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miércoles, 18 de enero de 2012

Flexible y su Flexibilidad


                                            
 Exposición de un personaje del libro de Juan Bunyan, El Peregrino.

Flexible, estaba hecho con músculos blandos. Quería acompañarle, y por un tiempo hizo algunos avances, yendo a la par de Cristiano como si fueran el uno el verdadero compañero del otro, sin embargo, eran fundamentalmente distintos. Cristiano avanzaba apesadumbrado por el peso de su pecado y Flexible no, caminaba campante, gozoso por lo que iba a adquirir, entusiasmado con las cosas que le habían contado que tendría, interesado vivamente por la felicidad de la vida eterna.
En realidad, su peregrinaje tenía que ser  corto porque era pura imitación. No puedes leer que partiese huyendo de la ira venidera, ni le notarás alguna señal de preocupación espiritual que le ensombreciera su rostro, ni le oirás algún gemido lamentándose por sí mismo, ni menos algún bulto sobre su espalda como lo lleva en principio todo genuino Cristiano; la espalda de la conciencia, claro. Imitaba los pasos de su compañero, ponía los pies donde él, miraba en su dirección, hablaba sobre sus temas y hacía suyas sus metas y esperanzas. Todo en Flexible era importado, ninguna cosa de valor celestial nacía dentro de su propia alma. Era un testimonio aprendido, copiado.

Salió con Cristiano en peregrinación faltándole “la convicción de lo que no se ve”, sin seguridad de la realidad espiritual que perseguía. Su corto tramo de cristianismo era todo dicha, sonrisas, efusividad y apuro. Le faltaba conciencia de pecado y no era impulsado a buscar algún tipo de tranquilidad en la remisión de ellos, ni siquiera sabía si había culpa o no. Nunca perdió el sueño buscando lo que ahora quería. La palabra “salvación” no tenía un verdadero significado para él porque no pensaba que estuviese salvándose de algo, que mereciera la muerte;  iba hacia delante sin “huir de la ira venidera” y sin pensar en algún juicio final. No sabía nada sobre los mensajes de Dios sobre la justificación o la absolución de un pecador. Su peregrinación era algo festivo, saltos y alabanzas, risas, pasión. Salió  a buscar un premio por el cual no había trabajado. No sabía bien lo que quería; y aunque había recibido la palabra con gozo, su simiente no tenía raíz en sí misma y como no tuvo profundidad, cuando salió el sol se secó, o mejor dicho, cuando cayó en el barro se volvió atrás. 

Flexible no había tenido ningún contacto con la ley de Dios y el pecado para él era  desconocido. A él ningún señor Evangelista le indicó el camino ni había echado a andar porque lo rozara alguna palabra divina y tuviese algún vivo celo por Jehová.  No tenía fe para andar en la senda, sino embullo. Era la esperanza de otro lo que lo impulsaba; quería heredar lo que aquel iba a heredar. Miraba en la misma senda que Cristiano pero no veía lo mismo; caminaba  mirando a su lado más que arriba o al frente. El corto tramo que anduvo se lo debió a la comunión fraternal con su compañero de viaje no a alguna razón de índole celestial. Y el calor humano donde no hay fe no es un combustible suficiente para llegar a Sion. La relación con los hermanos no substituye la gracia; y copiar las ideas ajenas no es de valor permanente.   

Su fe era ajena,  prestada, era inexistente;  un montón de emociones.  El mismo, sin llamarlo nadie, se puso en marcha y salió para recibir lo que no se le había prometido. Seguía a Cristo por la fe de otro. Hizo suya la experiencia de Cristiano, y plantó en su vida lo que había nacido en otro corazón. No se puede robar la experiencia de alguien. No vale la usurpación ni la imitación donde todo lo que se exige tiene que ser genuino, dado por la mano divina en el nacimiento del agua y la palabra.

Llegó el día en que no pudo proseguir y la experiencia que no abatió al otro a él lo aniquiló; el momento cuando tuvo que definir su peregrinaje espiritual y su religión probada con las dificultades propias de la salvación. Se dio cuenta que el evangelio ni la iglesia eran para él. A menos que hubiera otro evangelio y la iglesia fuera otra cosa, sin señores evangelistas ni palabras que partan el alma y los tuétanos. Se hallaba en el sitio equivocado sin el estado adecuado; y tropezó.

