miércoles, 9 de septiembre de 2015

Si fueras capaz de sonreír por bendiciones futuras

Zacarías 8: 4-8
“Aún han de morar ancianos y ancianas en las calles de Jerusalén, cada cual con bordón en su mano por la multitud de los días; y las calles de la ciudad estarán llenas de muchachos y muchachas que jugarán en ellas, así dice Jehová”.

(Foto río Eufrates en Babilonia)

Sí, si Israel hubiera sido capaz de sonreír por las bendiciones futuras; sus pecados, comido, bebido y estado de mejor ánimo, teniendo delante de sus ojos la visión de Dios y no el panorama presente; y la visión de Dios era una ciudad llena de gentes, de ancianos y de muchachos jugando en sus calles; una ciudad alegre y limpia, repoblada, reconstruida, otra. Eso era lo que el ojo de Dios veía, lo que el ojo de la promesa miraba, la esperanza que los miraba a ellos, el futuro que miraba al presente, y al pasado. Debían transportarse hacia esos mejores tiempos y confiar en Dios que sabe cómo reconstruir, hacer retoñar, reedificar, sanar. El Señor les promete longevidad y las conversiones o nuevos nacimientos de muchachos; matrimonios felices y familias engrandecidas. Señor derrama tu Espíritu para que todo eso nos sobrevenga. Nuestros sueños no son demasiado grandes para que Dios no pueda cumplirlos; Dios está tratando de evitar que pierdan la esperanza completamente y lleguen a creer que es verdad la palabra de Jehová, como él lo ha dicho y como ellos lo quisieran. En Babilonia no realizarían aquel futuro; estaba en otra parte. En Babilonia se habían adaptado, habían hecho sus vidas; educados, aprendieron el idioma del país; gastaron la juventud y habían envejecido, ¿cómo entonces volver? 

Sí, tenían un presente allí pero no un futuro; no estaban tan cómodos en Jerusalén como en Babilonia; allí se disolverían, no harían historia; ¡vayan donde puedan realizar los sueños de Dios! Es aquí, aquí mismo en Jerusalén, donde enfrentamos ahora tantas dificultades, donde no tenemos las comodidades que habíamos creado allá, es aquí donde Dios quiere que estemos, es aquí donde se desarrollan sus planes; Babilonia fue nuestro castigo no nuestro futuro ni nuestra esperanza, fue lugar para aprender y para depurar nuestra vida religiosa no para establecernos perpetuamente dentro de sus murallas y sus costumbres, debemos renunciar a los amigos que allá tuvimos, separarnos de los vecinos y dejar puestos de trabajos importantes y bien remunerados, para empezar con Dios en el lugar de nuestro origen, para el cual estábamos destinados; no menospreciaremos "el día de las pequeñeces" y los grandes montes que impiden el trabajo de Zorobabel. Oh Dios ayúdanos a adaptarnos a Jerusalén y olvidar los ríos de Babilonia y los sauces donde colgábamos nuestras arpas, y donde no queríamos ni siquiera cantar y no podíamos sonreír. Llena nuestras bocas de risas ahora y que pensemos que estamos más cerca de nuestros sueños que lo que estábamos allá. Amén.