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sábado, 17 de octubre de 2009

Pudiera engendrar un nuevo Onésimo o un Juan Calvino

Filemón 1. 10, 11

"...te ruego por mi hijo Onésimo, a quien he engendrado en mis prisiones...".

Dice CALVINO. "Cuando uno afirma que Onésimo ha sido engendrado por él, debemos entender que eso se logró debido a su ministerio y no a su poder. Renovar el alma de una persona y formarla de nuevo a la imagen de Dios no es obra humana, y de esta regeneración espiritual es de lo que habla ahora. Además, ya que la Palabra de Dios predicada por el hombre es el nacimiento a la vida eterna, no tenemos por qué sorprendernos de que aquel de cuya boca recibimos esa semilla sea llamado padre. Estrictamente hablando, creemos que es por mediación de Dios quien regenera por el poder del Espíritu Santo" (Comentario a las Epístola Pastorales).


Está siendo una gran experiencia doctrinal para mí trabajar directamente en la fundación de una nueva congregación. Todos los días mi esposa y yo salimos a hablar con la gente en la calle, los mercados, etc., y además entregarles algún tratado. Conozca que nutro mi esperanza de bendición de la elección particular que me hace pensar que Dios tiene “mucho” o algún pueblo en ese lugar, y yo lo que tengo que hacer es predicar a “toda criatura” que pueda, sin saber si es o no es elegido pero con la esperanza de hallar aquellos que han sido inscriptos en el libro de la vida desde la fundación del mundo.

He traído de mi credo y confesión reformada, la doctrina del arrepentimiento y la fe como dones de Dios que me advierte que no puedo concederlos a quien quiera sino a quien Dios se los de y debo esperar con paciencia que eso ocurra. No puedo repartir nuevos nacimientos según mi propia voluntad como distribuimos los panfletos. No puedo decir “a éste engendraré como cristiano” “a este otro haré nacer de nuevo y le quitaré el corazón de piedra y le daré uno de carne”; lo sé, lo sé, está fuera del alcance de mi poder.

Lo que sí puedo es predicar el evangelio y no callar, como se le dijo a Pablo en Corinto, y sembrar buena simiente, principalmente las hermosuras y ciencias de Dios, sus preciosos atributos, las bellezas de la creación, de la Palabra Escrita, del modo en que salva a los pecadores y la profundidad y la ciencia de la providencia.

Todas esas cosas serán cautivantes si los recibo con simpatías humanas, sin rencores ni parcialidad como Pablo recibió a Onésimo, un tránsfuga ladrón de Colosas, con la ternura de un par de brazos abiertos y los labios listos para conversar sobre el perdón de los pecados. Corresponde a Dios hacerle sentir su estado de perdición y no a mí tratarlo como un “trapo de inmundicia”, y que si bien está destituido de la gloria de Dios sienta el afecto del Señor, y si lo rechaza no es por culpa de un mensajero desamorado sino suya, porque está pecando contra el amor de Dios.

Dice J.I. PACKER. "Hay que ser osados. Eso nos preserva de desánimos cuando nos encontramos, como a menudo ocurre, con la primera reacción de la gente a la predicación del evangelio, que es de rechazo, apatía y aún oposición. Tal reacción no debe sorprendernos; es algo que debemos esperar que ocurra cuando se le predica a personas que están bajo la esclavitud del pecado y de satanás. Eso no debe desanimarnos, porque ningún corazón es demasiado duro para la gracia de Dios. El mismo, Pablo fue un terrible oponente del evangelio, pero Cristo colocó su divina mano sobre él y quebró esa dureza engendrándolo de nuevo. Y usted mismo, cómo ha venido a ser cristiano, se ha dado cuenta de lo corrupto y engañoso, y perverso que es su propio corazón, y que antes de que se convirtiera a Cristo era peor; sin embargo Cristo lo ha salvado y eso es suficiente para convencerle que lo mismo puede hacer con cualquiera. Así que aproveche la oportunidad para presentar a Cristo a cualquier inconverso. No está perdiendo su tiempo. No tiene razón para desanimarse. Al contrario tiene suficiente razón para ser osado, libre y natural, y esperar en el Señor por el éxito. Tanto usted como yo no debemos calificar a nadie como incorregible y sin esperanza, y que se encuentra más allá del alcance de la mano de Dios si es que creemos en la soberanía de Su gracia" (Evangelismo y la Soberanía de Dios”, pag. 118).