El lugar donde llegaron, o mejor dicho, cayeron, se llamaba el Pantano del Desaliento. Un sitio, que luego se supo, era imposible de arreglar, a pesar de las buenas intenciones del Señor de aquel Camino. Se trata de la naturaleza humana que no tiene arreglo por más que se viertan sobre ella camiones de religiones, centenares de preceptos y se envíen los mejores expertos para componerla. El hombre es el hombre, caído y extraviado.
La ley del Señor los echó allí.  En cuanto las palabras de Dios entraron en sus oídos y comenzaron a mostrarle su corrupción, los mensajes le molestaron, empezó a no sentirse a gusto y vio que  se hundía dentro del hedor de su propia naturaleza y en el vaho que despedían sus pasiones. Sintió miedo. Se asustó. Aquello no era lo que suponía. No se cumplían sus ilusiones. Se sintió como leído en la historia de su pasado. Para continuar por ese camino tendría que ser otro, y él no deseaba tanto. Siendo como era sí, pero transformarse en otro no. Quería una religión pero no aquello, un mundo de poder y del espíritu. 

Sus pies no hallaban un suelo firme dentro del pantano. La ética de aquel Libro le pareció muy exigente e innecesaria. Hacía mucho tiempo que no oía a nadie acusarlo de aquel modo y exponerlo a sí mismo de forma tan inmisericorde. Su conciencia le gritaba reproches muy altos y temió que alguien pudiera escucharlos. La vergüenza lo precipitaba.
Perdió su fuerza, su entusiasmo, su primer impulso, se evaporaron sus ilusiones, su paz; y como no había hecho un compromiso firme con nadie, dejó pasar sus ideas de ir a un sitio que creía tan hermoso el compañero de al lado. Se dio cuenta que llevaba el camino equivocado. Las soñadas hermosuras no eran para él,  un individuo delicado, pulcro y moralmente limpio. Hubiera deseado efectuar alguna mejora, llegar a su exquisita meta rápido, pero por una senda propicia según su punto de vista de ver las cosas. Decidió poner fin a su crisis espiritual y reponerse a su transitorio desaliento; por lo cual decidió con un par de brincos y...


“uno o dos esfuerzos desesperados y salir pronto, por el sitio más próximo a su casa”.

Volvió, como Orfa, a los suyos y a sus ídolos. No estaba dispuesto a pagar el precio de una confesión cristiana o de atravesar la desagradable experiencia de la culpa y el arrepentimiento. Era demasiado serio y difícil el camino, usualmente llamado “angosto”. No pudo soportar hundirse en la pasmosa realidad de su propia naturaleza pecaminosa y cuando sus convicciones comenzaron a tragarlo prefirió huir de aquel sitio y continuar caminando por un terreno sin pantanos, sin conflictos morales, sin tropezar con tantas limitaciones e imposibilidades humanas para creer.

Las primeras dificultades en el Pantano del Desaliento  lo acobardaron y prefirió cambiar su rumbo y retornar, quizás imaginando alguna forma de religión menos severa, más suave, un poco más carnal y que no tocara para nada el cofre secreto de la persona humana: La conciencia.
Cristiano, por el contrario, auxiliado por Ayuda, que como un rayo de misericordia le ofreció su mano, fue exhortado a que buscara con fe  las promesas de Dios sobre las cuales poner los pies para salir del desaliento donde había caído y resuelto a no volverse atrás, salió por el sitio más alejado de su casa, el que llevaba al camino real y derecho a Cristo, saliendo a suelo firme por los escalones de las palabras divinas.
Un poco adelante halló un palacio muy bonito donde tuvo la oportunidad de lavarse y reposar.

martes, 17 de enero de 2012

Un tipo llamado Obstinado


Esta es la historia de dos personas, cuento la de una, su nombre es Obstinado, y en la entrada siguiente la del otro, llamado Flexible. Aquí va.

