía el César. Jesús siempre estableció que su reino no era de este mundo (Jn. 18:36), y que los gobernantes no debían sentirse inquietos y preocupados por su doctrina que no estaba encaminada a quitarlos del poder, en todo caso a mejorarles la gobernación haciendo de esos personajes en eminencia y de los miembros del reino, nuevas criaturas, aptos para entender su función delante de Dios y honrarle con su cargo y beneficiar a los ciudadanos sobre los cuales eran divinamente puestos. 

En realidad casi que la pregunta sobraba ya que al acusado lo tenían atado (v. 1), y aunque no podía huir ni ganas tenía de hacerlo, no representaba un peligro ni presente ni futuro. Por lo tanto todas las acusaciones que se le estaban haciendo, ninguna podía imputársele como verdadera sino que eran puras ficciones.   Jesús no explicó nada sobre su caso ni acusó a nadie sino que guardó un profundo silencio, porque no quería luchar contra la voluntad de Dios que era morir “conforme a la Escritura” en inocencia, como “Cordero degollado en presencia de sus trasquiladores” (Isa. 53:7) por los pecados del mundo. El silencio del Señor intrigó a Pilato y le preguntó por qué no se defendía, y como tampoco dijo nada se quedó súper asombrado y dejó que los acontecimientos continuaran su rumbo y los judíos los empujaran hacia donde ellos querían: llevarlo, al Gólgota.

domingo, 17 de abril de 2011

Predicación de un extraño judío que no modernizaba sus sermones




Lucas 3:1-20

(Mt. 3:1-12; Mr. 1:1-8; Jn. 1:19-28)
 1 En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, 2 y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. 3 Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados, 4 como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías, que dice: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor;  Enderezad sus sendas.5 Todo valle se rellenará, y se bajará todo monte y collado; los caminos torcidos serán enderezados, y los caminos ásperos allanados; 6 y verá toda carne la salvación de Dios. 7 Y decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras.9 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego.10 Y la gente le preguntaba, diciendo: Entonces, ¿qué haremos? 11 Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo. 12 Vinieron también unos publicanos para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos?  13 Él les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado. 14 También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario. 15 Como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo, 16 respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. 17 Su aventador está en su mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará. 18 Con estas y otras muchas exhortaciones anunciaba las buenas nuevas al pueblo. 19 Entonces Herodes el tetrarca, siendo reprendido por Juan a causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano, y de todas las maldades que Herodes había hecho,20sobre todas ellas, añadió además esta: encerró a Juan en la cárcel.
                                           



Usted puede escoger entre pensar que Juan era un profeta, un apóstol y un evangelista, y tenerlo como modelo en uno de esos oficios divinos. En el v. 18 se dice que Juan evangelizaba a las multitudes, y se le llama "buenas nuevas" a una predicación con contenido profético y un llamamiento al arrepentimiento, como se menciona en el v. 3; y de cierto esta es la definición más apropiada como modelo profético puesto que la propia Palabra compara su mensaje al del profeta Isaías y dice que en Juan tuvo su cumplimiento (vv. 4-6).


Si esta clase de mensaje fuera predicada en una iglesia, el próximo domingo vendrían pocos a oírles, sin embargo ese resultado negativo no fue el que él cosechó, todo lo contrario, los publicanos sin sentirse ofendidos y más bien arrepentidos y temerosos de la "ira venidera" (v. 7), se llegaron hasta él y les preguntaron cómo podrían evitar que el hacha del juicio de Dios los cortara de raíz y en pedazos y los echara a arder en el fuego que nunca se apaga, y Juan les respondió que se dejaran de abusos al cobrar los impuestos y les pidieran a la gente que solamente pagaran lo que tenían que pagar y no más (vv. 9, 12,13), y después de eso habiendo prometido hacerlo les preguntaron si podían entrar al agua para que los bautizara y completar así la señal de arrepentimiento y hacer un pacto con Dios, y Juan les dijo que sí y se metieron todos en el agua y uno a uno fue siendo bautizado y salían de ella pidiendo perdón por sus pecados (v. 3).

Como el número de bautismos de publicanos había aumentado, incluyendo los más abusadores, algunos soldados del regimiento también fueron tocados por esa predicación y con más temor a Dios que a la muerte en batalla se acercaron también al río y les preguntaron al profeta si quería bautizarlos a ellos, y Juan les respondió que la condición era que desde ese momento en adelante no extorsionaran a nadie, dejaran de calumniar para sacar provecho y estuvieran contentos con el dinero que se les pagaba por el servicio militar (v. 14).