¡Quién sabe a quién usted y yo estamos engendrando!, tal vez un Onésimo que llegó a ser obispo en Colosas, o a un Juan Calvino o un J.I. Packer.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Sermoneros y Expositores Contrastados


NOTA: Pido disculpas a los hermanos que accidentalmente he borrado sus hermosos comentarios, les prometo publicarlos si son tan amables de re-enviarlos. Gracias.

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¿Podría hacerse alguna distinción, aunque muy fina como una tela de cebolla, entre lo que hace un predicador y lo que hace un expositor bíblico? Uno supone que un predicador sea expositivo en su sermón y que un expositor predique un buen sermón; sin embargo hallo algunas, si se quiere sutiles pero no exageradas diferencias, que aquí expongo.

I. El predicador de sermones, lo defino como un sermonero que trabaja duro durante la semana para predicar el domingo un “sermón eficaz” donde su objetivo es los oyentes.

Su esfuerzo se concentra en hallar un mensaje en la Biblia y decírselo a los que le escuchan. Busca predicar un sermón y conoce cómo prepararlo y es hábil en su organización homilética, en su adorno literario y magnífico en ilustraciones. Durante todo su recorrido, 45-60 minutos, se mantiene dentro de una perfecta organización con total pulcritud. Su corazón evangelista late por la salvación y edificación de su congregación y con frecuencia no da muchos pasos sin que haga las bien intencionadas aplicaciones, que es como el delicado arte de ir depositando fracciones de la verdad dentro del corazón humano.

El esfuerzo mental y emocional del expositor es hacia la Escritura, abrir camino dentro de ella, cavar en su interior y hallar las minas de Moisés, David, Elías, Salomón y de Jesucristo. Su sicología está dirigida hacia la Escritura y la del predicador al auditorio; aquél le da la espalda a la iglesia y le dice “síganme”, y éste le dice “helo aquí, helo allí”. El predicador llena con más de sí mismo que el expositor que pone más de la Escritura que el predicador. El expositor trata de instruir y revelar el contenido de la Escritura, ella es el fin, no así el predicador, donde ella es un medio para alcanzar la mente y el corazón de los demás. El expositor no salta sobre una aplicación sino que llega a ella caminando.

II. El expositor bíblico es más que todo “un maestro de las congregaciones, un pastor” (Ecl. 12:11), un personaje más sencillo y disfruta de menos moderna notoriedad que el predicador de sermones, pero tampoco es culpable de la fascinación de las iglesias que han sucumbido al sensacionalismo.

Lo que tiene en su mente no son precisamente sus oyentes sino la verdad; sube al púlpito no tanto con el objetivo de mover las almas en un sentido determinado como exponer enfrente de ellas la verdad de Dios. Está más fascinado con Dios que con el público. Más que llevar la Palabra hacia ellos procura llevarlos a la Palabra, envolverlos con ella, deslumbrarlos con ella y revelar a Dios. No es definido como “bíblico” porque cite muchos “versículos” sino porque expone textos de la Biblia, donde el que sirve de base se lleva el noventa por cien del tiempo y determina qué otros en otros libros pudieran ser traídos como secundarias comprobaciones y no como demasiados atendidos invitados. No desprecia la homilética pero no se le somete tampoco sino que más bien instintivamente la esconde dentro de la unidad de su asunto, el cual fluye único como las aguas de un arroyo sin las comunes cicatrices que dejan didácticamente los puntos de las principales divisiones de un llamado buen sermón, generalmente temático y a lo sumo textual.