                                        Historia de Obstinado


El nombre de uno era Obstinado y el del otro,  Flexible. Obstinado, que era una característica de todo los que vivían el al Ciudad Destrucción, de donde se marchaba Cristiano,  se opuso con toda la fuerza de su carácter a que se fuera, y además tampoco salió en peregrinación.  Este hombre era un individuo verdaderamente terco y sacaba toda su resistencia de su escepticismo. Era el típico ejemplar de un señor de este siglo.
No salía de su asombro al ver que Cristiano “dejara todo el mundo” para conseguir cosas que nunca había visto y que sólo conocía por referencia, porque había leído sobre ellas; le parecía verdaderamente una falta de sentido común desprenderse de tanto, de lo real, para recibir, según pensaba, lo posible, de lo cual no había seguridad sino la mención que se hacía en un libro cuyo volumen Cristiano llevaba en su mano.  Era uno de los descendientes de la raza de los ateos que poblaban aquella región.

El señor Obstinado estaba cerrado hacia todas esas bellezas futuras; las llamadas por los incrédulos,  mitos y  quimeras de Dios. No se espantó al conocer los terrores del siglo venidero, y caprichoso como era, sin poder persuadir a Cristiano que volviese sobre sus pasos, echó a andar hacia atrás, hacia la Ciudad de Destrucción, convencido en su propia mente que no era un individuo fanático como los dos que acababan de marcharse.
Esta es la historia sobre lo que ocurrió ese maravilloso día cuando Cristiano abandonó la ciudad de la condenación. El inolvidable día de su conversión a Cristo.


“A las voces acudieron también los vecinos. Unos se burlaban de verle correr; otros le amenazaban, y muchos le daban voces para que volviese. Dos de ellos, Obstinado, Flexible, pretendieron alcanzarle para obligarle a retroceder, y aunque era ya mucha la distancia que los separaba, no pararon hasta que le dieron alcance. ‑Vecinos míos‑les dijo el fugitivo‑‑‑, ¿a qué habéis venido? ‑A persuadirte a volver con nosotros‑dijeron. ‑imposible ‑‑contestó él‑; la ciudad donde moráis y donde yo también he nacido, es la Ciudad de Destrucción; me consta que es así, y los que en ella moran, más tarde o más temprano, se hundirán más bajo que el sepulcro, en un lugar que arde con fuego y azufre. Ea, pues, vecinos, ánimo y venid conmigo”.

El esfuerzo que hicieron para hacer volver a Cristiano fue infructuoso, porque su decisión era firme cuando les dijo: “he puesto la mano en el arado”; y eso significaba mucho, “no miraré atrás, jamás, lo que oí y supe no me permite vivir como ustedes. Vamos conmigo o adiós”. Y se marchó, “como viendo lo invisible”.


Regocíjate al contemplar la incipiente seguridad de su esperanza con la que Cristiano  les habla del “juicio venidero”; que la ciudad donde viven será abatida, bajarán todos a lo profundo del Sheol (infierno) y serán salados con fuego. “Creyó, por lo cual habló”. No vacila en evangelizarlos, y a los que salieron para hacerlo volver los insta a que le acompañen. Su conversión está llena de fe en las cosas futuras. Huye de como viven los de su casa, padre, madre, hijos, esposa, y se va lejos a donde está Cristo. Habla y cree las cosas que son del Espíritu. Su esperanza cristiana nace juntamente con su fuga. Su conversión a Cristo es una huida del “vengador de la sangre”, a la Ciudad de Refugio que es Jesús.

Entremos de lleno en la conversación que tuvieron Cristiano, Obstinado y Flexible.