Y estos son sólo una muestra del impacto social que estaba teniendo aquella predicación profética en medio de una sociedad corrupta y de un ejército depravado; aunque la influencia espiritual sobre toda la población era mayor, y gente de toda clase les hacía la misma pregunta qué tenían que hacer para que el hacha de Dios y el fuego inextinguible no los consumiera, y el profeta en nombre de Dios continuaba con su mensaje espiritual y pidiendo la rendición de frutos sociales diciéndoles que atendieran a los pobres y compartieron con ellos las bendiciones de Dios que habían recibido (v. 11).
Y los que aceptaban dejar de vivir egoístamente y sólo para sí mismos, entraban al agua y recibían el bautismo, los otros que nada más que se gloriaban en la herencia étnica en relación con Abraham, Juan les advertía sin contemplaciones lo que les esperaba por esa vana confianza en la sangre de un judío que fue mil veces mejor que ellos, y que de cuya conducta lo habían aprendido nada (v. 8), y a estos engreídos en su tradición fue a quienes con más lenguaje cáustico castigó diciéndoles que estaban más endurecidos que las piedras y que Dios podría levantar mejores personas de ellas que lo que ellos eran, una generación de víboras que deseaban bautizarse sin hacer una conexión de fe y práctica como el padre de todos ellos (vv. 7, 8).


La fama de este profeta crecía vertiginosamente y ya todo el pueblo de Israel contento de que Dios les hubiera enviado un profeta al estilo de Elías, empezó a pensar que tal vez ese extraño predicador que habitaba en el desierto era el mesías con que cada noche soñaban, y al amanecer fueron a preguntarles si podían considerarlo el Mesías, a lo que el humilde hombre rechazó de inmediato el título y aprovechando la ocasión antes de que se fueran les dijo que tenían muy cerca ya la venida del Mesías, pero que no era él, y que si llegaron a pensar por la bendición que Dios derramaba sobre su ministerio que de él se trataba, tenían cerca el bendecido Mesías, un predicador mucho mejor que él, con más unción, que no bautizaría a nadie en agua (Jn. 4:2), pero sí con el Espíritu Santo, de modo que los resultados de sus predicaciones serían muchísimo mejores que los suyos puesto que serían más perfectos y durables, y que por ende si él llegaba a compararse con ese ilustre personaje que pronto aparecería, se sentiría más bajo que un criado que ata y desata la correa del calzado de su amo (vv. 15-17), y les aconsejó que tuvieran mucho cuidado como lo oían y lo recibían porque si bien era capaz de crear una sociedad superior al Israel según la carne, por otro lado oponérsele significaría la ruina completa y que él los condenara a que se quemaran como paja en un fuego perenne.


Y todo este evangelio profético, asegura Lucas que existió en Israel, para que en el futuro nadie dudara que había llegado hasta ellos el último profeta antes del Mesías, y para eso remite a su amigo Teófilo a la historia y da los nombres de otros "excelentísimos" como él mismo, y que bien conocía de quiénes se trataba, Tiberio César, Poncio Pilato, Herodes y Lisanias, y la localización geográfica de ellos, Judea, Iturea, Galilea, Traconite, Abilinia (vv. 1-2, 19).
A quien último llegó el mensaje de esta buena nueva, fue a Herodes el tetrarca a quien no vaciló en dirigirle un sermón ético y pedirle que deshiciera esa relación fornicaria con su cuñada, y si quería ser bautizado, unirse a los santos, tenía que hacerlo, y de lo contrario el fuego del juicio de Dios también lo alcanzaría a él en su palacio y lo quemaría en sus alturas igual que a los demás. Oyendo eso la cuñada, no temerosa del juicio de Dios lo convenció que nada le habría de pasar y que no tenían por qué hacer algún cambio moral por los sermones y consejos de ese extraño judío que no se modernizaba ni en sermones ni en vestuario. Y el monarca seducido por sus placeres le hizo caso y metió a Juan en la cárcel (vv. 18, 19).

  1 Juan Mayormente el contenido de esta carta, si es que a pesar de la repetición de asuntos, se puede considerar de esa manera y no como...