III. El predicador intenta ser más práctico que el expositor pero evidentemente su pragmatismo populista le esfuma no poco la sublimidad de la verdad, y aunque saque risas y de temporales alivios, disminuye su espiritualidad que es el perfume y esencia de la verdad desnuda y solitaria, quiero decir, abstracta.

De los sermones de un predicador se pudiera editar un libro de teología si es reformado, o un manual de auto-ayuda si es postmodernista y un librito comercial que dure toda su neurótica época; las predicaciones de un expositor de la Biblia darían origen a un buen comentario tan competitivo como un volumen de historia antigua y arqueología cuyos hallazgos se perpetúan de generación en generación con vigencia y trascendencia.

En fin, el predicador transporta hacia afuera alguna verdad, el expositor deja que la verdad luzca con emoción todo su esplendoroso ropaje en los contornos de su belleza y cautive admirados los ojos y el corazón de aquellos que la oyen, y los seduce con sus encantos hasta convertirlos en enamorados. Yo soy uno de ellos que no ha cesado desde su juventud hablar de esa Dama, la Escritura, y escribirle cartas de amor, y ahora con más amor que nunca me inclino y beso sus hermosos pies.


lunes, 12 de octubre de 2009

No andes con la tontería que si tuvieras tantos años menos


Isaías 40. 27-31

“¿Por qué dices, oh Jacob, y hablas tú, Israel: Mi camino está escondido de Jehová, y de mi Dios pasó mi juicio? ¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance. El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán”. (Isa. 40: 27-31).

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Aquí tienes un texto para ponerle fin a tu desánimo. Si después de leerlo persistes en andar alicaído, tu mal no sale sino con oración y ayuno. ¿De dónde has sacado eso que Dios no sabe lo que te pasa, porque dices que Dios no conoce tus caminos? Oh, ¿no sabes que él te ha puesto en esos caminos, que andas por donde él propuso que anduvieras? No sujetes tu melancolía a semejante ignorancia. Si dirigieran tus pasos la Fortuna o la Suerte me callaría, pero no es así. Los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas; da fuerzas al cansado, él no se fatiga. ¿Por qué dices, Dios no sabe lo que me está pasando? Dios sí lo sabe.

Cuando te cunda los músculos y el espíritu el desánimo, remítete a Dios como Creador. Eso pone fin a la duda de si puede o no puede prestarte ayuda. Andas así porque no tienes ni idea del Dios que tienes. Sumérgete un poco en la teología y en el estudio de los atributos de Dios. Da vergüenza que te vean así teniendo enfrente un Dios tan enorme. ¡Mira que Dios se ha opuesto a que lo humanices! Si Dios es indescriptible, no dibujable, y por eso se ha opuesto a que lo concibamos como los paganos, ¿por qué no cesas de humanizarlo y pensar que es como un viejito cansado? Te cansarás tú pero no él.

No andes con la tontería que si tuvieras tantos años menos podrías hacer esto y lo otro. Los muchachos se cansan y se caen. Tú no necesitas tener menos años sino más fe. El Señor es el autor de todo vigor. Tú te cansas pero Dios no. Cuando te falte la voluntad pídele prestado un poco de la suya. Los que esperan en Dios podrán hacer labores que los jóvenes no han podido realizar, ni tú cuando tuviste muchos años menos. Recoge estas palabras que son dichas para gente que se siente caída en el polvo. Dios la recoge desde el suelo.