“Obstinado.‑Pero, ¿y hemos de dejar nuestros amigos y todas nuestras comodidades?
Crist.‑Sí, porque todo lo que tengáis que abandonar es nada al lado de lo que yo busco gozar. Si me acompañáis, también vosotros gozaréis conmigo, porque allí hay cabida para todos. Vamos, pues, y por vosotros mismos os informaréis de la verdad de cuanto os digo.
Obst.‑¿ Pues, qué cosas son esas que tú buscas, por las cuales lo dejas todo?
Crist.‑Busco una herencia incorruptible, que no puede contaminarse ni marchitarse, reservada con seguridad en el cielo, para ser dada a su tiempo a los que la buscan con diligencia. Esto dice mi libro, leedlo si gustáis, y os convenceréis de la verdad.
Obst.‑Necedades. Déjanos de tal libro, ¿Quieres o no volver con nosotros?
Crist.‑¡Oh!, nunca, nunca. He puesto ya mi mano al arado.
Obst.‑Vayámonos, pues, vecino Flexible, y abandonémosle. Hay una clase de gentes, toritos como éste, que cuando se les mete una cosa en la cabeza, se creen más sabios que los siete famosos de Grecia.
Flex.‑Nada de improperios, amigo, ¿Quién sabe si será verdad lo que Cristiano dice? Y entonces vale mucho más lo que él busca que todo lo que nosotros poseemos; me voy inclinando a seguirle.
Obst‑‑‑¡Cómo! ¿Más necios aun? No seas loco, y vuélvete conmigo. ¡Sabe Dios adónde te llevará ese mentecato! Vayámonos, no seas tonto.
Crist.‑No hagas caso, amigo Flexible; acompáñame y tendrás no sólo cuanto te he dicho, sino muchas cosas más. Si a mí no me crees, lee este libro, que está sellado con la sangre del que lo compuso.
Flex.‑Amigo Obstinado, estoy decidido; voy a seguir a este hombre y unir mi suerte con la suya. Pero (dirigiéndose a Cristiano), ¿sabes tú el camino que nos ha de llevar al lugar que deseamos?
Crist.‑Me ha dado la dirección un hombre llamado “Evangelista" ; debemos ir en busca de la puerta angosta que está más adelante, y en ella se nos darán informes sobre nuestro camino.
Flex.‑Adelante, pues; marchemos.
Y emprendieron juntos la marcha. Obstinado se volvió solo a la ciudad, lamentándose del fanatismo de sus dos vecinos. Estos continuaron su camino, hablando amistosamente de la necia terquedad de Obstinado, que no había podido sentir el poder y terrores de lo invisible, y la grandeza de las cosas que esperaban: ‑Las concibo‑‑decía Cristiano‑; pero no hallo palabras bastantes para explicarlas. Abramos el libro y leámoslas en él.
Flex.‑Pero, ¿y tienes convencimiento de que sea verdad lo que el libro dice?
Crist.‑Sí, porque lo ha compuesto Aquel que ni puede engañarse ni engañarnos.
Flex.‑Léeme, pues.
Crist.‑Se nos dará la posesión de un reino que no tendrá fin, y se nos dotará de vida eterna para que podamos poseerle para siempre. Se nos darán coronas de gloria y unas vestiduras resplandecientes como el sol en el firmamento. Allí no habrá llanto ni dolor...”


Observa que aunque Cristiano tuvo que haber pensado en sus amigos cuando salió de su ciudad, la separación de ellos no fue un obstáculo invencible. Para Flexible eso era demasiado importante. Eran sus amigos, con ellos había compartido su antigua vida y sus mejores momentos. Lo conocían bien y ellos a él. ¿Qué dirían cuando supieran que renunciaba a sus costumbres? ¿Qué dirían de su cambio, lo creerían, pensarían que estaba mintiendo o lo lamentarían?
Cristiano obró distinto, no fue a pedirles permiso para creer en Cristo. Se marchó sin ellos. Y continuaron su camino, charlando y animándose con las promesas que iban leyendo en el Libro.
Cristiano vuelve a esgrimir la espada de su esperanza futura para no regresar, aunque las invitaciones para cometer apostasía crecían. Sobresale en la narración de Cristiano su ingenua fe. No tiene otra razón para  explicar su confesión cristiana que su salvación, a la luz de su creencia en eventos finales. Ni siquiera en presencia de Obstinado cambia su razón. Se encuentra con la incredulidad, con la burla, y siempre dice lo mismo: “Yo creo que el mundo se va a acabar, la ira de Dios está sobre él y el que quiera escapar tiene que abandonarlo”. Cuando le preguntan sobre qué basa su seguridad invariablemente cita el Libro que tiene en su mano y del cual toma su esperanza.

Cuando Flexible le dice que si está seguro  que el libro diga la verdad, él afirma que lo compuso Dios que no puede mentir. No es un Libro como otro cualquiera. Los varones que lo escribieron estaban inspirados por el mismo Dios y es como si él con su puño y letra lo hubiera hecho. En una palabra, les dice: “La Biblia es la verdad, no hay en ella errores ni mentiras”. Sólo le importa que ella lo dijera y él lo cree. Cualquiera otra evidencia externa no le daría seguridad a su alma. Su único cuidado es interpretar correctamente el Libro.

La fe de Cristiano es bibliocéntrica; sus raíces entran en ese libro y crece sobre él. No se avergüenza ni un momento en mostrar ese fundamento, y dice bellamente  que su Libro está sellado con la sangre de quien lo compuso. Es decir, Jesucristo ha dado testimonio con su palabra, con sus obras, con su muerte y resurrección que estamos en la Escritura correcta, que es ese libro y no los otros que tienen otras religiones, el libro de Dios.
Jesucristo lo creía, probó que todo era verdad, desde una tapa a la otra. No desautorizó ninguna de sus historias como leyendas o mitos. Sus palabras confirman el Libro. Buscar otro argumento para afirmar la veracidad de la Escritura le parecía impropio y degradante, dado que tenía esos tan superiores y sólidos.

Con tal certidumbre escritural invitó al  incrédulo Obstinado a que lo leyera, pensando  que llegaría a creerlo como él. No hay otro libro para ofrecer a los ignorantes y los que no creen. Si lo que se quiere es salvarlos no hay más argumentos que los sacados de la Palabra de Dios. No hay mejor libro para evidencias espirituales ni para evangelizar a los pecadores.
¿No era eso Obstinado? A él también le predicó la veracidad del Libro, no con pruebas ajenas a él, sino para que lo escudriñara y por sí mismo se convenciera leyéndolo, porque la fe viene por oír la Palabra de Dios.
Finalmente Obstinado se marchó a su familia y a sus pecados, y Flexible por un tiempo continuó a su lado.





lunes, 16 de enero de 2012

Llamado pero Atrasado



 (Un comentario del libro de Juan Bunyan El Peregrino, la más hermosa alegoría cristiana jamás escrita. Disfrútala y compártela)

Dos personajes, uno llamado Cristiano y el otro, Esperanza
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Esperanza contó a Cristiano cómo él se demoró en acudir al llamado del Señor por lo atractivo que el pecado le resultaba.

“El pecado era muy dulce a la carne y en realidad yo no quería dejarlo”.

Uno de tus mayores obstáculos que tuviste o tienes para corresponder al llamado de Dios es tu debilidad carnal. Tus deseos se oponen continuamente a que avances. Quizás tus más grandes escoyos  no son intelectuales sino sensuales, el deleite por el pecado. El evangelio llama a que se deje lo que es dulcemente carnal, que atrae todas las afecciones humanas del corazón. Esperanza afirmó que el pecado era dulce a su naturaleza carnal. Si el pecado no fuera dulce no sería atractivo. Pero es muy amargo cuando se digiere. Esta es la esencia misma de la razón por lo cual no quieres ser cristiano, porque amas tu pecado y no deseas renunciar a él. No quieres renunciar a tus placeres porque te sientes seguro en sus disfrutes y piensas que no hay otra vida  mejor sin ellos.

Fue sincero y dijo que en realidad no acudía a Cristo porque no quería. Cristo lo llamaba a que se arrepintiera y dejara su pecado. Sabía que no podía hacer ambas cosas, responder al llamamiento de Dios y continuar con su pecado. Tenía que decidirse entre el uno y el otro. Hizo todo el esfuerzo que pudo para olvidar la salvación, pero gracias a Dios, infructuosamente.
Cristiano le preguntó si no sentía nada que le estremeciera su conciencia durante todo el tiempo que estuvo rechazando el llamamiento de Dios. Le respondió que sí y nombró aquellas cosas que lo sacudían.
Lo primero que recuerda fue  la presencia de un cristiano:

“Si me encontraba un hombre bueno en la calle”.

Sería mejor que hubiera dicho si se encontraba un cristiano, alguien que tuviera lo que él no tenía, el valor para vivir piadosamente en Cristo Jesús. Lo miraba como un ser privilegiado que había llegado donde él no y vivía como él no podía. Al saber nada más, que alguien era cristiano, se sentía mal, ¡cuánto más si le oía hablar de Cristo! Probablemente procuraría alejarse de él, no oírlo ni verlo, no tener ninguna amistad con él, para evitar que le reprendiera y para no luchar con su conciencia. Cuando miraba la piedad se sentía impío, la fidelidad de otros le hacía sentir su fracaso.

La presencia y la vida de un cristiano  resulta incómoda para los que son llamados por Dios y no quieren seguir a Cristo, y para los que le han vuelto la espalda. La presencia de un hombre santo, a un pecador, le hace sentirse culpable. Y un impío cuando mira a uno que vive en santidad, lo admira secretamente y lo cela con horrorosa envidia. Una vida de santidad ocasiona en el pecador, un malestar indefinible.
En segundo lugar le turbaba mucho  la Biblia.