¡Oh, oh impaciencia de mi incredulidad! ¿Qué he decir? ¿Que mis problemas no le interesan a Dios? No hable así Israel, no hablaré así yo. ¿No puedes dar ni un solo paso? Cambia de actitud. Siéntate. Reposa. Si no tienes fuerzas ni para andar, fuerzas Dios te dará. Imagínate que si ahora te arrastras, en un rato podrás volar y visitar las altas nubes que te parecen lejanas. ¿Volar? Sí. ¿Por qué no? Cuando se vigorice tu fe por su Palabra te separarás de este mundo, te remontarás sobre él como las jóvenes águilas. Y ¿cómo? Por una renovación. No gastes tus pocas fuerzas en lamentos. Encamínate a una renovación. Si no puedes renovar lo que envejeció y ya es historia, renuévate tú.

viernes, 9 de octubre de 2009

Si Dios está ahí yo no voy


Ge. 28: 16,17
“Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía. Y tuvo miedo, y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios y puerta del cielo”

Uno esperaría que Jacob al despertarse dijera: “¡Qué sueño tan fascinante he tenido, ha sido algo maravilloso y quisiera volver a dormir y soñar con lo mismo!”; pero no fue así, cuando Jacob se despertó dijo que era una pesadilla, algo horrible. Había visto ángeles no demonios que lo miraran amenazantes ni les dijeran blasfemias sino puros ángeles de Dios que subían y bajaban del cielo, y no diablos del infierno. No vio a Satanás. Sin embargo halló el lugar terrible. Había estado en la casa de Dios y en la misma puerta del cielo y se sintió mal. Entonces ¿si hubiera estado en el infierno y no en el cielo, se habría hallado más a gusto? Quizás a los impíos no les guste el infierno pero el paraíso menos.

Los pecadores se sienten bien donde haya pecados, una cueva de ladrones y un hervidero de demonios, no donde esté Dios. Se sienten bien donde la carnalidad esté a la orden del día y los ojos se llenen de sensualidad y no donde haya Espíritu Santo, predicación, cristianos y Dios. El lugar más terrible para un pecador es donde se sienta a Dios.

A veces los hermanos inútilmente preparan el culto para que las visitas se “sientan” bien y les dan la música que a ellos les gusta, el trato que les encanta y la predicación que los entretenga y divierta. Y a esa entrega sicológica llaman “presencia de Dios”. Y todo con el propósito que regresen y se conviertan a Cristo. El culto debe ser preparado para los santos, pensando en ellos, y lo que estos primeros oigan les viene como anillo al dedo a los otros. Los santos se sienten bien con la presencia de Dios. Los engañadores y suplantadores (Jacobos) se sienten funestos y desgraciados. La gloria que brilla en la faz de Jesucristo les alumbra sus conciencias y se espantan; sienten la voz de Dios al aire del día y corren por miedo para taparse sus vergüenzas.

No quieren regresar a Betel a no ser que ya no sea más “casa de Dios y puerta del cielo”; entonces sí, si los líderes bien entrenados en “iglecrecimiento” hacen que los reflexivos ángeles no suban y bajen en silencio la escalera sino soplando trompetas apocalípticas sobre el milenio, los tres años y medio de la gran tribulación, y otras aventuras exegéticas propias de soñadores y engañabobos. O les dan un micrófono a cada uno y les enseñan insulsas musiquillas que interrumpan con amenes y aleluyas y pidan de vez en cuando un aplauso para Jesucristo, como si fuera para Jedutún el músico principal. De todos modos, el Altísimo no es otro que el Vecino que vive en el piso de arriba, un rico bonachón que da todo lo que le pidan y se ríe de las gracias y pecadillos de los confianzudos e irreverentes que viven en la planta baja.

Jacob, que todavía no era cristiano hubiera deseado la aparición de cualquiera otro espíritu semejante a él, pero no la de un Dios que es luz, tres veces santo, tan justo y tan distinto; y a esa hora temprana tomó su bulto y continuó más deprisa su fuga hasta Aram, o a Tarsis, Madrid, Miami, Ciudad Méjico, Buenos Aires, Lima, o hasta el oriente del Edén, a tierra de Nod (Ge. 4:16), a menos que de algún modo la providencia le aparezca en Peniel (Ge. 32), luche con Dios, lo vea cara a cara, sea librada su alma y reciba un nombre nuevo mejor que el de Lampiño y Engañador.

  1 Juan Mayormente el contenido de esta carta, si es que a pesar de la repetición de asuntos, se puede considerar de esa manera y no como...