“Si oía alguna lectura de la Biblia”

La Palabra de Dios le turbaba el alma, fuera leída, predicada o la visión misma del Libro Santo. Se le llenaba de angustia el corazón y un frío nostálgico, con azorado aire de incredulidad, le recorría todo el cuerpo.
Por esa causa un sinnúmero de personas  actúan de igual manera, dejan de leerla y no quieren que nadie les predique sobre ella.  Les recuerda muchas cosas. La Biblia les ayuda a aborrecerse y no les permite disfrutar el pecado en paz. Para el que ha dejado a Cristo o no quiere convertirse a él, cualquier conversación es bienvenida con tal que no sea sobre religión. Sufren una indecible angustia.

Además, en aquellos tiempos Esperanza añadió que tenía mucho miedo a la enfermedad. 

“Si me dolía la cabeza...”

Pensaba que se iba a morir. Esperanza se llenaba de pánico  por algún dolor de cabeza porque suponía que  podría ser el principio de su fin. Los temores a enfermarse y morir le rondaban continuamente. Mientras no fue Cristiano la muerte fue un tema no vencido en su pensamiento. Le acosaba el miedo a morir, por todas partes, le temblaban sus carnes, palidecía y se sentía empequeñecer, como diluyéndose fibra por fibra, nervio por nervio y tendón por tendón. Acosado. Maldecido y acorralado. Imaginaba que un dolor de cabeza podría ser el inicio de un fatal desenlace y sufría aun la angustia de vivir.  Le angustiaba perder su salud aunque no estuviera perdiéndola.

¿Y tú mi lector? ¿Qué harías si supieras que tu dolor de cabeza es por una sombra que tienes en el cerebro? ¿Acudirías a orar, irías a la iglesia, habría que empujarte para que separes un domingo para oír en la iglesia la predicación de Cristo?
También dijo:

 “Si oía que algún vecino se encontraba enfermo”.

El mundo entero se estaba muriendo alrededor suyo y sabía que un día le tocaría a él. Todo eran presagios. Saberlo daba escalofríos. Cuando había alcanzado la plena conciencia de vivir y lo que era la vida, ya estaba cerca de la muerte. No la podía alejar. La miraba una vez lejos y otra cerca. Se llevaba alguno que se hallaba a su lado y pasaba rozándolo, como si lo mirara de reojo. Con complicidad.
Y su manto negro lo abrumaba. La temía con odio miedoso.  ¡Ay, morir, morir, sin estar preparado para ello! Cuando le llegaban los rumores  que alguien había caído en cama se estremecía por dentro y pensaba: “Pronto lo estaré yo también. Es algo contra lo cual no puedo defenderme”; y temblaba que alguna mala enfermedad lo apresara y Dios manifestara su ira  por su tardanza en recibir a Cristo. Se hallaba como en una sala de espera, aguardando y aguardando, procurando ignorar pero sabiéndolo, su turno. Convicto pero no arrepentido.

Igualmente lo aterraba directamente la muerte.

“Si oía cuando sonaban las campanas por un muerto”.

La enfermedad de alguien era una posibilidad pero un entierro era una realidad. Una realidad como un golpe. Una frustración, un sarcasmo, comedia y tragedia, algo vilmente ridículo y mal venido. Todo eso. Un dilema. La muerte era el mundo, en ella cabían todas las cosas, merecía cualquier definición y la aceptaría, era un todo negro y babeante, una rendición.  Vigorosa. Creaba incertidumbres y pasmaba con todas ellas. 
Se estremecía porque no quería pensar en la muerte, no quería que se le hablara de ella y aquellas campanadas le anunciaban que alguien sería puesto bajo tierra, y que él también era mortal. Sobre todo, sus fatídicos pensamientos cuando la imaginación quedaba suelta y se ponía al servicio del miedo.

 “Si pensaba en mi mismo muriéndome”.


Y ¿cómo será mi momento? ¿Cómo será mi postrer suspiro? ¿Lo daré en paz o aterrorizado? ¿Dónde, en qué momento, junto a quién? ¿Anciano o joven, solo o acompañado? Y se enflaquecía pensándolo.  Se sentía como menos que nada, totalmente indefenso y deprimido. ¡Oh Dios!, ¿por qué?
¿No has pensado eso, cuando sepas que te quedan semanas  vivo, que serás metido en un ataúd, velado como los otros, que  pondrán flores en tu féretro (que harán uno para ti y que pueden ya haberlo hecho); y tu cara destapada, grisácea, pálida, extraña, seca...con la envidia muerta, los afanes apagados y extintos, atrapado en una fiebre congelada, pasiones hechas garfios que se clavan en una carne endurecida y poco a poco ablandándose por la descomposición, con el altar del adorado cuerpo desplomado, vencido, sin sensaciones ni afectos pecaminosos, todo parado, ido, hundido, porque del cielo te han dicho ¡basta!.. y  cierran para siempre el cajón, contigo dentro, inmóvil, y ya no eres, fuiste, te perdiste, te acabaste.. para llevarte a un lugar donde te cubrirán con tierra para que te pudras y  vuelvas al polvo para siempre?

Y ¿tu alma? Quizá escapó al infierno, o al cielo, adonde tú escogiste que fuera. Se marchó. Se la llevaron ángeles. Protestaba llorando. Qué horrible es ver llorar un alma.  Si has pensado en eso, ¿por qué dilatas tu aceptación de Cristo? ¿No te das cuenta que del polvo saldrás para “vergüenza y confusión perpetua”, y no para resplandecer como el sol?

Y además, ayudaba a su horror la seguridad del juicio final.

“Pero especialmente cuando pensaba que pronto tendría que comparecer ante el Juicio de Dios”.

Sabía que tras la muerte, el juicio, porque “es necesario que todos los hombres mueran una vez y después de esto el juicio” (He 9.27). Sabía que la Biblia no miente, que es imposible que Dios mienta. Y se miraba volando hasta el trono del Señor, con su conciencia escrita por los dos lados, con hechos puros e impíos. Abrumado.
Y decidió no sufrir más la voz de Dios, y dejó que el silbo apacible de su palabra acariciara su corazón, y le dijo al Señor un sí, un gran sí, un feliz sí, para siempre sí, amén.
Los dos peregrinos se quedaron por un breve tiempo en silencio y Esperanza aprovechó para tomar aliento. Se dio cuenta que había sido muchas veces llamado por Dios y estaba atrasado. Hizo una pausa por dos segundos, para continuar con evidente remordimiento, el relato de su experiencia de salvación.



sábado, 14 de enero de 2012

Ora primero por los que no han caído ni se fueron


Filipenses 1:6-8
“6 estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo; 7 como me es justo sentir esto de todos vosotros, por cuanto os tengo en el corazón; y en mis prisiones, y en la defensa y confirmación del evangelio, todos vosotros sois participantes conmigo de la gracia.  8 Porque Dios me es testigo de cómo os amo a todos vosotros con el entrañable amor de Jesucristo”.
  
I.       Intercesión por los fieles.

1. Orando por los activos, los consagrados. Las oraciones propias y las ajenas están incluidas en los medios de gracia que Dios ha predestinado para darnos y sostenernos en la salvación. La perseverancia de los santos no es dejada toda al ministerio educativo y de exhortación. Las plegarias corren un papel superimportante. Primero que todo, cuando el apóstol dice que se halla rogando con gozo (v. 4), no está simplemente ofreciendo acciones de gracias por ellos sino también intercediendo para que la comunión que han tenido entre ellos y con el evangelio prosiga. Digo que eso es importante porque no confía en la gracia recibida, no en el maná consumido. La vida cristiana no es algo automático, ninguno de los dones por sí mismo se agranda y se fortalece. Ni dones ni talentos, ni alguna otra cosa contiene vida en sí misma, todas las cosas en él subsisten (Col.1:17).

La intercesión del apóstol revela que nadie puede decir, “ya soy salvo, estoy ahora en buena relación espiritual con el Señor y con su iglesia, por lo tanto, con lo que tengo me puedo mover hacia delante sin problema de ningún tipo”. Tenemos que acordarnos que el pámpano no tiene vida en sí mismo sino que la toma de la vid y sólo al Hijo se le ha dado tener vida en sí mismo. Hay que orar para que el Señor preserve nuestras bendiciones, o lo que hemos recibido se agota. Pablo ruega por ellos, por bien que estén, para que haga sus pies como de cierva y los preserve en sus alturas.
Oramos por los hermanos que están fríos, los que no andan bien espiritualmente, y no olvidemos a los que van marchando maravillosamente para que nada malo les pase y no pierdan el paso que ahora llevan. La oración de intercesión por los demás es necesaria para la perseverancia en “la comunión en el evangelio” (v.5).

                                  II. ¿Por qué orar por los sanos?

1. Los líderes. Pienso que los apóstatas, los enfermos espirituales tienen que ser exhortados y disciplinados; también se le puede ofrecer la plata de la oración, pero el oro de las intercesiones como iglesia tiene que ser dedicado a sus mejores hijos, para que Dios los preserve y los use. Hace poco dije que Pablo oraba por aquellos que andaban bien espiritualmente, los que no presentaban ningún tipo de enfriamiento ni se ausentaban de las reuniones. En el texto vemos eso con más claridad cuando dice “y esto pido en oración” (v. 8).
Suele esa práctica tener algún contraste con un hábito que persiste en nuestras reuniones de oración donde los fríos,  los que tienen problemas espirituales, los que se alejan de la iglesia, ocupan un sitio de privilegio en las intercesiones de la congregación. No digo que no se ore por los tales, pero que se ore en segunda clase, en el tiempo sobrante. Tengo mis razones.

(1) Primero, aquellos que están bien en el servicio y sus almas sanas, son los que están en el frente de combate de la iglesia, su vanguardia, los que se hallan en la línea de más peligro espiritual. La victoria o derrota de la iglesia depende de ellos y no de los que van atrasados y detrás de todo el mundo. Los que más necesitan gracia son ellos, los que más precisan de fortaleza, de fe, de paciencia, de santidad, de ánimo. Los más acosados por los enemigos espirituales son los que van delante.
La iglesia debe cuidar espiritualmente primero a sus líderes, los que la presiden en el Señor, sus ancianos, diáconos, maestros, evangelistas. Para las huestes espirituales de maldad los más odiosos son ellos, los sanos, no los que ya han herido y van desangrándose detrás. No es falta de piedad de quien esto escribe, meditad. Por muy doloroso que nos sea continuar la marcha, los que han caído abatidos por el pecado o incluso los que se han pasado al lado del enemigo no deben ocupar la primera importancia en la iglesia. Se les puede enviar ayuda para exhortarlos, animarlos, pero los cultos de oración no deben consagrarse exclusivamente a esos recuerdos.

(2) Segunda razón: Estos son el tesoro actual de la  iglesia. El testimonio positivo de la gracia, los otros ya han sido o están siendo despojados, no son lo que en otro tiempo fueron y desafiando todas las exhortaciones y menospreciando todas las enseñanzas han venido a caer en la posición de desventaja espiritual que ahora tienen. Y lo triste es que ellos no aprecian tanto el privilegio que se les concede de que se preocupen insistentemente por sus almas.

(3) Última razón: La continua mención de los apóstatas o casi apóstatas, trae un mal espíritu a la congregación. Si en todas las reuniones se ocupa la mayor parte del tiempo pidiendo por los que van en retirada  ¿no equivale a recordarles continuamente a los hermanos que están siendo derrotados? Si siempre colocamos los enfermos espirituales ante nuestros ojos ¿no terminaremos por deprimirnos? ¿No quita el aliento eso y nos hace ver y sentir que el triunfo es más difícil y aún queda distante? Esa fue la razón por la que el caudillo Gedeón antes de emprender la batalla dijo “quien tema y se estremezca, madrugue y devuélvase” (Jue.7: 3). 

Fíjate que dijo “madrugue y devuélvase”;  váyanse siendo aún oscuro para que los demás no los vean, para que no les quiten el espíritu a los valientes, váyanse temprano los que tienen miedo; los que tiemblan pueden contagiar a los valientes y el pánico cundir la tropa. Otro caso parecido a este fue el de los doce espías que regresaron del recorrido de Canaán. El informe que trajeron fue tan miedoso, pesimista y desgarrador, que pecaron y no pudieron recibir el premio. Y con sabiduría obró  con el cuerpo muerto de  Amasa, y lo quitó de donde lo vieran y además lo tapó con una manta (2 Sa. 20: 12).

  1 Juan Mayormente el contenido de esta carta, si es que a pesar de la repetición de asuntos, se puede considerar de esa manera y no como...